
Quien hoy atraviesa el ingreso del Hospital “Intendente Gabriel Carrasco”, en bulevar Avellaneda 1402, se encuentra con un hospital público en pleno funcionamiento, integrado al sistema municipal de salud y al ritmo cotidiano del barrio Echesortu. Sin embargo, detrás de ese acceso —entre pabellones de distintas épocas, árboles centenarios y senderos internos— aún se distingue la antigua Casa de Aislamiento. Ese edificio, visible pero muchas veces inadvertido, funciona como una puerta al pasado y permite reconstruir una historia íntimamente ligada a las epidemias, al crecimiento urbano y a las decisiones sanitarias que marcaron a Rosario desde fines del siglo XIX.
El Hospital Carrasco es uno de los establecimientos sanitarios más antiguos de la ciudad y uno de los primeros hospitales municipales de Rosario. Ocupa dos manzanas en las que conviven las construcciones originales con ampliaciones posteriores, resultado de más de un siglo de transformaciones. Su antecedente directo fue la Casa de Aislamiento, concebida como un lazareto municipal en un contexto en el que la ciudad crecía con rapidez, mientras sus recursos sanitarios resultaban insuficientes frente a la recurrencia de brotes epidémicos.
En aquella época, los lazaretos constituían locaciones destinadas al aislamiento preventivo de personas consideradas de alto riesgo para la salud pública. Su función principal no era otra que evitar la propagación de estas afecciones en contextos en los que los tratamientos médicos resultaban limitados. El término lazareto remite a San Lázaro, figura religiosa asociada a la enfermedad y a la pobreza, de donde deriva la denominación histórica de estos espacios de aislamiento.
Sin embargo, detrás de esta extensa trayectoria en la salud pública emerge un interrogante que invita a volver la mirada hacia el pasado: ¿por qué un hospital concebido para enfrentar grandes crisis sanitarias lleva el nombre de un intendente de Rosario cuya gestión al frente del municipio se extendió apenas durante quince meses? Para responder a esta pregunta es necesario retroceder en el tiempo.
Desde la irrupción del cólera en 1867, la ciudad de Rosario atravesó reiteradas crisis sanitarias asociadas a la peste bubónica, tifus, viruela, tuberculosis y lepra. Como respuesta provisoria a estos escenarios, la Municipalidad dispuso un galpón en calle Balcarce 1485, utilizado a modo de lazareto para el aislamiento de personas con enfermedades infectocontagiosas. Se trataba de un espacio improvisado, carente de condiciones adecuadas, cuyo objetivo principal era resguardar al resto de la población, por lo que operaba más como un dispositivo de segregación que como un ámbito de atención sanitaria. Esta situación dio lugar a críticas crecientes y a reclamos públicos que demandaban una solución estructural.
En contextos de crecimiento económico acelerado, los costos sociales suelen desarrollarse de manera paralela, constituyendo una dimensión inseparable de dichos procesos. Es en estas circunstancias cuando el Estado comienza a asumir un rol político y administrativo más activo, orientado a atender y mitigar las problemáticas derivadas de las transformaciones económicas y sociales. En el período considerado, estas tensiones se expresaron en la concentración de trabajadores incorporados a la ciudad en el marco de políticas que no estuvieron acompañadas por la infraestructura necesaria para su adecuada integración, generando condiciones de hacinamiento, precariedad material y mayor exposición a enfermedades.
El punto de inflexión comenzó a delinearse en la década de 1890, con la asunción de Gabriel Carrasco a la intendencia de Rosario. Nacido el 28 de noviembre de 1854, creció en un entorno estrechamente vinculado a la educación y a la vida cívica. Fue hijo del maestro Eudoro Carrasco y de Eutemia Benítez. Su padre, junto con Ovidio Lagos, fue fundador del diario La Capital. En 1876 publicó la Guía civil y comercial de la ciudad del Rosario, una obra innovadora para su tiempo que ofrecía un detallado inventario de actividades comerciales, profesionales e institucionales. Posteriormente, en 1881, dio a conocer trabajos fundamentales como Datos estadísticos de la provincia de Santa Fe y el Primer censo general de la provincia de Santa Fe (1887), contribuyendo a dotar al Estado de información sistematizada y confiable para la toma de decisiones. Fue intendente de nuestra ciudad entre agosto de 1890 y noviembre de 1891, en uno de los momentos más críticos de la historia local.
Asumió en un contexto de profunda crisis política, sanitaria y económica: una Municipalidad sin autoridades estables, un tesoro casi vacío, deudas externas y obras públicas paralizadas. Aun así, Carrasco impulsó una iniciativa que marcaría el futuro sanitario de Rosario: la construcción de un lazareto municipal concebido, en esta etapa, no solo como un espacio de aislamiento, sino también de asistencia, tratamiento y dignificación de quienes padecían estas afecciones. En este sentido, la Casa de Aislamiento no fue pensada como un mero ámbito de reclusión de pacientes, sino como una institución orientada a garantizar condiciones de trato digno a las personas en situación de enfermedad, con independencia de la patología que las afectara. Aunque la concreción material del proyecto no se produjo durante su gestión, las acciones impulsadas en esos años por el intendente Gabriel Carrasco resultaron fundamentales para definir las bases técnicas, administrativas y sanitarias del futuro establecimiento. Fue durante la intendencia de Alberto J. Paz, quien gobernó la ciudad entre 1895 y 1898, cuando la cuestión sanitaria adquirió un lugar prioritario por encima de las restricciones presupuestarias y los obstáculos administrativos. En mayo de 1895, el jefe comunal dispuso el traslado a la ciudad de Buenos Aires del director de la Oficina de Obras Públicas, ingeniero Héctor Thedy, junto con el secretario de la Asistencia Pública, doctor Enrique Marc, con el objetivo de realizar estudios técnicos específicos. A partir de estos relevamientos, se avanzó meses más tarde en la elaboración de los planos correspondientes al proyecto.
En 1896, como resultado de nuevos análisis y de los debates suscitados en el ámbito municipal, se desestimó un primer terreno por no reunir las condiciones adecuadas para el emprendimiento. En ese contexto, el ingeniero Thedy señaló formalmente al intendente Paz las limitaciones del emplazamiento inicialmente previsto, lo que derivó en la adquisición de un nuevo predio ubicado en la entonces periferia oeste de la ciudad, en el área que hoy corresponde al barrio Echesortu.




