
De palacio familiar a distrito municipal, la mansión de Alberdi guarda en sus paredes una historia de esplendor, generosidad y resistencia. El recuerdo de Ivonne Rouillón, nieta de María Hortensia Echesortu y el ex intendente Alfredo Roullión funciona como puente entre aquel mundo de tertulias y el presente que hoy lucha por conservarla.
“Mi abuela amaba la casa y la casa amaba a mi abuela”, dice Ivonne, y en esa frase cabe más de un siglo de historia. Villa Hortensia respira desde 1897, cuando fue inaugurada frente a un río que entonces parecía infinito y todavía no había sido cercado por el progreso.
Había comenzado a levantarse en 1890, ideada por el arquitecto inglés Herbert Boyd Walker y construida por Gaetano Rezzara a pedido de José Nicolás Puccio, fundador del entonces Pueblo Alberdi. La soñó como residencia familiar, pero murió antes de habitarla.
Ocupaba una manzana completa entre Warnes, Darregueira, Superí y Herrera, aunque con el tiempo parte de esas tierras serían loteadas y vendidas. Rodeada de jardines, lago, glorietas y una arboleda que incluía hortensias, dalias, palos borrachos y hasta un retoño vivo del árbol de Guernica traído desde el país vasco, parecía recién salida de una pintura europea.
En aquellos primeros años tenía cercanía directa con el Paraná; desde la torre octogonal rematada por una cúpula mirador se veía el agua desplegarse como un espejo movedizo. La bajada que hoy lleva el nombre Puccio fue construida para que por allí ascendieran los materiales traídos de Italia e Inglaterra: mármoles, herrajes, lámparas y maderas nobles.
La mansión contaba con ocho habitaciones, cuatro baños, sótano, oratorio, escritorio, sala de billar, dos comedores y una sala de conciertos. Había canchas de bochas y tenis. Existía incluso un espacio preparado para un ascensor que jamás se instaló. Desde el billar se descendía a la bodega, y el sótano —que ocupaba toda la superficie— estaba lleno de cuartitos y barriles de vino comunicados con el comedor.



Las columnas corintias de la fachada sostenían el balcón principal como si la casa fuese una villa renacentista extraviada en la orilla del Paraná. Los cielorrasos pintados y las paredes decoradas de la planta baja parecían guardar conversaciones antiguas. La capilla exhibía un altar colonial americano y pinturas de la escuela cuzqueña. Su impronta palaciega dio origen a un poblado.
Todo en ella hablaba de abundancia y ambición cultural. La mansión por su colección artística fue uno de los más altos exponentes de las preferencias y modalidades estéticas de toda una época de las clases adineradas de la sociedad.
La colección artística era un muestrario de época: una tela china del siglo XVII bordada en oro, un altar barroco del siglo XVIII, un San Jerónimo atribuido a Rivera, candelabros Regence, murales de bronce provenientes de la puerta del palacio de Francisco José en Viena, muebles de ébano y nácar. Colecciones completas de obras famosas y otros objetos de gran valor conformaban el interior del majestuoso edificio.
Pero Puccio murió antes de habitarla. La casa comenzó siendo un sueño que quedó inconcluso, aunque sí llegó a albergar grandes almuerzos en su parque. La casa, que nació como palacio familiar, quedó esperando. Fue alquilada a las religiosas de la congregación de la Santa Unión de los Sagrados Corazones y a la muerte del fundador del pueblo y tras atravesar la viuda e hijos una crisis importante, fue rematada y luego adquirida en 1907 por don Ciro Echesortu, urbanizador y fundador de numerosas empresas, quien la denominó Villa Hortensia en homenaje a su esposa doña María Hortensia Larrechea de Echesortu. Durante cada una de estas etapas el edificio fue el marco de referencia físico, el decorado arquitectónico cambiante según los requerimientos de las actuaciones sociales y culturales de sus dueños.

