
Desde hace más de tres décadas, la Fogata de San Pedro y San Pablo reúne a vecinos, artistas y familias en el barrio Saladillo para mantener viva una tradición que entrelaza arte, memoria, comunidad y uno de los rituales más antiguos de la humanidad: reunirse alrededor del fuego para dejar atrás lo viejo y hacer lugar a lo nuevo.
Hay inviernos que invitan a quedarse en casa.
Y hay otros que llaman a salir.
Cuando cae la tarde sobre el barrio Saladillo, el frío deja de importar. Las calles empiezan a llenarse de personas que caminan despacio detrás de enormes muñecos de cartón. Algunos llevan antorchas. Otros cargan sobres con deseos escritos a mano. Los más chicos miran fascinados esas figuras gigantes que durante semanas tomaron forma entre pinceles, papeles y cartones.
No estamos hablando de un desfile, tampoco de un espectáculo. Estamos hablando de una caravana donde al final del recorrido espera una enorme fogata que, desde hace más de treinta años, convierte al Parque Regional Sur en el escenario de una de las tradiciones comunitarias más singulares de Rosario.
Cada invierno, cientos de vecinos se reúnen para participar de la Fogata de San Pedro y San Pablo, una celebración donde el fuego deja de ser solamente fuego para transformarse en memoria y encuentro.

Una tradición mucho más antigua que Rosario
Mucho antes de que existiera Rosario, e incluso antes del cristianismo, distintas culturas encendían fogatas para celebrar los cambios de estación. El fuego ocupaba un lugar central en estos rituales: simbolizaba la purificación y la renovación con la esperanza de que la luz regresara después de los días más oscuros del año.
Con el tiempo, esas celebraciones ancestrales convivieron con las festividades cristianas de San Juan y de San Pedro y San Pablo. Las familias inmigrantes trajeron esa tradición a la Argentina y, como ocurrió con muchas otras costumbres, fue adquiriendo nuevos significados al llegar a cada comunidad.
En el barrio Saladillo de Rosario encontró un lugar donde echar raíces en el que ambas celebraciones terminaron confluyendo en un mismo ritual comunitario que hoy forma parte de la identidad local y la resignifica cada año.
Una tradición que se construye entre todos
La tradición ya formaba parte de la vida del barrio, sostenida durante décadas por sus vecinos y heredada de las familias inmigrantes que poblaron la zona. Julio Oksanich, conocido como “El Caña”, fue uno de los continuadores de esa antigua “Fogarata”, que en sus primeros años también acompañó la recuperación de un Parque Regional Sur que entonces era un gran descampado donde se quemaban ramas, restos de poda y otros materiales acumulados.
La historia dio un nuevo giro en 1992, cuando el artista Norberto Campos invitó al Taller de Escultura de la Escuela Municipal de Artes Plásticas Manuel Musto a participar de una fogata como parte de una intervención artística. La experiencia marcó el inicio del vínculo entre la escuela y una tradición popular que ya existía. Al año siguiente, docentes y estudiantes decidieron repetir la propuesta, dando origen a la celebración artística y comunitaria que, con el paso del tiempo, se convertiría en uno de los rituales culturales más representativos de la ciudad.
Con el paso de los años, aquella propuesta dejó de ser una actividad artística puntual para convertirse en una tradición sostenida por la comunidad. A la Escuela Musto y los vecinos del barrio se fueron sumando organizaciones sociales, instituciones culturales y, más recientemente, Casa Arijón y la Facultad de Humanidades y Artes de la Universidad Nacional de Rosario, que hoy acompañan una celebración que ya forma parte de la identidad del Saladillo.
La preparación comienza varios días antes del encendido. En los talleres de la Escuela Musto y de Casa Arijón, cartones, pinturas y materiales reciclados empiezan a transformarse en dragones, animales fantásticos, personajes imaginarios y otras figuras que, llegado el momento, serán entregadas al fuego. Mientras algunos recortan y pintan, otros escriben deseos en pequeños papeles o sobres que también formarán parte del ritual. El proceso creativo termina convirtiéndose en un espacio de encuentro donde conviven distintas generaciones y donde el trabajo manual se mezcla con las conversaciones, los recuerdos y las historias del barrio.