Los lotes fueron adquiridos a Casiano Casas y Ciro Echesortu, conformando dos manzanas delimitadas actualmente por bulevar Avellaneda y las calles 3 de Febrero, Río de Janeiro y Zeballos. La elección del sitio no fue azarosa: se trataba de una zona elevada, con buen drenaje y escasa exposición a los vientos provenientes del oeste, cuya infrecuencia fue un factor especialmente considerado. Este criterio respondía a los postulados de la corriente higienista que dominaba la intelectualidad médica del período, según los cuales la orientación, la ventilación y las condiciones ambientales resultaban determinantes para prevenir la propagación de enfermedades infectocontagiosas y resguardar a los habitantes del casco histórico de la ciudad frente a un eventual riesgo de contagio.
En este marco, la disposición del predio dio lugar a amplios espacios libres que comenzaron a transformarse en áreas ajardinadas, acompañadas por una plantación planificada de árboles de gran porte —palmeras, magnolias, paraísos, coníferas, tipas, entre otros— concebida como parte del propio tratamiento médico. Estas especies eran valoradas, de acuerdo con las creencias de la época, por su capacidad de oxigenación, sus perfumes o la sombra tupida que proporcionaban, contribuyendo así a mejorar las condiciones ambientales y sanitarias del lugar, en una decisión que resultó avanzada para los criterios vigentes.
Sobre la base de estas definiciones previas, la construcción de la Casa de Aislamiento se inició formalmente el 25 de mayo de 1896 y fue inaugurada el 3 de octubre de 1897, durante la intendencia de Alberto J. Paz. El acto inaugural tuvo un carácter multitudinario y constituyó un hito para la ciudad.
Entre los asistentes se encontraba el ex intendente Gabriel Carrasco, quien tomó la palabra y expresó una visión prospectiva sobre el desarrollo futuro del área circundante, anticipando la consolidación del entonces incipiente barrio Echesortu.


El edificio fue concebido conforme al modelo de pabellones independientes, separados por amplios espacios verdes, lo que permitía la sectorización de pacientes y la reducción de los riesgos de contagio. Contaba con farmacia, administración, baños desinfectantes, lavaderos, dependencias de servicio, dos ambulancias y una dínamo propia para la generación de electricidad en una zona que aún carecía de ella. Asimismo, los materiales y sistemas constructivos —pisos y paredes aptos para desinfecciones intensivas, techos abovedados que facilitaban la ventilación y dispositivos sanitarios avanzados— respondían a criterios de higiene inéditos en la ciudad.
El edificio, conocido popularmente como la Casa de los Lamentos, fue proyectado en dos secciones, de las cuales únicamente el ala norte se encontraba finalizada al momento de su inauguración. Esta primera etapa incluía pabellones destinados a pacientes con tifus y cólera, así como a quienes padecían difteria y viruela, además del edificio de Administración, una construcción de dos plantas que se conserva en la actualidad. En esta última se concentraban funciones esenciales como la cocina, la despensa, los depósitos, la botica, las habitaciones destinadas a las religiosas y el despacho de la Dirección. El conjunto administrativo se emplazaba en el sector central del predio, alineado con el acceso principal del establecimiento sobre la calle 9 de Julio.
La sección norte contaba con una capacidad aproximada de cien camas, mientras que en el sector sur se proyectaban —y se encontraban en distintas etapas de ejecución— nuevos pabellones destinados a variolosos, una morgue y una sala de autopsias. El crecimiento del establecimiento se organizó mediante la incorporación progresiva de pabellones de límites bien definidos, separados entre sí por amplias distancias, una disposición que dio origen a extensos espacios libres que comenzaron tempranamente a transformarse en áreas ajardinadas. Estos espacios verdes, concebidos inicialmente como parte del diseño higienista, adquirieron además un uso recreativo y terapéutico: en ellos se desarrollaban actividades al aire libre y tareas de granja destinadas a pacientes con estadías prolongadas, cuya movilidad no se encontraba comprometida. Asimismo, algunos internos ocupaban su tiempo en labores manuales, como trabajos de carpintería, prácticas consideradas beneficiosas desde una perspectiva médica y moral de la época.



