La gripe española de 1918: los rosarinos frente al enemigo invisible

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Rosario crecía a pasos agigantados entre finales del siglo XIX y principios del XX, y el estallido poblacional trajo consigo una crisis de infraestructura y urbanismo que dejó a la ciudad a merced de grandes enfermedades. La falta de higiene en las calles, las malas condiciones de vida en los barrios y el hacinamiento en los conventillos pusieron de manifiesto la vulnerabilidad local ante brotes de cólera, peste bubónica y tuberculosis. Mientras la Primera Guerra Mundial llegaba a su fin, comenzaron a circular en los diarios rosarinos las primeras noticias de la que sería la última gran epidemia del siglo XX: la gripe española.

La opinión pública local se esforzó por transmitir tranquilidad, pese a desconocer la naturaleza del virus. La influenza era vista como un mal lejano, propio de los territorios del otro lado del Atlántico castigados por la guerra y el hambre. Se creía que la distancia geográfica, el clima y la calidad de nuestros alimentos funcionarían como un escudo natural frente a la peste. 

El 18 de octubre de 1918, la grippe ingresó por el puerto de Buenos Aires en el vapor Demerara. El barco venía desde Europa y había pasado antes por Río de Janeiro, donde la enfermedad ya estaba haciendo estragos. La peste se propagó rápidamente a través de las líneas de ferrocarril que conectaban el país hasta llegar a nuestra ciudad; allí, los primeros casos se detectaron en la zona portuaria. Poco a poco, las miradas optimistas se abandonaron y, con su llegada, la vida de los rosarinos se transformó por completo. 

La particularidad de esta gripe es que afectaba a jóvenes, a adultos sanos – incluso a animales- y avanzaba muy aceleradamente, a veces derivando en otras complicaciones, y otras llevando a la muerte en cuestión de horas. A pesar que en Rosario no existieron casos graves de forma masiva, la necesidad de aislar a las personas contagiadas llevó a preparar la Escuela Nº 55 Domingo F. Sarmiento – que para ese entonces funcionaba en calle Buenos Aires 947- como espacio destinado a la cuarentena de enfermos en caso de ser necesario. Ante la urgencia, El Dr. Moisés Torres, presidente del Consejo de Higiene de Rosario, solicitó una delegación especial al Círculo Médico de la ciudad para coordinar las medidas sanitarias. 

A partir de este momento, los espacios públicos y privados se volvieron peligrosos: las iglesias, escuelas, los cinematógrafos, cementerios y el transporte público empezaron a ser vistos como focos de contagio. Ante este escenario, la Intendencia de la ciudad de Rosario ordenó el cierre total de las salas de espectáculos, suspendió las clases y canceló los exámenes de fin de año. 



La vida social y la actividad comercial, rasgo tan característico de la identidad rosarina, también se vio afectada. Los negocios ubicados en el cuadrante de la calle Salta, Avenida Francia, Callao y el paredón del Ferrocarril Central Argentino solo tuvieron permitido abrir sus puertas hasta las 11 de la noche durante el mes de noviembre. En cuanto a las visitas, los vecinos tuvieron que mantener distancia ya que se recomendaba evitar las reuniones, los besos y los espacios cerrados. 

Los métodos para mantenerse a salvo del virus eran múltiples y variados: mientras la Municipalidad prohibía la venta callejera de frutas y helados, las familias hervían la ropa y priorizaban el consumo de alimentos a altas temperaturas. En los hogares se recomendaba quitar objetos de las paredes para evitar nidos de gérmenes, y en las calles la gente buscaba caminar siempre por la vereda del sol. El miedo al contagio era tal que las farmacias agotaban sus existencias de sales de quinina y vapores de mentol; recursos a los que los rosarinos se aferraban con la esperanza de proteger sus pulmones contra una peste que no distinguía clases sociales.

Sin embargo, no todo fue crisis. Durante el invierno de 1919, un segundo brote de influenza puso nuevamente a la ciudad en alerta, siguiendo de cerca las noticias de las regiones más críticas del norte del país. En Rosario esta etapa fue más leve, pero el temor al regreso de la peste generó un escenario ambiguo: mientras para una parte de la sociedad el miedo seguía presente, para otros la situación se convirtió en una oportunidad. 



Para diferenciarla de una gripe común, se instaló el uso del término grippe. Esto se transformó en una estrategia de marketing sumamente eficaz: bajo ese nombre, se multiplicaron en la ciudad los anuncios de píldoras milagrosas, jarabes para la tos, tónicos, desinfectantes, laxantes y hasta bebidas alcohólicas. Todos estos productos prometían fortalecer el cuerpo y blindarlo contra la enfermedad, convirtiendo la angustia sanitaria en la publicidad de época. 

La epidemia de grippe generó entre tres y cinco veces más muertes que la Primera Guerra Mundial y sacudió al mundo. En Rosario, el impacto no se midió tanto por la cantidad de contagios, sino por la profunda transformación de la vida cotidiana. Algunos historiadores atribuyen la menor mortalidad local —en comparación con otros territorios del país— a la cantidad de médicos por habitante que tenía la ciudad y a los niveles de alfabetización, superiores a los de otros lugares donde la peste fue mucho más letal.

Lo cierto es que si hablamos de tapa bocas, distanciamiento social y cuarentena, la memoria nos lleva a un pasado reciente. Sin embargo, hace más de un siglo, los rosarinos ensayaban prácticas similares para detener el avance un de un enemigo invisible. La historia no se repite pero, definitivamente, a veces rima. 


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Valentina Rébori
Prof. de Historia. Instagram: @scrolleando_elpasado

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