
En la vorágine del macrocentro, caminando por Pellegrini, uno se cruza con la Plaza López. Como un oasis verde en la multitud caótica de la avenida, entre las calles Laprida, Buenos Aires y el Pasaje Storni, la manzana y media que conforma el espacio invita a la recreación y el descanso.
Inicialmente apodada Plaza de las Carretas o Paseo Arteaga, y contra la intuición de asociar su nombre a Estanislao López, el célebre caudillo santafesino, la verdadera identidad de la plaza tiene su origen en Juan Pablo López, hermano de Estanislao, quien gobernó la provincia de Santa Fe en tres ocasiones entre 1838 y 1858.
Desde hace décadas funciona como punto de encuentro para vecinos, mascotas y mates compartidos. Actualmente alberga a su histórica calesita, un sector de hamacas, un juego de vanguardia llamado “El Ceibo”, que se incorporó recientemente y dialoga con la diversidad de forestación autóctona de la plaza, un mariposario, una biblioteca vecinal, una estación aeróbica y su imponente fuente central.


Más que una plaza
Antes de consagrarse como plaza pública, la López tuvo diversas funciones: en 1858 se otorgó un permiso para instalar un Mercado de Frutos provincial en el predio, que llevaría el nombre de “General López”. En 1865, durante la Guerra del Paraguay, fue cercada para convertirse en un corral de caballos y mulas del ejército, funcionó como punto de partida de tropas e incluso ofició como espacio de atención para los heridos.
Con la conclusión de la guerra en 1872 se determinó el trazado de la plaza, y comenzó a delinearse el perfil estético que la identifica hasta la actualidad. Se dispusieron legendarios árboles y plantas, traídas especialmente desde Europa, Asia y África: Cedros del Himalaya, Araucarias, Jacarandás, Magnolias y grandes palmeras; un verdadero patrimonio natural que puede visitarse, ya que cada especie está catalogada con su respectivo cartel, bajo el lema “mis plantas, mis flores, mi plaza”.
Una historia de celebración y tragedia
La Plaza López fue escenario de diversos acontecimientos de la ciudad. Paralelo a su constitución como plaza en 1872, fue el punto de partida de los primeros “tramway” a caballo, inaugurados por el empresario Alfredo de Arteaga, que salían desde Bulevar Argentino y calle Comercio (hoy avenida Pellegrini y Laprida).
También fue sede de un trágico accidente: en 1874, el artista de circo Teófilo Ceballos desarrolló un espectáculo en la plaza y elevó en el cielo a un globo aerostático. Desafortunadamente un niño llamado Nicasio Rosas, nieto del ex gobernador Pascual Rosas, se colgó y ascendió con él. El desenlace fue fatal: cayó desde 600 metros de altura y murió en el instante del impacto.
En la plaza también sucedieron hechos patrióticos: El 1° de mayo de 1890 la ciudad tuvo su primera conmemoración del Día del Trabajador, y la Plaza López fue el punto de partida desde donde cientos de obreros, entre quienes según comenta la historia se encontraba Virginia Bolten, marcharon reclamando mejoras salariales y una jornada laboral de ocho horas. Actualmente en la plaza puede observarse una bandera nacional flameando, con placas en su base que rinden homenaje a este histórico acontecimiento.



Vecinos de la Plaza López: un ejemplo de organización comunitaria
“Amigas y amigos de la Plaza López” es el nombre del grupo de Facebook de quienes frecuentan los confines de la plaza. En este grupo virtual, los vecinos realizan propuestas, difunden eventos, recolectan donaciones y construyen colectivamente la plaza que quieren habitar: un espacio público seguro donde encontrarse y convivir. Entre sus eventos anuales se incluyen el izamiento de la bandera en cada fecha patria, que reúne cada año a familias y amigos.
Personalidades icónicas también fueron vecinas a la plaza: Alfonsina Storni, que habitó el barrio entre 1901 y 1910 –razón por la cual la cortada Storni heredó su nombre– y Horacio “El Vasco” Usandizaga, primer intendente de la ciudad tras la recuperación de la democracia en 1983, quien vivió frente a la plaza hasta su fallecimiento el 4 de enero de 2026.
La Plaza López, sin dudas, se erige como un símbolo de la ciudad de Rosario; un espacio identitario que nos pertenece a todos quienes alguna vez recorrimos sus senderos. Un lugar que se organiza, cuida y llena de sentido junto a la comunidad, convirtiéndose en un espacio común, abierto a cualquiera que quiera habitar y disfrutar lo público.