Los distintos pabellones y dependencias se encontraban articulados entre sí mediante veredas adoquinadas y cubiertas, lo que garantizaba una circulación protegida y ordenada dentro del predio. Esta organización del espacio respondía tanto a criterios sanitarios de aislamiento y control de contagios como a principios de planificación orientados al bienestar de los pacientes, procurando condiciones de circulación, accesibilidad y permanencia acordes con las concepciones médicas y asistenciales de la época.
Desde sus comienzos, la Casa de Aislamiento fue atendida por un equipo limitado en número, pero sostenido por una fuerte vocación de servicio. El primer director del establecimiento fue el doctor Raymundo Archambault, acompañado por médicos de sala, un farmacéutico, enfermeros, cocineros y lavanderas, así como por las Hermanas de la Caridad Hijas de María Santísima del Huerto, a quienes se confió no solo la atención material, sino también el acompañamiento espiritual de las personas
internadas. Varias de ellas enfermaron y murieron en el cumplimiento de su tarea, víctimas de las
mismas afecciones que combatían. Sus nombres, en gran parte olvidados, forman parte silenciosa de
esta historia.
Hacia fines del siglo XIX, a tan solo tres años de su creación, la Casa de Aislamiento había experimentado una rápida expansión de su infraestructura y de sus funciones. Para 1900, el establecimiento contaba con un edificio de administración con farmacia en planta baja, pabellones diferenciados para hombres y mujeres, una sala independiente destinada a pacientes con viruela con capacidad para doce camas, una nueva sala de autopsias, así como dependencias destinadas a cocina, lavadero y atención de enfermos. En este período, el antiguo pabellón de autopsias fue refuncionalizado como sala de internación, incorporándose además espacios destinados a calefacción y letrinas, al tiempo que se construyó una nueva sala de autopsias en madera revestida en chapa de zinc.
Durante la primera década del siglo XX, pese a que las instalaciones resultaban aún insuficientes para responder a la creciente demanda asistencial, se produjo un incremento sostenido de la superficie cubierta. En 1910 se construyó un nuevo pabellón —identificado como pabellón n.º 5— con capacidad
para veintiséis camas, distribuidas entre una sala principal y sectores de aislamiento. Asimismo, el traslado de la Oficina de Desinfecciones a la nueva sede de la Asistencia Pública permitió liberar espacios que fueron destinados a la atención de pacientes crónicos. Como resultado de estas ampliaciones, hacia el final de la década el establecimiento contaba con un total de 139 camas, distribuidas en cinco pabellones destinados a distintas patologías, entre ellas viruela, tuberculosis y otras afecciones, con sectores diferenciados por sexo.
Tras el fallecimiento de Gabriel Carrasco, el 5 de junio de 1908, la ciudad de Rosario inició una serie de reconocimientos destinados a preservar su memoria. El primero de ellos tuvo lugar el 13 de octubre de ese mismo año, cuando la Intendencia Municipal dispuso la colocación de una placa recordatoria en la Casa de Aislamiento. El homenaje institucional más significativo se concretó algunos años después: mediante el Decreto N.º 6, fechado el 3 de abril de 1914, el establecimiento adoptó oficialmente la denominación de Hospital Intendente Gabriel Carrasco, nombre que conserva hasta la actualidad.
La decisión formal fue precedida por un debate en el Concejo Municipal, que debió definir la denominación definitiva del hospital. En ese marco se enfrentaron dos propuestas: por un lado, la impulsada por el doctor Tomás Cerruti, que proponía el nombre Hospital Dr. José Penna, en homenaje al destacado médico sanitarista y epidemiólogo argentino; por otro, la moción presentada por el entonces concejal e ingeniero Héctor Thedy, que promovía la denominación Hospital Intendente Gabriel Carrasco, en reconocimiento al funcionario que, en un contexto de crisis sanitaria extrema, había impulsado la creación del establecimiento. Fue esta última propuesta la que finalmente prevaleció.
La elección del nombre no solo constituyó un acto de reparación simbólica hacia una figura central de la historia local, sino que expresó también un reconocimiento a una trayectoria pública caracterizada por el compromiso, la planificación y el trabajo desinteresado en favor del bienestar colectivo. En este sentido, la denominación del hospital buscó reflejar un espíritu institucional alineado con los valores que habían guiado la acción de Carrasco en vida.