Esa construcción colectiva también se refleja en la organización de la fiesta. Durante los primeros años, los vecinos recorrían el barrio en bicicletas o carros para juntar ramas y, una vez armada la enorme pila de leña, se turnaban para cuidarla durante las noches previas para evitar que alguien la encendiera antes de tiempo. Hoy la logística cambió y cuenta con el acompañamiento de distintas instituciones, pero el compromiso comunitario sigue siendo el mismo.
Cuando finalmente llega el día de la celebración, la Escuela Musto se convierte en el punto de encuentro. Desde allí parte la caravana hacia el Parque Regional Sur. Los enormes muñecos recorren las calles acompañados por vecinos, familias, músicos y organizaciones del barrio, en un trayecto que transforma por un rato el espacio público en un lugar de encuentro. Más que trasladar las esculturas hasta la fogata, la caminata hace visible el trabajo compartido durante las semanas previas y reafirma el vínculo entre la celebración y el barrio que la sostiene.
Al llegar al parque, comienza el ritual del fuego. Las llamas consumen lentamente los muñecos y también los deseos, las preocupaciones y aquello que cada participante decidió dejar atrás. Silvia Ferrari, docente de la Escuela Municipal de Artes Plásticas Manuel Musto, explica que tradicionalmente se quemaba “aquello que no usamos, aquello que es viejo o aquello que ya no deseamos. Entonces, bueno, a veces se hacían figuras políticas y ese tipo de cosas y luego se hizo extensivo a toda la escuela, ya hace muchos años”.


Con el tiempo, la celebración fue dejando de representar únicamente personajes o acontecimientos puntuales para abrirse a un proceso mucho más amplio y participativo. Hoy los muñecos expresan deseos, emociones y experiencias compartidas, pero conservan el mismo sentido simbólico: transformar, a través del fuego, aquello que ya cumplió su ciclo.
Quizás esa sea una de las razones por las que la Fogata de San Pedro y San Pablo sigue convocando, año tras año, a quienes alguna vez participaron siendo niños y hoy regresan con sus hijos o sus nietos. Cambian los materiales, cambian las formas de organizarse y cambian las generaciones, pero la celebración mantiene intacta una idea que atraviesa toda su historia: las tradiciones solo permanecen vivas cuando una comunidad decide volver a construirlas, juntas, cada invierno.
El documental que puso la mirada en la fogata
Con el objetivo de registrar esta experiencia comunitaria, el Laboratorio de Innovación en Política y Gestión Cultural de la Facultad de Humanidades y Artes de la Universidad Nacional de Rosario realizó el primer documental del proyecto Fiestas Populares: registros audiovisuales de las celebraciones populares de Rosario. La producción reúne imágenes de archivo, escenas de los talleres y testimonios de vecinos para contar una historia que va mucho más allá de la noche del encendido y pone el foco en todo el proceso que mantiene viva la celebración.
El trabajo también recupera una de las ideas que orientan el proyecto: el diálogo entre los saberes que nacen en la comunidad y los que se producen en la universidad. “En las comunidades hay otros saberes. Es más rico y necesario que esos saberes entren en diálogo con el conocimiento académico”, sostuvo Julia Logiódice, responsable del Laboratorio de Innovación en Política y Gestión Cultural, durante una entrevista en Radio UNR.
Para Logiódice, estas experiencias también cumplen otra función: recordar que “somos seres comunitarios” y que es necesario construir relatos propios para imaginar otros futuros. En ese sentido, el documental no busca explicar la fogata desde afuera, sino acompañar una tradición que sigue transformándose gracias a quienes la sostienen año tras año.
Porque, en el fondo, ¿qué hace la fogata? No solo conserva el pasado sino que, reitero, cada año vuelve a imaginar el futuro: los deseos que se escriben, lo que se deja atrás, los chicos que aprenden de los grandes y viceversa, los nuevos vecinos que se suman. Todo eso es una forma de proyectar un futuro compartido.
Entonces, cada invierno, cuando cae la tarde sobre el barrio Saladillo, cientos de personas vuelven a caminar hacia el Parque Regional Sur llevando muñecos de cartón, antorchas y deseos escritos a mano. Horas después de todo ese trabajo solo quedan cenizas. Y, sin embargo, nada de lo importante desaparece con el fuego.
Porque lo que realmente se construye durante esas semanas no son los muñecos, sino los vínculos que hacen posible volver a encontrarse al año siguiente. La fogata termina cada invierno, pero la tradición continúa viva en quienes la preparan, la transmiten y la reinventan generación tras generación, y esa es la mayor singularidad de esta celebración. Mientras las llamas consumen aquello que ya cumplió su ciclo, también mantienen encendida una memoria colectiva que el barrio Saladillo decidió seguir construyendo, año tras año, alrededor del fuego.



Fuentes:
Fogata de San Pedro y San Pablo | rosario.gob.ar (+)
Un documental para conocer una de las fiestas populares de Rosario – Facultad de Humanidades y Artes (+)
Fogata de San Pedro y San Pablo | Documental (+)
“El Caña” Historias que merecen ser contadas (+)
Conclusión (+)
RosarioPlus (+) (+)
Página/12 (+)


