La “Casa de los Gatos”: los felinos que tomaron un patrimonio abandonado

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Lo que hoy conocemos como Barrio Martin, en la década de 1850 perteneció a un hombre: el mariscal Andrés de Santa Cruz, quien fue presidente del Gobierno del Perú y de la Confederación Peruano-Boliviana. Su título de Mariscal se lo ganó peleando en el Ejército de José de San Martín. Derrocado, se radicó en Argentina.

Cuando se exilió en nuestro país, se reencontró con viejos colegas, quienes le presentaron a Justo José de Urquiza. Comenzaron a cultivar una relación estrecha que se profundizó con el casamiento de sus hijos, Simón de Santa Cruz y Juanita de Urquiza. Es esta amistad la que lo unió definitivamente a Rosario. En 1852, el Puerto de Rosario se convirtió en el centro de las políticas de desarrollo comercial exterior impulsadas por Urquiza, quien incentivó a sus amigos a adquirir tierras en estos pagos. Así fue como el mariscal adquirió un amplio terreno entre las actuales calles Alem y Ayacucho, hasta el río, llamado “Quinta de los Robles”.

Allí construyó su casa quinta, ubicada donde hoy se encuentra la plazoleta Monasterio, en Ayacucho y Mendoza. Aplanó el terreno de la barranca para tener acceso al río y construyó un muelle. Un año más tarde, el Gobierno de Santa Fe le otorgó 200 varas de terreno adyacente a su quinta, de cara al río. Tras su muerte, los herederos dividieron y vendieron las tierras del mariscal, que ya se extendían hasta lo que hoy conocemos como Firmat, Bombal, Cañada del Ucle y Villada.

En 1888, gran parte del terreno fue adquirida para la instalación del Ferrocarril Oeste Santafesino. La gran mansión ubicada en Mendoza y Ayacucho fue demolida en la década de 1910. Según Wladimir Mikielievich, para ese entonces se la llamaba “Cuartos de Santa Cruz” y era utilizada por transeúntes coyas como alojamiento. En su nombre quedó el pasaje Santa Cruz, una pintoresca cortada de adoquines, arbolada y de veredas angostas.

En la misma manzana donde se encontraba su mansión, años después se construyó una casona llena de misterios. La “casona de los gatos” tenía la fisonomía original de la ciudad. Parado en la vereda, se podía ver levantarse un muro que contenía la barranca y una puerta que daba a una escalinata que conducía a la entrada principal del domicilio: dos pisos, un subsuelo y un gran patio decorado con arcos de medio punto.

Cuando aún respiraba esplendor, la casona se transformó en una discoteca elegante. En los años ’80 fue sinónimo de lujo personal de frac, música selecta y una puerta que solo se abría para quienes respetaban el código de vestimenta. Algunos aseguran que perteneció a un militar del proceso; otros cuentan que era de una mujer mayor que enfermó y que, tras ser saqueada, cerró sus puertas para siempre. Su abandono en los años ’90 permitió el deterioro de la estructura, y personas en situación de calle comenzaron a utilizar las instalaciones para dormir. Poco a poco, el lugar se fue llenando de gatos, muchos gatos.



Los vecinos también los alimentaban; la gente recuerda en particular a una señora que iba a darles de comer. La colonia creció hasta alcanzar unos 70 gatos y, por mucho tiempo, esta casona abandonada fue bautizada como “la casa de los gatos”. Incluso eclipsó al mariscal, y la cortada también pasó a conocerse como “la calle de los gatos”. Cientos de leyendas urbanas se crearon alrededor de este santuario, ya que tenía algo hipnotizante. Se hablaba de túneles que conducían al puerto o a la aduana, supuestamente ubicados en el subsuelo, algo imposible de confirmar porque por entonces estaba completamente cubierto, sin posibilidad de acceso.

También circulaban historias de terror: fantasmas, ritos satánicos y asesinatos, dotando a la casona de un folclore urbano lleno de mitos y misterios. Sin embargo, quienes se atrevían a entrar solo se encontraban con el hedor del orín de gato y humano, muchísimos gatitos y vagabundos durmiendo. En 2004, el final de la casona estaba cerca. Se encontraba en venta por 260 mil dólares, y su destino parecía pronto a concretarse. Por ese entonces, desde la Comisión del Programa de Preservación y Rehabilitación del Patrimonio se hablaba del valor histórico y patrimonial del inmueble, pero no alcanzaban las políticas para proteger la propiedad ante una posible demolición.

Cuando ya era un hecho que la casona se convertiría en un gran edificio, lo que más acongojaba a los vecinos era el destino de la colonia de gatos. Para ese entonces, los vecinos que brindaban alimento y tratamiento veterinario a los animales presentaron múltiples proyectos, a través de la protectora Santa Cruz, para destinarles un nuevo hogar. Buscaban ubicarlos en casas y galpones municipales abandonados en la zona del puerto.



Desde el IMUSA se propuso construir dos gateras para alojar a parte de la colonia, pero ninguna de estas propuestas fue escuchada por el municipio, por lo que se apeló directamente a la solidaridad de los rosarinos. La protectora IMUSA consiguió finalmente un lugar transitorio para los gatos, y los vecinos habían acordado con el responsable de la demolición poder ingresar a retirarlos. Sin embargo, al llegar, el candado de la puerta había sido cambiado, imposibilitando la acción.

Mientras los obreros ya habían comenzado los trabajos, los vecinos, unidos bajo la protectora de animales Santa Cruz, esperaban una resolución judicial que permitiera rescatar a los felinos. Finalmente, los gatos pudieron ser desalojados del inmueble horas antes de que comenzara la demolición con maquinaria pesada. Algunos de ellos encontraron el camino de regreso a la casona, e incluso hoy hay quienes dicen escuchar sus maullidos desde lo más recóndito de lo que alguna vez fue una casona encantadora.


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Aluminé Rovira Merchan
Estudiante de Antropología. Instagram: @aluminerovira

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