
En la Rosario de la primera mitad del siglo XX ir al cine formaba parte de la vida diaria, significaba una práctica masiva que no distinguía edades ni sectores sociales: era un hábito compartido por toda la ciudad. Es que en tiempos en que las redes sociales no eran digitales, las salas de exhibiciones se convirtieron en aquellos lugares de encuentro, de sociabilidad y de construcción de vínculos, por lo que la experiencia cinematográfica significaba mucho más que sentarse frente a una pantalla.
Con el paso de los años las salas rosarinas se multiplicaron y, a partir de 1910, los cafés que proyectaban películas dieron paso a espacios destinados exclusivamente a la exhibición fílmica, más seguros y mejor condicionados. De este modo, en Rosario comenzó a consolidarse el cine como una industria propiamente del espectáculo, y la ciudad se posicionó como un centro cinematográfico de gran relevancia a nivel nacional.
Para las décadas de 1920 y 1930, el cine ya se había instalado definitivamente en la cotidianidad de la ciudad. Las salas, lejos de concentrarse solo en el micro centro o en los grandes bulevares, comenzaban a echar raíces en los barrios. Muchos de esos cines acompañaron a varias generaciones de rosarinos y lograron mantenerse en pie hasta los años sesenta y setenta. En calle 9 de julio 385 todavía resiste el edificio que supo ser el punto de encuentro familiar durante cuatro décadas: el Cine Apolo. Aquellos vecinos que vivieron su época dorada lo recuerdan como el lugar donde las tardes se pasaban entre gaseosas Bidu Cola y los sánguches que se servían en el mismo cine, disfrutando de las tres películas consecutivas que se proyectaban.
Originalmente fue impulsado por los señores Comba, Labrador y Cía. con el objetivo de darle a la zona la sala de espectáculos de la que carecía, y desde 1928 fue el epicentro de variadas y populares proyecciones. La primera de ellas fue a beneficio de los niños sin recursos el 31 de octubre de ese año, marcando la inauguración de la sala que hoy funciona como estacionamiento en el corazón del barrio Martin.
Mientras el Cine Apolo se consolidaba como punto de encuentro barrial, la industria atravesaba una transformación importante: las proyecciones mudas comenzaban a apagarse lentamente. Aquellas imágenes sostenidas por música en vivo cedían lugar a la nueva experiencia de las proyecciones con sonido, que transformaría para siempre la forma de hacer y ver el cine. El Apolo no tardó en sumarse a esta novedad y, el 14 de marzo de 1931, tres años después de su apertura, inauguró su equipo sonoro con la proyección nocturna de Cascarrabias, film hablado en castellano y protagonizado por el actor español Ernesto Vilches.
Hacia la década de 1940, la higiene, el confort y los adelantos técnicos se convirtieron en eje central de la experiencia cinematográfica y en un nuevo terreno de competencia publicitaria entre las salas rosarinas. La limpieza, la ventilación y la comodidad comenzaron a agitarse como argumentos para atraer público y aumentar la venta de entradas en la ciudad. En ese contexto, y ante un circuito cinematográfico cada vez más competitivo, el Cine Apolo anunció el 27 de diciembre de 1939 el inicio de importantes reformas, buscando adecuarse a las nuevas exigencias de los espectadores y sostener su lugar en la vida cultural del barrio. El día anterior a su cierre temporal, la sala ofreció un programa especial que incluyó la proyección de Mariquilla terremoto y Suspiros de España, ambas interpretadas por Estrellita Castro, y sumó en la sección noche el film África, protagonizado por la memorable Imperio Argentina.

La reapertura llegó cuatro meses más tarde, en abril del 40. El Apolo volvió a encender su pantalla con capacidad para 700 espectadores y un ambiente completamente renovado, equipado con adelantos técnicos y un nivel de confort que lo distinguía dentro del circuito de cines barriales de Rosario. En esa ocasión, la sala ofreció un programa que combinó Hotel para mujeres, protagonizada por Linda Darnell; Emoción en el corral, en colores; y El haragán de la familia, con Pepe Arias, pionero del humor argentino.

Sin embargo, en Rosario el cine comenzó a mostrar signos de agotamiento. La caída del público no respondió exclusivamente a razones económicas, sino también a un cambio en los hábitos de consumo: el fútbol, las carreras de caballos y, más tarde, la irrupción de la televisión reorientaron las preferencias de los rosarinos. Esta crisis se hizo sentir con fuerza en la ciudad y, durante la década de 1960, el número de salas comenzó a disminuir de manera sostenida. El Cine Apolo no fue la excepción y, tras cuarenta años de actividad, proyectó su última función el 28 de enero de 1968, en un año en el que otras diecisiete salas también cerraron sus puertas. Aquella despedida llegó con un triple programa que marcó el final de una época: Vendaval de Jamaica, con Anthony Quinn; Superman, con George Reeves; y Viaje fantástico, protagonizada por Raquel Welch.
En algunas ocasiones, el Apolo alternó la pantalla con el escenario, albergando propuestas teatrales como Reina y Pordiosera, interpretada por la Compañía de Remembranzas de Luis Solá. Pero, a medida que ganaba adeptos, su edificio se convirtió también en un actor fundamental de la vida de los vecinos. Así lo recuerdan quienes participaban de los festivales de la Escuela Alberdi, cuando maestros y alumnos se reunían en el cine de 9 de Julio, entre Alem y Ayacucho, y el Apolo dejaba de ser solo una sala para transformarse en un espacio de encuentro y celebración. Hoy en su edificio ya no se proyectan películas, pero sigue habitando el barrio, como un recuerdo entrañable de cuando ir al cine era, ante todo, una experiencia colectiva.




Muy interesante, no sabía que en Rosario había ésa cantidad de salas de cine!!! Felicitaciones por tan interesante artículo!!