A su muerte y no mucho después la de su esposa, la sucesión llevó la casa a manos de Sara Echesortu; hija del matrimonio que vivía en Buenos Aires. Finalmente, en 1925 su hermana María Hortensia Echesortu tras un arreglo familiar vuelve a la casa que tanto había amado de niña junto a su esposo Alfredo Rouillón, pionero de la aviación y comunicaciones, intendente municipal y miembro de varias empresas y entidades públicas como el Jockey Club, el Club de pelota a paleta y director del diario “República”, fundado por Lisandro de la Torre.
La pareja vivía en Moreno y Córdoba, donde se encuentra la Fundación Prats, y usaban Villa Hortensia como residencia veraniega. Con ellos, la casa vivió su etapa más intensa. Tuvieron 8 hijos y 26 nietos.
“Vivimos una vida maravillosa”, recuerda Ivonne, hija de Guillermo Rouillón y nieta de María Hortensia. Los veranos transcurrían desde diciembre hasta abril, junto a sus primos. En Semana Santa, el abuelo escondía huevos por el jardín para sus nietos y los chicos del barrio. En Navidad, un pino enorme se llenaba de regalos para familia, empleados y vecinos. Para los cumpleaños se alquilaba una calesita con sortija y había merienda para todos los niños que concurrían.
El abuelo Alfredo disfrutaba de los festejos y fotografiaba cada momento; muchas de las imágenes tomadas fueron donadas al museo de la ciudad y otra gran parte se encuentran repartidas entre familiares.
A la abuela le encantaban las tertulias. Durante varios años, la casona fue utilizada por la familia, cada evento religioso o celebración se festejaba allí; comuniones, compromisos, cumpleaños, casamientos. Al ser tan grande la familia iban prácticamente todos los fines de semana.




En el fondo del patio había mesitas y sillas para reunir a visitantes. Existía una pecera gigante donde los nietos se metían a escondidas cuando no iban al río. “En esa casa nos sentíamos príncipes”, recuerda Ivonne. Y no habla de lujo, sino de pertenencia. Jorge Newbery, Alberto Santos Dumont, Marcelo Torcuato de Alvear, Julio Argentino Roca y Carlos Gardel visitaron la mansión. No hay personaje que no haya pasado por Villa Hortensia. Pero la verdadera grandeza de la casa no estaba en sus visitantes ilustres. No era una casa de ostentación fría. Era una casa que abría sus puertas.
Uno de los recuerdos que mas atesora Ivonne es el de la fiesta de bodas de oro de sus abuelos, que casualmente también celebraban su comunión junto con la de su hermano y un primo. Allá por 1951, empezó con una misa en la catedral, a la tarde chocolate para toda la familia y vecinos y por la noche, tal cual apareció publicado ese día en el diario, se invitaba a todos los amigos a celebrar con ellos en la majestuosa Villa Hortensia. Más de mil personas asistieron, hubo cuatro orquestas y fue una noche soñada. El último regalo del abuelo, que aguantó enfermo hasta ese momento: quería festejar su aniversario con toda la familia. A los tres meses falleció.



En 1960, nueve años más tarde, María Hortensia murió en brazos de Ivonne, un miércoles, recordando aventuras de sus niños cuando eran chicos. La misa fue en la iglesia del Huerto, su preferida. La despedida reunió a personas humildes y acomodadas que agradecían oportunidades y gestos solidarios.
Luego del fallecimiento del matrimonio Rouillón, la mansión comenzó a perder el brillo y esplendor de años atrás. Sus herederos siguieron congregándose allí para fiestas familiares y reuniones, pero la magia se había ido. En 1972 la asociación vecinal de Alberdi solicitó formalmente la intervención municipal para preservar el edificio como patrimonio cultural.


