
Si navegamos la web buscando referencias sobre Gótika, nos vamos a encontrar con una definición bastante uniforme. En términos generales, las distintas versiones coinciden en definirlo como un boliche rosarino inaugurado en 2005, con una historia signada por disturbios y episodios violentos que derivaron en su cierre en 2016. Sin embargo, quienes frecuentaron la noche rosarina a comienzo de los 2000 sostienen que Gótika fue mucho más que un boliche. Sus relatos contrastan esas crónicas fatalistas con una memoria atravesada por el afecto, e incluso, el agradecimiento.
Y es que el espacio ubicado en Mitre al 1500 convocó a personas que no sólo buscaban una propuesta de recreación nocturna, sino también una alternativa a la norma. Para muchos, atravesar la puerta significaba fugarse de la ciudad cotidiana y habitar, aunque sea por un rato, un territorio más seguro y receptivo. En este sentido, Gótika funcionó como refugio de disidencias y diversidades.
Esa potencia simbólica era amplificada por la singular historia del edificio: el boliche se montó sobre una antigua sinagoga. El recinto fue construido a comienzos del siglo XX por la Mutual Jesed y estuvo en funcionamiento hasta la década de 1960, momento en que cerró sus puertas. Tras dos décadas en desuso, el templo judio fue refuncionalizado con propuestas nocturnas como El Reino y Golden, que antecedieron a Gótika.
La arquitectura religiosa no sólo se conservó, sino que capitalizó la experiencia. El edificio destacaba sobre las residencias de la cuadra con una teatral volumetría neogótica. La fachada se organizaba simétricamente con un arco de medio punto que jerarquizaba el ingreso y un rosetón vidriado que perforaba los ladrillos vistos, filtrando las luces del interior. Una serie de ventanales laterales y un frontón triangular en lo alto coronaban la monumentalidad del conjunto.


El aura templaria se prolongaba hacia el interior. La pista principal, dominada por música pop, funcionaba en un amplio recinto de triple altura con techo abovedado, concebido originalmente como santuario. En uno de los extremos, ocupando el emplazamiento de la bimá y el arca sagrada, se elevaba la plataforma que guiaba la dinámica de la noche. Según la ocasión, este nodo podía alojar la cabina del DJ o transformarse en un escenario para la performática drag, con desfiles, shows en vivo e intervenciones espontáneas. El salón estaba perimetrado por una galería en altura, diseñada antiguamente para las mujeres que asistían al ceremonial religioso. Ritmado por arcadas y vitrales que recordaban los fundamentos históricos del edificio, el corredor ofrecía un ámbito de sociabilidad reservado y un balcón privilegiado para contemplar la escena principal.


Este espacio descomprimía su espesor sobre un extenso sector al aire libre que combinaba áreas de estar con una segunda pista de ritmos house. Al mismo tiempo, en el tercer piso operaba el after, una cápsula de música electrónica o latina que funcionaba en horario extendido. La propuesta remataba con un dark room, conocido como el túnel; un dispositivo que se activaba entrada la noche y donde la oscuridad invitaba a dislocar los roles asignados.
Durante sus años de funcionamiento, Gótika se convirtió en un espacio emblemático por el que pasaron destacadas figuras de la cultura queer y cuya influencia trascendió los límites de Rosario. Con personas convocadas desde distintas ciudades y provincias, el boliche amplió su proyección y se transformó en un punto de referencia para la comunidad LGBT a escala regional. Su cierre marcó el fin de una etapa, pero no suprimió su peso histórico.

Como ellos mismos recuerdan, asistir a Gótika suponía ser parte de una experiencia colectiva única, posibilitada por la imponente formalidad escénica del espacio, pero muy especialmente, por las formas de sociabilidad que habilitaba. Es decir, aunque la propuesta conservó su arquitectura original, las nuevas apropiaciones la resemantizaron de manera desafiante. Donde antes se organizaba una comunidad en torno a estrictas normas y jerarquías, comenzó a reunirse otra, con prácticas que parodiaron esa solemnidad hasta convertirla en espectáculo.
Creando nuevos horizontes de deseo y protegiendo corporalidades alternativas, el llamado “templo de la música y la diversidad” se convirtió en mucho más que un boliche; fue una trinchera desde la que se disputó sentido, se generó pertenencia y se construyó identidad. En este sentido, más que la profanación de un espacio sagrado, Gótika inauguró una nueva forma de sacralidad.





