Los Silos Davis y una ciudad que ya no le dará la espalda al río

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Aquellos foráneos que vienen a conocer la ciudad de Rosario, probablemente se extrañen por la forma singular del edificio que hoy alberga al Museo de Arte Contemporáneo de Rosario (MACRO), un ícono de la ciudad al que los rosarinos ya estamos acostumbrados.

Sus ocho cilindros de hormigón armado, monumentales, pintados con murales coloridos, contrastan con la serenidad con la que te mecen las aguas del río. La mayoría reconoce que su origen fue productivo: acopiadores de granos que formaron parte del pulso portuario que hizo crecer a Rosario. La historia de Rosario está íntimamente ligada a la infraestructura de su puerto: hoy patrimonializada, pero otrora núcleo de comercio y tránsito.

Nuestra identidad está marcada por la presencia del río Paraná: nos sentamos en su orilla a tomar mates por las tardes con amigos y familias, a lo largo de su vera transcurren infinidad de personas corriendo, patinando y andando en bicicleta los domingos por la mañana, practicamos deportes acuáticos, y cruzamos a las islas del delta cuando buscamos un poco de paz de la ciudad y el calor de los días de verano. El río ha inspirado a artistas plásticos, poetas y músicos, que han dedicado a este curso de agua obras hermosas.

Sin embargo, la costa central de Rosario no siempre fue este espacio abierto. Los rosarinos que han nacido antes de la década del ochenta lo recordarán. Los Silos Davis permanecen como un testigo silencioso de ese pasado.

De Villa del Rosario a ciudad global

Rosario comenzó a conformarse como ciudad portuaria a mediados del siglo XIX, como resultado de procesos políticos y económicos que la posicionaron como un punto estratégico en la ruta que conectaba Buenos Aires, Córdoba y Santa Fe. En 1852, durante la disputa entre Buenos Aires y la Confederación Argentina, Justo José de Urquiza, en su carácter de Director Provisorio de la Confederación, impulsó un conjunto de medidas políticas y normativas que constituyeron el puntapié inicial para el posterior crecimiento exponencial de la ciudad: elevó la Villa del Rosario al rango de ciudad y promovió la libre navegación de los ríos interiores, buscando poner fin al monopolio portuario de Buenos Aires.

En 1854 se creó la Aduana de la Confederación, al pie de la Bajada Grande —hoy Bajada Sargento Cabral—, consolidando institucionalmente el rol portuario de Rosario. Dos años más tarde, se sancionó la Ley de Derechos Diferenciales, que estableció aranceles favorables a determinados puertos, entre ellos el de Rosario, fortaleciendo su competitividad comercial. Paralelamente, se desarrolló un sistema ferroviario, financiado mayoritariamente con capitales extranjeros, destinado a articular el puerto con las regiones productivas del interior. En este contexto, en 1860 se constituyó la Compañía del Ferrocarril Rosario a Córdoba, cuya inauguración en 1866 permitió la apertura de una red ferroviaria que conectó a Rosario con la producción agropecuaria del interior, integrándose a la red de mercados internacionales como puerto exportador de materias primas agropecuarias.



Los Silos Davis

Con el crecimiento del puerto, la costa rosarina se pobló de talleres, depósitos, elevadores y trabajadores de los diferentes oficios portuarios. Durante la Primera Guerra Mundial se instalaron los primeros silos de hormigón armado, una modernización que superaba a los antiguos embarcaderos y elevadores: más seguros y con mayor capacidad de almacenaje.

Aunque la guerra redujo la actividad portuaria, Rosario se recuperó rápidamente y, en la década del veinte, se consolidó como principal exportador de granos del país y uno de los más importantes del mundo. En 1925, La Plata Cereal Company, representante del Grupo Suizo André, llegó a Argentina. Diez años después, en 1935, la compañía construyó los Silos Davis, bautizados así porque se emplazaron sobre los terrenos del antiguo embarcadero y elevador de la familia Kennard Davis.

¿Quién fue el arquitecto del emblemático edificio?

