“La Casa de Urquiza”: una edificación mítica con una historia particular y un presente problemático

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Desde la vereda de Avenida Alberdi, la casa pasa casi desapercibida. La fachada colonial apenas se puede vislumbrar, la pintura descascarada, las ventanas con vidrios rotos, el silencio. Para muchos es apenas “una casa vieja”. Para otros, un problema inmobiliario. Pero detrás de esas paredes descuidadas se esconde una parte de la historia que Rosario parece haber decidido olvidar: la Casa de Urquiza, también conocida como “Paraje El Arroyito” e incluso como “La casa de los fantasmas”.



Contexto histórico

Mucho antes de convertirse en un edificio abandonado sobre Avenida Alberdi 1038, la llamada “Casa de Urquiza” fue asociada a uno de los nombres centrales de la historia argentina del siglo XIX: Justo José de Urquiza, caudillo entrerriano y presidente de la Confederación Argentina (1854-1861).

En el siglo XIX, cuando Rosario todavía era la “Villa del Rosario” y no la ciudad que conocemos hoy, el territorio que rodea a la actual Avenida Alberdi formaba parte de una red de caminos, estancias y casas de paso.

Distintas fuentes sostienen que la propiedad fue utilizada como lugar de residencia y descanso para Urquiza y su “Ejército Grande” durante sus campañas y desplazamientos por la región; en particular, antes de la decisiva Batalla de Caseros, librada el 3 de febrero de 1852.

En ese enfrentamiento entre Juan Manuel de Rosas y Justo José de Urquiza se confrontaban dos modelos de país. La derrota de Rosas marcó el surgimiento de la Confederación Argentina y un cambio profundo en el equilibrio político y económico del territorio.



La Villa del Rosario, hasta entonces, había visto truncadas sus ambiciones de progreso debido al centralismo de Buenos Aires. Su puerto, estratégicamente ubicado, había sido cerrado a los buques extranjeros por un decreto de Juan Manuel de Rosas en 1841.

En defensa de sus intereses, los vecinos de la Villa del Rosario decidieron contribuir a la campaña de Caseros y marchar a combatir con Urquiza, tras el célebre pronunciamiento del “hueco de Cardozo” realizado el 25 de diciembre de 1851, simultáneo a la estancia de Urquiza en el paraje.

En la batalla de Caseros combatieron dos batallones rosarinos, quienes fueron especialmente felicitados por Urquiza, con la promesa de que ayudaría a la Villa en sus aspiraciones de crecimiento. Y así fue. En junio de 1852, Urquiza escribió personalmente al gobernador Domingo Crespo para que procurara erigir a Rosario como ciudad, lo que terminó sucediendo el 5 de agosto de ese mismo año.

Por lo tanto, resulta fundamental reconocer el valor histórico de este edificio. No solo por su vinculación con Urquiza y el proceso que culminó con la derrota de Rosas, sino también porque forma parte del entramado de acontecimientos que llevó a Rosario a ser declarada ciudad el 5 de agosto de 1852. Ignorar este edificio es, en definitiva, ignorar una parte decisiva del proceso histórico que dio origen a Rosario como ciudad.



La casa como espacio vivo

A lo largo de los años la casa fue mutando. Pasó de mano en mano, de dueño en dueño, y cobijó entre sus paredes una gran cantidad de comercios y establecimientos. Algunos duraron más y otros menos. Unos respetaron su historia y otros no; pero todo conduce a la misma idea: la casa nunca fue inútil.
En 1905 encontramos fechado el inicio de sus usos comerciales: allí abrió sus puertas la inmobiliaria “El Arroyito”. A principios de la década del sesenta funcionó el “Liceo Comercial Los Andes”, donde
se estudiaba mecanografía, contabilidad, taquigrafía, entre otras, y cuyos egresados obtenían el título de “Secretariado Comercial”.

Entre los años ochenta y noventa, el edificio albergó el jardín de infantes “Naranjita”. Cerca del año 2000 comenzaron los problemas graves: el espacio fue reconvertido en boliche bailable: “Go!” en primer lugar, y luego “She Moves”. Esta etapa marcaría un punto de quiebre tanto para la casa como para los vecinos del barrio.