Asimismo, esta decisión acompañó un proceso más amplio de transformación en las concepciones científicas y sociales sobre la enfermedad y la salud pública. Progresivamente, el hospital comenzó a desprenderse de la carga estigmatizante asociada a su origen como Casa de Aislamiento y a los antiguos lazaretos, para consolidarse como un espacio de atención, tratamiento y recuperación. De este modo, dejó de ser percibido como un ámbito de reclusión para personas marginadas por la enfermedad y se afirmó como una institución sanitaria orientada al cuidado integral de hombres y mujeres. Quizás allí radique una de las paradojas más interesantes de esta historia. Muchos rosarinos asocian el nombre del hospital con un profesional de la medicina que nunca existió. Gabriel Carrasco no fue médico, sino pedagogo, estadístico, periodista, historiador y funcionario público. Fue, ante todo, un observador atento de su ciudad y de sus problemáticas, capaz de interpretar las necesidades de su tiempo y de proyectar respuestas que trascendieran su propia gestión.
En los años siguientes continuaron las obras de ampliación, entre ellas la construcción de un nuevo edificio —actual lavadero— sobre la calle 3 de Febrero, con el objetivo de aumentar la capacidad operativa. Estas intervenciones mantuvieron el criterio arquitectónico original basado en la construcción de pabellones de límites precisos, separados por amplios espacios libres.
En ese entramado de ampliaciones y prácticas cotidianas que estructuraban la vida hospitalaria, una campana ocupó un lugar central como dispositivo de organización y regulación del tiempo. Su sonido marcaba la llegada de los médicos, anunciaba los momentos de silencio, la celebración de la misa y, en ocasiones, comunicaba el fallecimiento de pacientes. Este instrumento, que aún se conserva en la institución, formó parte del sistema cotidiano de funcionamiento del hospital en aquella época, condensando tanto rutinas asistenciales como dimensiones simbólicas vinculadas al cuidado, la disciplina y el tránsito entre la vida y la muerte.

Otra de las paradojas relacionadas a esta historia se vincula con la persistente creencia que identifica al Hospital Carrasco exclusivamente como el “antiguo leprosario” de la ciudad. Esta asociación, aunque no casual, resulta parcial e inexacta. La lepra fue, sin duda, una de las enfermedades que allí se trataron, pero no fue la primera ni la única. Desde sus orígenes, el establecimiento asumió una función sanitaria más amplia, vinculada al aislamiento y tratamiento de diversas enfermedades. En ese marco, tuvo una activa participación en la lucha contra el cólera, la peste bubónica y la viruela, y posteriormente frente a brotes de difteria, sarampión y escarlatina.
De hecho, a comienzos del siglo XX, la entonces Casa de Aislamiento atravesaba una situación crítica. Esta circunstancia fue expuesta con particular crudeza por el director del establecimiento, el doctor José Sempé, en una memoria elevada en mayo de 1903 al director de la Asistencia Pública. En dicho informe describía un panorama sanitario y edilicio profundamente desalentador, con salas precarias que funcionaban más como espacios de espera resignada de la muerte que como ámbitos de atención, y con una elevada tasa de mortalidad.

Esta situación afectaba especialmente a los pacientes con tuberculosis, ya que una ordenanza municipal prohibía su internación en hospitales generales, convirtiendo a la Casa de Aislamiento en el único destino posible para estos enfermos. La concentración de casos desbordó la capacidad operativa del establecimiento y puso en evidencia la urgencia de una intervención estatal. Como respuesta a este escenario, y tras años de reclamos, el 2 de septiembre de 1917 se inauguró uno de los primeros pabellones destinados al tratamiento de una enfermedad específica: el pabellón para pacientes con tuberculosis.
Recién en 1929, treinta y dos años después de la puesta en funcionamiento de la Casa de Aislamiento, se habilitó una sala destinada específicamente a la atención de personas afectadas por lepra: la Sala VI, conocida durante años como el pabellón de los moribundos. Este espacio no solo consolidó una separación sanitaria específica, sino que dio origen a la primera especialidad médica estructurada del hospital y constituyó el antecedente directo del posterior desarrollo del área de leprología.
A partir de esta experiencia inicial se puso en marcha un proceso institucional de mayor alcance. En el marco de las políticas sanitarias orientadas al abordaje sistemático de la lepra, el 26 de noviembre de 1930 se creó el Patronato de Leprosos, con el objetivo de amparar a los enfermos y a sus familias, colaborar con las autoridades sanitarias y el cuerpo médico en la prevención, combate y tratamiento de la enfermedad, así como propender al cumplimiento de la Ley Nacional N.º 11.359 y fomentar la investigación científica. Si bien el Patronato tuvo alcance nacional, la Filial Rosario se constituyó formalmente en 1932, año en el que también se creó la Asociación de Damas Protectoras del Hospital.

