Aid Herrera y Juan Grela: una segunda mirada al arte rosarino del siglo XX

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Al trazar el recorrido de los grandes nombres del arte rosarino del siglo XX, resulta casi imposible rehusar la vía que ha transitado Juan Grela. Esto se explica debido a la diversidad de métodos y materialidades que han caracterizado a su producción artística, a su habilidad técnica, y a su proclividad para plasmar en su obra algunos fragmentos de la conflictiva realidad social que encarnaba la ciudad de Rosario.

Sin duda, Grela ha conseguido posicionarse como una relevante figura dentro de aquel listado de artistas locales que protagonizaron el período abarcado desde el inicio de la década de 1930 y que llega hasta los años 60. De hecho, es a partir del rumbo que tomarán estos creadores, algunos compañeros y amigos de Grela, tales como Leónidas Gambartes, Carlos Uriarte o Domingo Garrone (Fund. Mundo Nuevo, 2007), que surgirán considerables discursos propios del campo del arte en los que se distinguirá la experiencia rosarina de la de otras regiones del país, convirtiendo a nuestra ciudad en uno de los focos artísticos más importantes.



Sin embargo, en una búsqueda por recuperar aquellas vías que necesitan delinearse una vez más dentro del recorrido ya tantas veces mapeado, resulta interesante volver sobre una personalidad que le ha dedicado imprescindible entrega al mundo del arte y a la vida de Juan Grela: la pintora, grabadora y dibujante Aid Herrera. Aid, Haydée, como Grela la llamaba, florecería como una prolífica artista, cuya
variada obra sería asociada por la crítica rosarina al ingenuismo plástico o arte naíf (Armando, 2017). No obstante, en su rol de esposa y compañera del maestro, debió enfrentarse a diversos obstáculos en su día a día, entreverando el quehacer doméstico y las extensas jornadas laborales con aquellos momentos que lograba dedicar a la producción artística.

Sobrellevando un panorama económico complejo durante varios años, Aid acabaría por hilar el tejido estructurante necesario para el desempeño profesional de su esposo, habilitando que aquel peluquero de barrio Alberdi se transformara en Juan Grela G, y deambulando simultáneamente entre sus propias aspiraciones profesionales.



El inicio de un universo artístico interior

Aid Lea Herrera (1905, Puerto General San Martín – 1993, Rosario) conoció de cerca el alcance y las limitaciones que implicaba el mundo del arte a partir de su casamiento con Juan Grela (1914, Tucumán – 1992, Rosario). Para el momento en que comenzaron definitivamente su vida juntos, en 1939, Grela ya había iniciado a recorrer su propio camino; radicado en Rosario desde los diez años, se había lanzado, durante los inicios de la década de 1930, a una etapa preliminar de formación caracterizada por la enseñanza de Antonio Berni, la incorporación de diversos descubrimientos pictóricos y el asentamiento de una certeza que determinaría los ejes temáticos de su obra durante períodos claves de su carrera: la integración en su obra de una mirada crítica en torno a problemáticas de carácter social y político propios del entorno que habitaba. En este contexto, se unió a la Mutualidad de Estudiantes y Artistas Plásticos de Rosario, una de las agrupaciones de arte más relevantes de la ciudad en esa época, espacio que le permitiría indagar el significado de la orientación política en la producción de arte (Fund. Mundo Nuevo, 2007).

Años después de estos acontecimientos, Aid y Grela, apenas casados, se instalaron en una vivienda ubicada sobre bulevar Rondeau, en barrio Alberdi. Enfrente, Grela decidiría abrir una peluquería para poder solventar los gastos básicos del matrimonio (La Capital, 2019), mientras que Aid, en la misma medida comprensiva y resolutiva, le facilitaría a su esposo los materiales para que pudiese pintar durante el tiempo libre, elaborando ella misma los pigmentos, marcos y bases durante tiempos de dificultades económicas (Rodríguez E, 1968).

A su vez, durante esta época, las temáticas que frecuentaba Grela se renovarían, convirtiéndose Aid y su hijo Dante (1941, Rosario) en su inspiración principal. Así, el artista exploraría la composición de una atmósfera íntima y cotidiana que caracterizó algunas de sus obras más populares, tales como “El Moncholo”, de 1944 (Armando A, Fantoni G, 2017).

Como modelo a partir de la cual Grela experimentaría el trazo de la silueta humana y como artesana de los instrumentos necesarios para su hacer, se vuelve evidente que, incluso para ese primer capítulo de sus vidas, en Aid se había encendido una chispa creativa que le permitiría vivenciar el arte mucho antes de practicarlo.



Aid, al frente durante momentos decisivos

Durante los años cincuenta, Aid se encontraba en una posición en la que debía ajustar los hilos del funcionamiento laboral de la familia, por lo que decidió abrir una librería. La misma sería atendida por ella durante largas jornadas, con el objetivo de que Grela pudiese destinar todas sus energías al arte.