Robos, peleas, corridas, ruidos ensordecedores, suciedad y malos olores se volvieron moneda corriente. Hubo incluso tiroteos y apuñalamientos que se cobraron al menos dos vidas. Ante las quejas y denuncias vecinales, la Municipalidad clausuró el local en reiteradas oportunidades, aunque nunca de manera definitiva. Más pronto que tarde, la historia volvía a repetirse. En el año 2011 llegó el cierre definitivo del boliche. Con él, no llegó la reparación ni la resignificación del espacio, sino el abandono. Por primera vez en décadas, la casa dejó de estar habitada, usada y vivida.



Abandono y conflicto

El cierre del boliche “She Moves” en 2011 no significó el inicio de una nueva etapa para la Casa de Urquiza. Por el contrario, marcó el comienzo de un período de abandono prolongado que, lejos de ser circunstancial, evidenció la ausencia de un proyecto claro para el inmueble.

A medida que la falta de mantenimiento se volvía evidente, comenzaron los conflictos en torno a su protección patrimonial. En el año 2010, el Concejo Municipal sancionó la ordenanza N°8526 que declaró a la construcción como patrimonio histórico y de interés cultural de la ciudad de Rosario. Dicha ordenanza sostenía, además, tres puntos fundamentales:

  1. Que el Programa Municipal de Preservación del Patrimonio Urbano y Arquitectónico de Rosario debería recuperar la fachada original del edificio.
  2. Que la Municipalidad de Rosario, junto a la Secretaría de Cultura e Innovación de la provincia de Santa Fe, debería conformar una comisión junto a diversas instituciones del barrio para la concreción de un espacio cultural y/o museo.
  3. Que la Municipalidad de Rosario debería colocar una placa identificatoria en la fachada del edificio con la leyenda “Casa Justo José de Urquiza, sitio histórico, arquitectónico y cultural de la ciudad”.


No obstante, tres años después la norma fue derogada por pedido de los propietarios del edificio, que reclamaban mayor libertad de uso de la propiedad. Este caso no resulta aislado: en Rosario se repite con frecuencia una lógica perversa en la que, frente a las restricciones que impone la protección patrimonial, algunos propietarios optan por cerrar y abandonar los inmuebles, dejándolos deteriorarse hasta perder por completo su valor histórico y arquitectónico, lo que finalmente habilita su venta o demolición.

Aun así, el Programa de Preservación y Rehabilitación del Patrimonio del Municipio y la Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional de Rosario incluyeron a la “Casa de Urquiza” en el catálogo de edificios a proteger, con un grado de protección 2c; ello significaba que la propiedad debía preservar su fachada histórica, con posibilidad de realizar modificaciones en el interior y de aumentar la superficie edificada, siempre y cuando esto no supere el 30 por ciento del total de la superficie del inmueble catalogado. Este nivel de protección fue lo que impidió la demolición total de la casa y la pérdida de un bien de valor histórico inconmensurable.

Si bien el edificio continuó siendo reconocido por distintos sectores locales y provinciales como parte del patrimonio histórico de la ciudad, las medidas de preservación resultaron insuficientes e inconsistentes. Declaraciones de interés cultural, proyectos de ordenanza y pedidos de informes se sucedieron sin lograr una solución concreta.

En este contexto de tensión entre valor histórico y valor inmobiliario, entre la memoria colectiva y el olvido planificado, surgieron reiterados reclamos por parte de vecinos y organizaciones barriales, que, alertados por la posible venta del inmueble en 2017, propusieron alternativas para su recuperación: desde un centro cultural hasta un espacio comunitario que devolviera vida al lugar. Sin embargo, ninguna de estas iniciativas logró traducirse en un proyecto sostenido.

¿Lo viejo funciona? La pregunta aparece cada vez que una construcción histórica queda fuera de época, fuera del mercado o fuera de los planes. La Casa de Urquiza parece ser una de esas respuestas incómodas: una edificación cargada de historia, atravesada por múltiples usos, y hoy sumida en el abandono. Olvidar una casa no es solo dejar que se caiga una pared o descuidar una fachada. Es aceptar que la historia puede ser reemplazada, demolida o ignorada. La Casa de Urquiza sigue -a duras penas- en pie, pero la pregunta es otra: ¿seguimos dispuestos a mirarla?

Mirarla no implica congelarla en el tiempo ni convertirla en una reliquia intocable, sino reconocer que la memoria también forma parte del presente. La manera en que una ciudad decide preservar -o abandonar- sus edificios históricos dice mucho más sobre su futuro que sobre su pasado.



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Sol Champi
Docente de Historia. Instagram: @solchampi | Facebook: Sol Champi

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