Ambas instituciones desempeñaron un papel central en el fortalecimiento material, sanitario y humano del Hospital Carrasco. En particular, la Asociación de Damas Protectoras del Hospital contribuyó de manera sostenida mediante la provisión de equipamiento, la promoción de mejoras edilicias y el acompañamiento cotidiano de los pacientes. Por su parte, el Patronato de Leprosos fue una pieza clave en la prevención y el abordaje integral de la enfermedad, no solo a través de acciones directas, sino también mediante una intensa labor de concientización que impulsó una mayor intervención estatal en la campaña antileprosa. La primera presidenta de la Filial Rosario fue Matilde Duchesnois de Machado Doncel, bajo cuyo impulso el pabellón destinado a la atención de personas con lepra pasó a denominarse Instituto Experimental Preventivo “Mi Esperanza”.

Encuadrado en el Servicio de Leprología, el Instituto Experimental Preventivo “Mi Esperanza” articuló funciones asistenciales, preventivas y científicas. Además de la Sala VI, contaba con dos salas de menor capacidad destinadas a la atención independiente de pacientes en etapa de contagio pero de menor gravedad, un dispensario para tratamientos ambulatorios, una sección de profilaxis orientada a enfermos y familiares, y un consultorio especializado en enfermedades de la piel. Desde este espacio se desarrollaron tareas de asistencia médica, investigación científica, profilaxis, atención domiciliaria y formación profesional, consolidando uno de los primeros dispositivos especializados del país en el abordaje integral de la lepra.
Gracias a las gestiones de los doctores Enrique P. Fidanza, José María Fernández y Salomón Schujman, se logró la creación formal del Servicio de Leprología del Hospital Carrasco, cuya dirección general se encontraba entonces a cargo del doctor Juan B. Pesenti. Con el tiempo, el instituto alcanzó reconocimiento internacional y llegó a producir insumos especializados, como la lepromina estándar para pruebas cutáneas, solicitada por diversos países de América.

Antes de la habilitación formal del Servicio de Lepra del Hospital Carrasco, la situación de las personas afectadas por la enfermedad en la ciudad de Rosario era particularmente crítica. A comienzos del siglo XX, en una provincia que concentraba el mayor número de casos del país, los pacientes carecían de dispositivos hospitalarios específicos para su internación y tratamiento. Esta ausencia de políticas sanitarias sostenidas favorecía tanto el abandono de los enfermos como la circulación libre de formas altamente contagiosas, con el consiguiente riesgo para la población general. Si bien Rosario contaba con servicios médicos especializados capaces de realizar diagnósticos precoces, la falta de estructuras asistenciales adecuadas y la prolongada indiferencia de las autoridades agravaban el problema.
Frente a este escenario, y ante el crecimiento sostenido de la enfermedad, los médicos Salomón Schujman y José María Fernández, bajo la dirección del profesor E. P. Fidanza, impulsaron en 1929 la incorporación de camas destinadas a pacientes con lepra en el Hospital Carrasco. Esta iniciativa, respaldada por las autoridades hospitalarias, marcó el inicio de una experiencia que combinó objetivos asistenciales, sociales y científicos. Las primeras intervenciones se desarrollaron en condiciones sumamente precarias: los pacientes se encontraban internados junto a enfermos terminales de otras patologías, sin tratamiento regular ni expectativas de mejoría, lo que incidía negativamente en su estado
físico y anímico.
A partir de una presencia médica sostenida, del suministro gratuito de medicación —proporcionada por organismos públicos y aportes privados— y de un abordaje centrado en el trato digno, se logró revertir progresivamente esta situación. En pocos meses comenzaron a observarse mejoras clínicas en algunos pacientes y se incrementó la capacidad de internación, hasta alcanzar la ocupación completa de la Sala VI por personas afectadas por lepra, incluidas mujeres alojadas en dependencias anexas.
Paralelamente, se implementó un sistema de altas para aquellos casos que habían dejado de representar un riesgo sanitario, los cuales continuaban su tratamiento en forma ambulatoria a través de un consultorio externo.
Hacia el primer año de funcionamiento, el Servicio atendía a decenas de pacientes internados y a un número aún mayor bajo seguimiento ambulatorio. Estos avances fueron reconocidos oficialmente en informes elevados a las autoridades sanitarias, en los que se destacaba no solo la eficacia terapéutica alcanzada, sino también la notable transformación del clima moral del pabellón, caracterizado por una renovada confianza en la posibilidad de curación y por la adhesión sostenida de los pacientes a tratamientos prolongados.

