
El casco histórico de Rosario se caracteriza por sus edificios imponentes, destacados por su impresionante arquitectura, y que son reconocidos y utilizados en el presente para diferentes funcionalidades que involucran a la ciudadanía (como el Correo, Palacio Municipal o la Catedral). Sin embargo, allí también se camuflan otro tipo de inmuebles, igual de impresionantes arquitectónicamente, pero que están inactivos o descuidados y se pierden en el pintoresco paisaje que abraza a la Plaza 25 de Mayo, al corazón y cimiento de nuestra querida metrópolis. Son estructuras que cuentan historias, e historias que corren riesgo de caer en el olvido. Es en este panorama que aparece una esperanza: la casona de Laprida y Santa Fe.
Está rodeada de edificaciones con múltiples pisos y sobrevivió a saqueos, al rechazo de instituciones que no estaban dispuestas a hacerse cargo de su mantenimiento y a una década de abandono total. Hoy ya conoce su futuro: será sede de la Agencia Nacional de Puertos y Navegación. Pero, ¿qué hay de su pasado? ¿Cuál fue su origen?

La casa “Aghina”
La construcción de la mansión de dos plantas en Laprida 708 se llevó a cabo entre 1921 y 1928 por los arquitectos José Gerbino y Leopoldo Schwarz, quienes también realizaron la ampliación de la Catedral y el Museo de Arte Decorativo, además de decenas de mansiones para las familias de la élite económica rosarina. Esta casa en particular fue un pedido de la familia Aghina, compuesta por Hércules (destacada figura de la burguesía local en un prematuro siglo XX), su esposa María Francisca Cafferata (hija del ex político rosarino y ex gobernador de Santa Fe Juan Manuel Cafferata) y sus dos hijas, Rosario y Adela.
Cerca de la década de 1930, los Aghina-Cafferata se fueron de la ciudad y la casa fue comprada por Juan Bautista Aliau y Germana Rouillon Vierci (hermana de Alfredo Rouillón, ex intendente de Rosario), quienes solicitaron una ampliación al dúo de arquitectos y habitaron el inmueble hasta su deceso.


Cambio de rumbo
Desde que los Rouillón-Aliau fallecieron, la casona pasó a ser propiedad del Estado y comenzó a operar para organismos públicos. En los 80’ se convirtió en sede del Programa de Asistencia Médica Integral para jubilados (PAMI) y compartió el espacio con el Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria (SENASA).
Sin embargo, con el pasar del tiempo, la construcción se fue debilitando y generando cada vez más problemas para su funcionamiento diario. Una estructura vieja, con filtraciones y presencia de ratas que atentaban contra la salud e integridad de los empleados hizo que se volviera imposible continuar, y entre 2014 y 2015, después de 30 años de actividad, ambas empresas se vieron obligadas a irse y dejar al edificio a su propia merced.
La travesía por su futuro
Desde entonces se empezaron a discutir planes para su destino, lo cuál no fue tarea fácil. Ninguna empresa, privada o pública, quería hacerse cargo de las reformas y mantenimiento de la casona centenaria de 1504 metros cuadrados, por lo que permaneció abandonada y deteriorándose más a cada minuto. La desidia era tal que inclusive fue saqueada, lo que llevó a que se clausurara hasta que se determine su nuevo propietario.
En 2023 se acordó que el Ente Nacional de Control y Gestión de la Vía Navegable Troncal (ECOVINA) se haría cargo del inmueble para convertirlo en su nueva sede rosarina, decisión que le valió poner un cartel en el frente del edificio. Sin embargo las obras nunca dieron inicio, y no es hasta ahora que se supo que, en realidad, su futuro dependerá de la Agencia Nacional de Puertos y Navegación (Anpyn).


Un lugar para la ciudad
La asociación civil Valor Rosario, organización que tiene como misión “poner en valor la esencia y cultura rosarina”, está desempeñando una campaña para lograr que, ahora que hay planes concretos para su funcionamiento, un sector del edificio se destine al uso cultural, proponiendo como posibilidad una extensión del Museo de la Ciudad, donde se expongan archivos históricos de Rosario, entre otras ideas.
Dicha organización, fundada en 2019 por Miguel Culaciati y Gustavo Giménez, posee un álbum de fotos del año 1926 de la familia Aghina, donde se observan varias fotos de la mansión cuando esta familia aún la habitaba. El contenido sin dudas refuerza el pedido de exaltar el valor patrimonial del inmueble.