Quien fuera el arquitecto del famoso edificio aún continúa siendo un misterio. Algunos estudiosos de la arquitectura rosarina apuntan a Ermete De Lorenzi, arquitecto santafesino nacido en El Trébol, responsable de otros edificios emblemáticos de la ciudad, como el actual Museo de la Memoria (originalmente “Casa de los Padres”, construido en 1928), y el Edificio Gilardoni, del mismo año. Aunque Ana María Rigotti, quien ha catalogado el acervo documental donado por los hijos del arquitecto en un libro que ha denominado “Obras Completas”, no incluye a los Silos Davis entre las obras que llevan su autoría, la coincidencia cronológica y estilística sugiere que su autoría es plausible. En conversación
con una trabajadora del Museo MACRO se fortaleció esta hipótesis. De hecho, la Casa de los Padres y las Oficinas de De Lorenzi, Gilardoni y Cía, fueron los primeros edificios de hormigón en la ciudad, proyectados por este arquitecto de estilo modernista.



La ciudad que finalmente mira al río

En las primeras décadas del siglo XX, la costa céntrica estaba dedicada exclusivamente a la actividad portuaria. El ocio y la recreación se limitaban a las costas del barrio Alberdi al norte y Saladillo al sur.

A pesar de la importante actividad que el puerto de Rosario tenía en la década del veinte, comenzó a abrirse un debate respecto del divorcio que significaba la barrera portuaria entre el centro de la ciudad y el río. En el primer Plan Regulador de Rosario (1929-1935) se promueve la liberación de la costa central para usos recreativos, sin embargo, no se efectivizó hasta la década del cincuenta, con la apertura del Parque Urquiza y del Monumento y el Parque Nacional a la Bandera.



Tras la restauración democrática en 1983, el proceso continuó, mientras el puerto, antaño uno de los más modernos de la región, quedaba obsoleto frente a las nuevas demandas del mercado y la tecnología. Este aspecto facilitó la refuncionalización de los antiguos espacios portuarios en clave patrimonial y cultural, aunque necesitó también del impulso que le dieron nuevas corrientes urbanísticas influyentes, provenientes de Europa, a la idea de que Rosario no podía seguir dándole la espalda al río. De este modo, se fueron construyendo unidades portuarias más modernas en las localidades vecinas, sobre todo en las comprendidas entre Puerto General San Martín y San Lorenzo.

En 1990, la Municipalidad adquirió el antiguo elevador y lo destinó a ampliar el Museo Municipal de Bellas Artes “Juan B. Castagnino”, creando la doble sede Castagnino + MACRO. Su acervo comenzó a constituirse en el año 1999, con donaciones de artistas rosarinos —Mauro Machado, Claudia Del Río, Graciela Sacco, Nicola Costantino, Daniel García, Román Vitali— y del programa de la Fundación Antorchas: Guillermo Kuitca, León Ferrari, Elba Bairon, Luis Fernando Benedit, Oscar Bony, Pablo Suárez, entre otros.

Inaugurado el 16 de noviembre de 2004, las salas del museo se instalaron en la torre de diez pisos adyacente a los silos, que antes alojaba oficinas y cuartos de herramientas. La refuncionalización incluyó escalera y ascensor externos, y en una segunda etapa se construyó un bar-restaurante al pie del museo, integrando el patrimonio industrial con la vida cultural de la ciudad.



Fuentes bibliográficas:

Cecilia Inés Galimberti (2015). La reinvención del río. Procesos de transformación en la ribera de la Región Metropolitana de Rosario. UNR Editora.   

Ana María Rigotti (Ed.) (2003) Ermete de Lorenzi. Ideas, lecturas, obras, inventos. UNR Editora.

Alejandra Panozzo (2015)  IDENTIDAD DE LOS MUSEOS DE ARTE CONTEMPORÁNEO. ENTRE EL PATRIMONIO Y EL MERCADO. Revista Conerva.

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Agustina Giacosa
Estudiante de Lic. Antropología en la UNR. Instagram: @agusgiacosa

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