En 1930, el creciente desarrollo del Servicio motivó la intervención directa de la Asistencia Pública municipal, que formalizó su funcionamiento exclusivo como Servicio de Lepra y promovió la creación de una Comisión Asesora especializada. A partir de entonces, el dispositivo adquirió una organización compleja y sistemática, propia de una verdadera clínica de leprología. El Servicio quedó estructurado en secciones diferenciadas: internación de pacientes altamente contagiosos, atención ambulatoria de casos controlados o incipientes, un dispensario dermatológico orientado a la detección precoz y una sección de profilaxis dedicada al seguimiento periódico de convivientes, experiencia pionera a nivel nacional.
Este enfoque integral permitió no solo mejorar la capacidad asistencial, sino también avanzar de manera decisiva en la prevención. La identificación temprana de casos entre familiares y contactos estrechos constituyó una herramienta fundamental para interrumpir la cadena de transmisión. Al mismo tiempo, el trabajo articulado con el laboratorio universitario posibilitó el desarrollo de investigaciones bacteriológicas y anatomopatológicas de alto nivel, consolidando al Servicio como un espacio de producción científica reconocido.

La dimensión humana ocupó un lugar central en esta experiencia. Los médicos a cargo comprendieron que el tratamiento de la lepra no podía limitarse a lo estrictamente clínico. Por ello, se promovieron iniciativas destinadas a mejorar la calidad de vida cotidiana de los pacientes internados, incorporando actividades recreativas, espacios culturales y elementos de esparcimiento que contribuyeran a sostener el ánimo y la adhesión terapéutica. Lejos de los estigmas difundidos socialmente, los registros del Servicio destacaban la conducta responsable, solidaria y comprometida de los pacientes, así como su activa colaboración en los procesos de cuidado. Los resultados obtenidos durante los primeros años fueron elocuentes: una amplia mayoría de los pacientes tratados mostró mejoras significativas, y un porcentaje considerable alcanzó la curación clínica y bacteriológica. Estos logros reforzaron la necesidad de optimizar la infraestructura existente. En ese marco, los responsables del Servicio elaboraron un proyecto de anexión de la Sala IV y de centralización de todas las dependencias de leprología en una única ala del hospital. La iniciativa buscaba reducir riesgos sanitarios, mejorar la organización espacial y garantizar condiciones más adecuadas para la atención diferenciada, en particular de las mujeres afectadas por la enfermedad.
Este proceso de consolidación institucional sentó las bases de lo que posteriormente sería reconocido como la “Escuela Rosarina de Leprología”, un ámbito de investigación y formación con proyección internacional. Desde el Hospital Carrasco se realizaron aportes fundamentales al conocimiento de la enfermedad de Hansen, se definieron clasificaciones clínicas adoptadas a nivel global y se formaron profesionales que difundieron estos saberes en distintos países. De este modo, el Servicio de Leprología trascendió su función asistencial para convertirse en un referente científico de alcance internacional, fruto de una sostenida política sanitaria, de la articulación entre asistencia e investigación y de una concepción profundamente humanizada del cuidado.
En términos de resultados terapéuticos, los registros correspondientes a los primeros tres años de funcionamiento del Servicio de Leprología del Hospital Carrasco dan cuenta de avances significativos. Sobre un total de cien pacientes tratados en ese período, se constató la curación clínica y bacteriológica en el catorce por ciento de los casos, mientras que un setenta y seis por ciento presentó mejoras clínicas notables. En conjunto, estos datos permiten afirmar que aproximadamente el noventa por ciento de los pacientes atendidos obtuvo beneficios concretos como resultado del tratamiento implementado, lo que evidencia la eficacia del abordaje asistencial y terapéutico desarrollado en el establecimiento.
El 11 de julio de 1941 el hospital dio un nuevo paso en su proceso de expansión con la habilitación de los consultorios externos de clínica general, odontología, oftalmología, otorrinolaringología y una sala de primeros auxilios, a los que se sumaron el laboratorio, el departamento de diagnóstico por imágenes y el banco de sangre. Esta ampliación fortaleció de manera sustantiva la atención ambulatoria y profundizó el perfil del establecimiento más allá de la internación, consolidándolo como un efector sanitario integral. Las nuevas dependencias fueron posibles gracias a una donación decisiva de la Asociación de Damas Protectoras del Hospital Carrasco. El sector fue concebido conforme a los principios de la arquitectura sanitaria moderna, integrándose funcionalmente al conjunto existente y optimizando las condiciones de atención. Estas instalaciones fueron posteriormente mejoradas en julio de 1967, nuevamente con el aporte de la misma asociación.