Para este momento, Grela, Garrone y Gambartes concretarían el proyecto conocido como Grupo Litoral, impulsados por la reivindicación de una generación de artistas locales entre los que destacaban Manuel Musto, Augusto Schiavoni y Gustavo Cochet (La Capital, 2019), a la par de una iniciativa promotora de un lenguaje artístico centrado en revalorizar personajes y paisajes regionales. En una ciudad cuyas manifestaciones artísticas distaban de los estilos más utilizados en Buenos Aires, Grela y sus pares engendrarían no sólo una tendencia temática alterna, sino un sistema de prácticas de creación y difusión de arte que coincidía perfectamente con las circunstancias en que se encontraba la escena cultural rosarina, institucionalizada a través de la actividad del Museo Municipal de Bellas Artes y galerías relevantes (Fund. Mundo Nuevo, 2007).

En ese contexto, Grela adoptaría un rol central en el desarrollo de la agrupación, convirtiéndose en un referente clave y consolidando sus argumentos en torno al formato y el propósito con el que pintaba. Es a partir de esta postura más decidida que Grela comenzaría a entregarse más vehementemente a un camino profesional, por lo que se torna necesario continuar reflexionando acerca de los motivos que permitieron estos acontecimientos, destacando a Aid entre todos ellos. A partir de su arduo trabajo y su incansable voluntad, en épocas de mandatos patriarcales estrictos, el producto de extensos turnos, el cuidado del hogar y la crianza de su hijo se ven cristalizados, aunque de forma encubierta, en el significativo legado artístico de Juan Grela.

Un universo de arte más latente que nunca

El punto de inflexión que cambiaría definitivamente el vínculo que Aid estaba construyendo con el arte sucedió durante la década de 1960. A partir de aquí, una vez más tomaría las riendas de la dinámica familiar para darle un giro, cerrando la librería. Así, su esposo comprendería el peso de la intervención y juntos emprenderían una dirección únicamente artística (Armando A, 2017).

Durante estos años, Grela advertiría cierta indecisión en su accionar, inscribiéndose en los conceptos planteados por Joaquín Torres García en torno al equilibrio, la armonía y la estabilidad. Adoptaría así temáticas de carácter más universal y trabajo principalmente con acuarelas y témperas; sin embargo, pronto dejaría entrever las semillas de una experimentación orientada a preceptos surreales, incluso vinculados a la abstracción.

Por otro lado, se consolidaría como maestro en su taller, donde, a través de sus clases, formaría a una nueva camada de artistas que prosperará en la ciudad de Rosario.

La presencia de Aid Herrera en estos cursos cambiaría radicalmente la forma en que se relacionaba con el arte. Apropiándose de las indicaciones de su esposo, aunque también irrumpiendo y desviándose de muchas de ellas, Aid conseguiría exteriorizar el sistema de universos que llevaba entretejiendo desde hacía años. Trabajó con diferentes técnicas y materialidades: desde la pintura al óleo, la témpera y los pasteles; el grabado, mediante xilografías y aguafuertes; hasta dibujos realizados con ceras, carbonillas y lápices de colores. Cada método implicó una salida distinta, un modismo específico para traducir la simbología que imprimiría a su obra.



Evitando copiar directamente los elementos (a pesar de que esta fuera una habilidad incentivada desde la enseñanza de Grela), la artista adoptó un estilo propio: una obra sensible pero cuidada, desenvuelta e imaginativa, aunque no azarosa ni casual, ya que en ella se advierten rasgos de estudio y preparación (Armando A., 2017). A partir de la invención de mundos colmados de elementos simbólicos característicos, tales como pájaros, flores, plazas, altares y ángeles, Aid retrató secuencias de la naturaleza repletas de vida, expresando percepciones interiores que habían comenzado a brotar hacía tiempo.

Así iniciaría un período de inserción definitiva en el panorama cultural rosarino, logrando exponer sus obras en distintas galerías de arte de la ciudad, y de otras localidades, siendo designadas por la crítica como pertenecientes al arte ingenuo o naif.

Desde ese momento en adelante, Aid continuó creando, incluso hasta poco antes de su muerte en 1993, dejando detrás un conjunto de valiosas producciones que se encuentran en el Museo Municipal de Bellas Artes Juan B. Castagnino y el Museo Moderno de Buenos Aires.



Aquello que implica volver sobre lo transitado

Una vez más, el recorrido de nuestro arte y nuestra historia se esclarece. La ciudad de Rosario abre paso a dos vías diferentes, que se conectan a medio camino y que se dan sentido mutuamente. Si bien siempre es necesario volver a mirar sobre las vías de artistas consagrados como Juan Grela, actualmente se torna incluso más urgente ahondar sobre los caminos de creadoras como Aid Herrera, una artista sumamente valiosa que se vio en la necesidad de guiar la dinámica laboral de su familia y hacer frente a circunstancias adversas en un período limitante en cuanto a descubrimiento profesional para las mujeres. Este personaje, cuya labor invisible fue la clave para que su esposo se convirtiera en el pintor que hoy recordamos, ha logrado además afianzarse en un universo artístico cargado de sus pasiones e inclinaciones, distinguido por una obra extensa y cautivadora.

Así, una segunda mirada a una vía ya conocida permite desempolvar el trabajo indispensable de tantas mujeres, proveniente de una dedicación y ambición constantes que han hecho de nuestra ciudad aquel foco artístico y cultural que habitamos.



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Malena Olivera
Estudiante de Museología y Gestión Patrimonial. Instagram: @male.olivera_

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