En 1974, época de terrorismo, la familia organizó una subasta pública de muebles y obras de arte. Parte del patrimonio artístico se dispersó; algunas piezas fueron donadas al Museo Estévez. El altar del oratorio —de madera y yeso dorado, con mármol de Carrara y pinturas de la Sagrada Familia y de Jesús— fue retirado y perdió parte de su estructura en su recorrido posterior.
Décadas más tarde sería donado a la Fundación Ciencias Médicas “Profesor Dr. Rafael Pineda” para su puesta en valor en la iglesia San Francisco del Hospital Centenario. Una mesa de billar y la mesa de mármol que se encontraba en la entrada de Villa Hortensia, donde la abuela dejaba su rosario, fueron donadas al Jockey Club de Rosario. Las arañas enormes y grandiosas fueron dejadas en la casona. La gran familia seguía yendo a pasar el día, pero cada vez menos.
Se empezó a alquilar para eventos privados, pero el deterioro fue en aumento. Para evitar que se siga viniendo abajo la casa, y su posible demolición, la familia autorizó a Ivonne a realizar eventos solidarios, ferias, la prestó en comodato mientras la familia pagaba los impuestos; se taparon goteras, se abrió, se ventiló, se remodeló y ahí fue cuando la Municipalidad, al trabajar con la fundación, se dio cuenta de la importancia de conservarla.
En 1989, fue declarada Monumento Histórico Nacional (Decreto 325/1989). Ivonne fue parte activa de esa resistencia: junto a su prima Estela Borrás de Ortiz creó la Fundación Camino para fomentar la cultura y solidaridad, con el apoyo de 82 personas; familiares y amigos que tenían particular cariño por la casa. Se organizaron conciertos, colectas, ferias y actividades solidarias, incluido el museo participativo “prohibido no tocar” que congregó a cientos de chicos, para sostener la casona hasta su traspaso al municipio.
“Más que un museo queríamos algo vivo, algo que haga el bien”, recuerda. El 30 de mayo de 1996, la Municipalidad la adquirió bajo la intendencia de Hermes Binner. Fue restaurada dando énfasis a los planos originales y materiales. Se pidieron fotos de todos los techos para renovar los frescos y quedaron idénticos. Incluso se brindó un espacio para que haya una oficina de la fundación.



El 13 de octubre de 1997, exactamente un siglo después de su inauguración, reabrió como primer Centro Municipal de Distrito de Rosario, en el marco del plan de descentralización. La casa volvió a latir. Funcionaron allí oficinas de atención al vecino, Banco Municipal, EPE, Aguas, Litoral Gas y Registro Civil. Muchos querían casarse allí y pedían cambio de domicilio para poder hacerlo. No es solo para hacer trámites, también se puede recorrer su jardín libremente. Nadie criticó que el distrito se incorpore allí ya que Villa Hortensia ya pertenecía a la ciudad. Porque toda la ciudad había disfrutado de ella.
En 2008 se creó el Área de Protección Histórica Núcleo Fundacional Pueblo Alberdi, con Villa Hortensia como eje de un sector más amplio que alcanza a la Plaza Alberdi, la Plaza Guillermo Brown y la bajada Puccio.
En marzo de 2025, ante filtraciones en el subsuelo y azotea, trabajadores y vecinos realizaron un abrazo solidario para visibilizar el deterioro y exigir obras. Se clausuró la terraza hasta realizar trabajos de impermeabilización. Algunas dependencias fueron cerradas y servicios centralizados.
Hoy, más de un siglo después de su inauguración, vuelve a necesitar cuidado. Nació como una promesa, cuando el progreso todavía era una palabra que se pronunciaba con esperanza y el río parecía más cercano que el futuro. Fue orgullo, fue hogar, fue el escenario donde una familia aprendió a amar y a despedirse. Sus salones conocieron la música y la risa. Resistió el abandono, sobrevivió a los remates que dispersaron sus tesoros, soportó el polvo, la intemperie y el olvido, y aún así permaneció en pie.

Para Ivonne, la casa no es una obra arquitectónica ni un edificio histórico: es el eco de una presencia. Es la memoria viva de su abuela, una mujer que no entendía la fe como un gesto íntimo sino como una forma de estar en el mundo. Que rezaba en latín con la misma naturalidad con la que enseñaba a cocinar a sus nietos, que impulsó la construcción de la iglesia de Alberdi en 1924 y presidió Acción Católica, que repartía comida entre los vecinos necesitados sin anunciarlo. “La fundación es gracias a ella”, afirma Ivonne. “Su espíritu generoso quedó impreso en mí”, agrega.
Algunos dicen que las casas antiguas guardan fantasmas. Pero en Villa Hortensia no hay sombras ni presencias errantes. No las hay, ni podría haberlas. Porque fue habitada por personas nobles, y la nobleza no deja espectros: deja huellas. Lo que permanece no es un espíritu atrapado, sino algo más profundo y sereno. Permanece el amor repetido en los gestos cotidianos, la generosidad sembrada, la certeza de haber vivido con dignidad. Y quizás su destino siga siendo ese: no pertenecer a una familia, sino a la memoria compartida. Esa vocación de encuentro que atravesó generaciones. Los primos Rouillón siguen unidos hasta hoy, como si los lazos hubieran sido anudados en aquellos veranos en la casa mágica de los abuelos.