En los años siguientes, el hospital continuó ampliando y diversificando su capacidad asistencial. En 1943 comenzó a funcionar el Servicio de Cirugía Torácica y, en 1957, se instaló en el Servicio de Leprología un Centro de Investigaciones, lo que fortaleció de manera significativa el perfil científico y académico del establecimiento.
No obstante este proceso de consolidación, a comienzos de la década de 1960 el Hospital Carrasco atravesó uno de los momentos más críticos de su historia institucional. Según consigna Nicolás E. De Vita en ¡Echesortu! (Ciudad pequeña, metida en la gran ciudad). Apuntes para su futura historia, durante la intendencia de Luis C. Carballo (1960–1962) se llegó incluso a iniciar su demolición, en el marco de una política que ponía en cuestión su continuidad como efector sanitario. El posterior cambio de autoridades municipales implicó una revisión de esa decisión: las nuevas gestiones consideraron que, mediante su recuperación y remodelación, el hospital podía seguir cumpliendo un rol relevante en la atención de la población. En consecuencia, las obras demolidas fueron restituidas, se realizaron nuevas intervenciones edilicias y se rehabilitaron consultorios externos, consolidando al establecimiento como un complejo hospitalario de considerable capacidad y reafirmando su función de servicio público para la comunidad.


Sobre esta base de recuperación y fortalecimiento institucional, en 1974 la Sala IV fue elevada a Unidad Docente, con la construcción de un aula y una sala de proyección, al tiempo que se remodelaron las Salas V y VI destinadas a la atención de la lepra. En ese mismo período se ampliaron los servicios médicos vinculados a la Higiene Social, particularmente en el abordaje de las enfermedades venéreas, y se incorporó el Instituto Antirrábico Humano. Finalmente, en 1993 se inauguraron nuevos consultorios externos, consolidando un proceso sostenido de crecimiento y actualización de la infraestructura sanitaria.
Desde sus orígenes como Casa de Aislamiento, el Hospital Carrasco conservó un acervo institucional profundamente ligado al manejo de las enfermedades infecciosas. Esta experiencia acumulada permitió, a lo largo del tiempo, la conformación de equipos profesionales multidisciplinarios con una notable capacidad de adaptación y una sólida preparación para el abordaje clínico y organizacional de patologías que requieren aislamiento sanitario. En este recorrido pueden reconocerse no solo transformaciones arquitectónicas, sino también mutaciones en las prácticas, los saberes y las formas de trabajo del personal, en un proceso continuo de actualización orientado a garantizar una atención adecuada a las necesidades sanitarias de la población.
En este sentido, resulta especialmente significativa la mirada del doctor A. Maciá, jefe del Departamento de Dermatología desde hace más de dos décadas y custodio, durante años, de un vasto acervo documental del hospital. Su sostenida labor de preservación —asumida como una responsabilidad personal más que como una tarea formal— permitió conservar registros clínicos originales de la antigua Casa de Aislamiento, con ingresos detallados paciente por paciente, así como manuscritos de investigaciones elaboradas por médicos y profesores que formaron parte de la institución. A este conjunto se suma una biblioteca especializada que llegó a constituirse como la más importante del interior del país en el campo de la dermatología.
Desde esta perspectiva, Maciá sostiene que el Hospital Carrasco es, en definitiva, una metáfora de Rosario: una institución cuya historia condensa las transformaciones, tensiones y capacidades de reinvención de la propia ciudad, y en la que es posible reconocer, al recorrer su pasado, episodios extraordinarios que dan cuenta de su centralidad en la construcción del sistema sanitario local.

Dentro de ese acervo documental adquieren particular relevancia los antiguos libros de registro de la Casa de Aislamiento, en los que, página tras página, se consignaban con esmerada caligrafía datos mínimos de cada internación —nombre, edad, procedencia, ocupación, diagnóstico y, en muchos casos, la fecha de fallecimiento—. Aunque estas anotaciones reducen las trayectorias vitales a referencias administrativas elementales, su lectura permite hoy reconstruir historias individuales y colectivas, recuperar experiencias de migración, trabajo, enfermedad y exclusión, y devolver espesor humano a aquello que durante décadas quedó fijado apenas como número o expediente. Lejos de constituir un mero instrumento burocrático, estos registros se revelan como una fuente histórica de enorme valor, capaz de restituir voces, vínculos y biografías silenciadas, e inscribir la historia del hospital en la trama más amplia de la historia social de Rosario.



