
Los cines, así como los espacios culturales en su generalidad, son parte estructural de la cultura de un pueblo. Son lugares que permiten materializar la necesidad de encontrarse con otros para socializar, es decir, no funcionan solo como simples cines barriales, sino que componen la identidad de quienes lo habitan regularmente. Con la apertura del cinematógrafo Lumière en 1898, se desprendieron más espacios de proyección en los distintos puntos de la ciudad. Uno de ellos fue el Cine Urquiza.
El 16 de abril de 1927 en Urquiza 1637 abría sus puertas el Cine Urquiza bajo la dirección de Max Glücksmann. Con capacidad para 800 personas, el espacio proyectó “Como la mujer del César” y tocaron los músicos selectos de una orquesta Jazz Band para acompañar la proyección.


La primera reforma edilicia se hizo tres años después, en 1930, cuando presentaron un nuevo equipo de sonido con la proyección de “La divina dama”, un romance bélicodirigido por Frank Lloyd. Durante once años, la sala tomó prestigio por proyectar grandes obras de fama internacional, en tiempos en los que el acceso a este tipo de filmes era difícil. Volvieron a cerrar por unos días para reabrir en 1941 con lo último en tecnología de sonido: un equipo Western Electric, centrados en la innovación en cine sonoro (Vitaphone y Movietone), con sistemas de amplificación electrónica (válvulas) para proyectores y altavoces, mejorando la fidelidad y volumen del sonido en cines.
El cine pasó por varias refacciones para mantenerse en boga; por eso cerró nuevamente durante cinco meses entre 1948 y 1949. En la reapertura, los rosarinos se encontraron con mayor cantidad y calidad de butacas, mejores dispositivos de proyección y sonido, y nuevos renovadores de aires. En la década del cincuenta hicieron las últimas reformas para reabrir en 1955 y presentar su nueva pantalla panorámica con el filme “Ensayo final”, una producción argentina dirigida por Mario C. Lugones.

En 1958 cambió su nombre a Gran Urquiza y proyectaron “Tú y las nubes”, un filme de origen mexicano. Durante los mejores años del establecimiento, el cine funcionó -entiéndase vulgarmente- como una escuela de cine. Los espectadores disfrutaban del séptimo arte a través de la continua proyección de clásicos. Ese público se deleitó de quienes hoy son parte de la historia fundamental del cine como arte.
En el mismo edificio, los días lunes se utilizaba la sala de proyección para el Cine Club Rosario, fundado en 1950. El club pasó por diversas sedes, siendo una de ellas el Cine Urquiza. Cuentan los socios que, como quedaba cerca del comedor universitario, las tardes allí estaban pactadas casi tácitamente. La cercanía del Cine Urquiza al comedor universitario invitaba a aprovecharlo. Las funciones allí eran los lunes porque ese era el día que la sala no funcionaba, y por esa circunstancia no se encendía la calefacción. Aunque el termómetro marcaba fríos números de un dígito, sus socios igual asistían.
Orlando Santi fue socio vitalicio. “Lo tomo como un premio a la constancia, más que como el paso del tiempo”, contaba. Fue parte del público en la primera función del CCR y también en aquellas jornadas congeladas del Urquiza. “Hacía tanto frío que mi mujer se llevaba la bolsa de agua caliente. Pero nunca se suspendieron las funciones”, relató. (Archivo Diario La Capital).
El 9 de noviembre de 1977, el cine cerró sus puertas, no sin antes dar sus últimas proyecciones. Dos películas de industria nacional: “La gran ruta”, con Luis Brandoni, y “El gordo catástrofe”, con Jorge Porcel.

Actualmente, en Urquiza entre España y Presidente Roca, donde antes se hallaba el cinematógrafo, se encuentra parte de la estructura de una de las sucursales de Coto, la cadena de supermercados. Si bien pasó por varias reformas en las décadas siguientes, el edificio está incluido en las normas de protección arquitectónica, lo que impidió que se demoliera totalmente.
Recordar al Cine Urquiza como el dispositivo de entretenimiento durante décadas nos permite entender a los espacios culturales como necesarios para la prosperidad de los barrios. Así como el de calle Urquiza, hubo más cinematógrafos, teatros y centros que hoy en día forman parte de la identidad de la ciudad. Saber y compartir es una forma de no dejarlos morir, de decirles presente a las diversas formas de socialización.



