Ovidio Lagos y Güemes: la esquina donde el tiempo no hizo historia

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Hay edificios que no se caen, pero tampoco existen del todo. Se vuelven invisibles, simplemente quedan ahí como si el tiempo hubiera decidido pasarles por al lado. No desaparecen del paisaje, pero sí del relato.

Este es uno de ellos, no es ruina antigua ni patrimonio olvidado. Es algo más incómodo: un monumento al olvido resistiendo al paso del tiempo sin ser noticia, sin siquiera alcanzar el estatus de leyenda.

No tiene una gran historia de fantasmas. No hay apariciones célebres ni relatos que se repitan con entusiasmo. Tampoco funciona como postal turística. Es apenas un esqueleto urbano, detenido en un punto indefinido entre lo que iba a ser y lo que nunca fue. Su anonimato es casi perfecto: todos lo ven, pero pocos lo miran. Su rareza no está en lo que se cuenta sobre él, sino en lo poco que se conoce.

En la esquina de Ovidio Lagos y Güemes, en Rosario, se alza desde hace décadas un edificio de cinco pisos que nunca logró cumplir el destino para el que fue concebido. El inmueble fue adquirido por el Gobierno de la Provincia de Santa Fe en diciembre de 1987, durante la gestión del entonces gobernador José María Vernet. El objetivo era claro: instalar allí la sede o parte de las oficinas del Instituto Autárquico Provincial de Obra Social (IAPOS). Con esa finalidad se compró el terreno y se avanzó con la construcción.

Sin embargo, el proyecto nunca pudo concretarse. De acuerdo a estudios técnicos realizados años después, la estructura no reunía las condiciones necesarias para soportar el peso que implicaba el funcionamiento de una obra social de gran escala: mobiliario, archivos en papel, circulación permanente de personal y afiliados. La estructura estaba terminada, pero resultó inutilizable.



A pesar de estas advertencias, tuvo durante un tiempo una ocupación parcial. En el 2000, el inmueble fue utilizado como depósito y archivo de documentación del IAPOS. Ese mismo año se realizó el último intento concreto de venta, aunque sin éxito. Tras esa experiencia, se resolvió desocuparlo y mantenerlo bajo custodia mediante personal de seguridad privada.

En febrero de 2009, el tema volvió a la agenda pública. En declaraciones al diario La Capital, el subdirector del IAPOS, José Luis Rossi, confirmó que el edificio sería puesto nuevamente a la venta, junto con otro inmueble ubicado en Rioja 735, con el objetivo de financiar una nueva sede administrativa. Apenas dos días después de conocida la noticia, un incendio consumió el hueco del ascensor, donde se almacenaban biblioratos y expedientes con más de diez años de antigüedad. El informe de los bomberos fue contundente: el fuego había sido intencional y podría tratarse de un intento de sabotaje.

Sin embargo, nunca se logró comprobar esa hipótesis ni identificar responsables. Unos diez días más tarde, el edificio volvió a incendiarse. En esta oportunidad, se determinó que el fuego podría haberse originado por una combustión fortuita que alcanzó la gran cantidad de papeles acumulados. Tras estos episodios, las autoridades ordenaron el retiro total de los archivos y la custodia del lugar. La licitación para su venta quedó trunca.

La falta de ocupación derivó en ingresos ilegales, que para muchos explican los ruidos y el folklore paranormal. Sin embargo, el suelo que ocupa no siempre fue silencioso. Se logró constatar a partir de relatos históricos y reconstrucciones del barrio, que en las décadas del treinta y del cuarenta, cuando Rosario era conocida como “la Chicago argentina”, en esa esquina habría funcionado un boliche con teatro, de estilo cabaret. Un lugar nocturno donde se reunían personajes y donde el alcohol, los excesos y las disputas eran parte del paisaje cotidiano.

Con el paso de los años, el cabaret desapareció, el barrio cambió y el edificio actual quedó. Ya en tiempos más recientes, vecinos y curiosos relataron el hallazgo de signos inquietantes en su interior: pentagramas dibujados con tiza sobre el piso, objetos abandonados, ofrendas asociadas a rituales esotéricos. No hay registros formales que expliquen estos hallazgos, solo la persistencia de marcas efímeras que aparecían y desaparecían sin dejar rastro. Sin embargo, nada de eso alcanzó para convertirlo en mito.


Quizás no existan planos fundacionales, nombres propios ni una fecha precisa que expliquen por completo cómo y por qué este edificio llegó a ser lo que es. La investigación, como ocurre tantas veces con la historia, se construyó a partir de documentos incompletos, informes técnicos, archivos periodísticos y memorias dispersas. Pero ese recorrido permite al menos devolverle algo que el abandono le había quitado: sentido. No como reliquia ni como misterio irresuelto, sino como una oportunidad, devolverlo al campo de las decisiones posibles.

Ese esqueleto todavía puede convertirse en espacio público, en vivienda, en cultura o en servicio. El futuro del edificio no está escrito, pero su historia, por fragmentaria que sea, demuestra que aún hay margen para transformar el abandono en proyecto y pensar qué lugar puede ocupar en una ciudad que crece y se reinventa de manera constante.


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Celeste Barreneche
Estudiante de Museología. Instagram: @asianaranja_

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