Resulta particularmente significativo advertir que muchos de los prejuicios denunciados por médicos y pacientes del Hospital Carrasco durante la década de 1930 no se limitaron a aquel contexto histórico.
En su informe de 1933, los responsables del Servicio de Leprología refutaban con énfasis la imagen social del enfermo de Hansen como sujeto peligroso, vengativo o deliberadamente contagioso, destacando, por el contrario, conductas de responsabilidad, disciplina terapéutica y una preocupación genuina por no dañar a otros. Estas representaciones y vivencias fueron también abordadas desde la perspectiva de los propios pacientes en Nosotros los leprosos, obra escrita por E. Noble y A. Soler y dedicada a los enfermos de la Sala 6 (14 de noviembre de 1935), que constituye un testimonio fundamental para comprender el impacto del estigma y las formas de resistencia cotidiana frente al aislamiento y la exclusión.
A casi noventa años de aquellas observaciones, la pandemia de COVID-19 volvió a poner en evidencia la persistencia de estos mecanismos sociales. En un contexto marcado por la incertidumbre epidemiológica, pacientes y profesionales de la salud fueron objeto de intimidación e incluso expulsión de sus viviendas por parte de vecinos que los percibían como amenazas sanitarias. Estos episodios, ampliamente difundidos por la prensa, revelan la continuidad de lógicas de estigmatización que tienden a desplazar el miedo colectivo hacia quienes encarnan la enfermedad o su tratamiento. Sin embargo, mientras estas reacciones sociales parecían reproducir viejos prejuicios, el Hospital Carrasco volvió a demostrar una capacidad de adaptación forjada a lo largo de su historia: las condiciones arquitectónicas y organizativas concebidas originalmente para el abordaje de enfermedades infectocontagiosas resultaron decisivas para que el establecimiento se transformara, una vez más, en un efector clave frente a una crisis sanitaria global. A ello se sumó el compromiso sostenido de su recurso humano, que, firme en sus convicciones y en continuidad con una tradición institucional centenaria, asumió el desafío con responsabilidad, vocación de servicio y una disposición colectiva orientada a dar lo mejor en un contexto de extrema exigencia.


Entre los episodios que integran el imaginario popular de Rosario, uno de los más difundidos del folclore futbolístico sitúa su origen en el entorno del Hospital Carrasco y del barrio Echesortu. Según esta versión, en la década de 1930 un grupo de personas vinculadas al Patronato de Leprosos impulsó la organización de un partido de fútbol con fines benéficos. La iniciativa habría contado con la aceptación del plantel de Newell’s Old Boys, mientras que el de Rosario Central decidió no participar.
De allí derivarían los apodos de “leprosos” y “canallas”. Más allá de su veracidad histórica, el episodio resulta ilustrativo del lugar que el hospital ocupó no solo en la vida sanitaria, sino también en la construcción simbólica y cultural de la ciudad.
Mirar hoy la antigua Casa de Aislamiento, es reconocer que el Hospital Carrasco no es solo un edificio histórico ni un vestigio del pasado, sino el resultado de decisiones, debates y miradas que supieron anticiparse a las crisis. En la actualidad, el hospital funciona como un efector público de segundo nivel de complejidad, con atención ambulatoria, internación clínica, guardias, cirugías menores, servicios de rehabilitación y funciones de docencia universitaria. Desde 2016, además, alberga el Laboratorio Cultural Carrasco, dependiente de la Secretaría de Salud Pública Municipal.
Esta vocación de actualización, que atraviesa toda su historia, no constituye un gesto aislado, sino que reafirma una de las marcas identitarias del Hospital Carrasco: concebir la salud de manera integral y en diálogo permanente con su tiempo, aun en contextos adversos. Tal vez allí resida una de las claves de la identidad rosarina: una ciudad capaz de transformar la necesidad en proyectos y de encontrar, en su propia historia, herramientas para imaginar el futuro.
La realización del presente trabajo fue posible gracias a la colaboración y disposición de las autoridades del Hospital Carrasco —Sebastián Jaurretche, director; Melisa Solari y Luciana Giovagnoli, subdirectoras; y Fernando Petronio, secretario—, así como del doctor Aníbal Maciá, jefe del Departamento de Dermatología, quienes facilitaron el acceso a información, documentación y testimonios fundamentales para la reconstrucción histórica de la institución. Asimismo, se agradece al Archivo Fotográfico de la Escuela Superior de Museología por la cesión y consulta de materiales visuales que enriquecieron el abordaje patrimonial y documental del estudio.




Fotos: Leilén Escobar.



Qué nota interesante, completa, excelente!!!
Me arriesgo a decir que el 90% de los adultos mayores y el 95 % de los «adultos menores» no conocen con profundidad o mejor, desconocen la historia de nuestro HOSPITAL INTENDENTE GABRIEL CARRASCO. Es una nota para difundir y compartir con nuestros amigos. Además su lectura permite conocer la historia de Rosario en materia de salud, el apirte que han realizados sus funcionarios, medicos y ciudadanos!! Desde los comienzos como Villa del Rosario hasta la actualidad.
Felicitaciones!!!!