Cine América: el recuerdo de una sala emblemática de la zona sur

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En 1925 abrió sus puertas el Cine América. Ubicado en calle San Martín al 3227, la propuesta buscaba acercar el cine a otro gran epicentro rosarino, como lo era el corazón del barrio Hospitales en la zona sur de la ciudad. En sus primeros años, además de películas ofreció espectáculos de varieté para luego pasar a centrarse solamente en la actividad cinematográfica. En 1936 tuvo su primera gran reforma, la cual le permitió mayores comodidades y espectáculos de mejor nivel.

Producto de su gran éxito, ocho años más tarde cerró para una reconstrucción total bajo la dirección del arquitecto rosarino Manuel T. Ocampo. Reabrió sus puertas al año siguiente, en mayo de 1945, siendo reinaugurado bajo el nombre de “Gran Cine Teatro América”. La reforma amplió la capacidad de la sala, que pasó de 322 a 1399 localidades. De esta forma, se convirtió no sólo en el cine más emblemático del sur de la ciudad, sino también en una de las salas unitarias que más capacidad albergaba en toda Rosario.



El nuevo y emblemático edificio tenía una fachada compuesta por grandes ventanales y columnas revestidas en cerámica negra. Contaba con un amplio hall de ingreso, donde el público podía beber, comer y fumar algún cigarrillo mientras socializaba antes de cada proyección, resaltando la función social que tenían los cines de entonces. Dos sobrias pero imponentes escaleras laterales conducían a la platea del primer piso, reforzando una experiencia propia de las salas de cine de la época. En esta nueva etapa se rubricó un acuerdo con la Sociedad Exhibidora Rosarina (SER). Producto de ello, el nuevo Cine América compartía las mismas proyecciones con otros en la ciudad: el Cine Ópera y el Cine Palace Echesortu.

Durante las décadas siguientes, el nuevo Cine América formó parte del paisaje cotidiano del barrio y de la intensa vida cinematográfica rosarina, una ciudad donde ir al cine era un ritual compartido y profundamente arraigado. Hacia 1950, en Rosario había 49 salas en funcionamiento y producto de que la mayoría de ellas estaban ubicadas en los barrios, las familias no tenían la necesidad de trasladarse al centro de la ciudad para apreciar espectáculos de calidad.



Fue recién a partir de las décadas de 1980 y 1990 que el modo de ver cine cambió para siempre. La irrupción del VHS llevó las películas al living de los hogares, promoviendo una experiencia más íntima e individual. A la vez, la llegada de los complejos de salas múltiples, impulsados por multinacionales extranjeras, transformaron la experiencia cinematográfica en un fenómeno de consumo masivo. Si bien este nuevo escenario impulsó un boom para el cine en general, al mismo tiempo dejó a las salas más pequeñas y barriales en una situación cada vez más frágil ante la imposibilidad de competir con los grandes complejos.

Fue así que el 29 de septiembre de 1982, la gran sala de Cine América se despidió con sus últimas funciones, proyectando dos clásicos: “Moonraker: 007 misión espacial”, con Roger Moore y Lois Chiles y “Rocky III”, con Sylvester Stallone. Al día siguiente, el 30 de septiembre, vio cerrar sus puertas definitivamente. Esa misma jornada, también dejó de funcionar su par, el Cine Palace Echesortu.

Durante los doce años siguientes, el edificio funcionó como supermercado, hasta que en 1994 corrió la misma suerte que muchas antiguas salas de cine de la ciudad: se transformó en un templo evangélico, donde hasta el día de hoy funciona la Iglesia Redil de Cristo. Aunque el edificio cumple otra función, su fachada y gran parte de su estructura original permanecen como huellas visibles de su pasado cinematográfico.



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Mercedes Martinelli
Licenciada en Ciencia Política. Instagram: @mechi.martinelli | Facebook: Mechi Martinelli

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