
“Del arroyo al otro lado está el club de mis amores, donde brillan los colores amarillo y colorado…” cantan las estrofas del himno del histórico club de Empalme Graneros.
El Club Reflejos nació el 2 de julio de 1925 y, en sus inicios, el fútbol era su única pasión. La primera cancha estuvo ubicada en Génova y Olavarría, en un paisaje rodeado de eucaliptos. Desde entonces, comenzó a forjarse una identidad que, con el tiempo, se volvería profundamente barrial.
Con los años, el club no sólo creció en lo deportivo (llegando a ser el primer campeón de la Liga Zona Norte de Rosario), sino que también amplió su rol social. “Reflejos al principio era fútbol, pero después empezó a destacar por sus bailes de carnaval”, recuerda su presidente, Marcelo Antonelli, marcando ese pasaje de lo deportivo a lo cultural y comunitario.
Para muchos, el vínculo con el aurirrojo comienza desde la infancia. “Lo conozco desde chico. Mi abuelo tenía un terreno lindero y hasta donó una medianera para ampliar el club”, cuenta Pablo Daniel Antonelli Rogalsky, actual primer vocal titular. Sus recuerdos, como los de tantos otros, combinan pileta, fútbol entre amigos y vida de barrio.
Sin embargo, la década del 90 marcó una etapa compleja. “Hubo tiempos muy duros: crisis sociales, golpes económicos”, señala Marcelo Antonelli. La situación puso en riesgo la continuidad del club.
A esto se sumó la inundación de 1986, uno de los momentos más difíciles para Empalme Graneros. “Recuerdo haber pasado días con vecinos en mi casa, alojando familias mientras el agua lo cubría todo”, relata Pablo. El club también fue afectado y luego se sumó a las tareas comunitarias posteriores.
La experiencia dejó una huella profunda en el barrio. “Es un barrio resiliente, gente que siempre se vuelve a levantar”, afirma. Aún hoy, ese episodio forma parte de la memoria colectiva y de las conversaciones cotidianas de sus habitantes.

El punto de inflexión llegó en 2005, cuando un grupo de vecinos liderados por Marcelo Antonelli decidió recuperar el espacio. A partir de entonces, Reflejos inició una nueva etapa, sostenida en el trabajo colectivo y el compromiso barrial.
En la actualidad, el club es mucho más que un espacio deportivo: “es nuestro punto de encuentro, un pulmón social y un lugar de contención”, define Pablo Antonelli. Allí no solo se desarrollan actividades, sino también acciones solidarias para acompañar a familias del barrio. “Es un puente de oportunidades para todos”, agrega.
Ese rol se refleja especialmente en chicos y jóvenes. “El club es el patio de su casa”, dice. Entre prácticas de vóley, patín y fútbol, también se construyen valores, amistades y sentido de pertenencia. “Este espacio no sólo los cuida: los forma, los acompaña y los hace parte de algo grande”.
Entre las disciplinas más destacadas aparece el tenis criollo, con una tradición que se remonta a fines de los años 60 y que ha formado campeones locales y nacionales, combinando experiencia, juventud y compromiso.
Reflejos mantiene, además, un vínculo activo con escuelas, iglesias y otras instituciones de la zona. Sus instalaciones se abren para actividades deportivas y comunitarias, muchas veces de forma gratuita, fortaleciendo una red social clave. A través del proyecto Reflejando Futuro, impulsa iniciativas sociales, deportivas y culturales, sumando también asistencia alimentaria para quienes más lo necesitan.

A cien años de su fundación, Reflejos sigue siendo sinónimo de orgullo para Empalme Graneros. Su historia continúa escribiéndose todos los días, con vecinos que no sólo lo sostienen, sino que lo proyectan hacia el futuro. “Que los jóvenes se acerquen, que sean parte, que no se queden mirando desde afuera”, invita Pablo Antonelli.
Reflejos no es sólo un club. Es refugio, es encuentro, es historia viva. Es la risa de los chicos, el esfuerzo de quienes lo sostienen y la memoria de quienes lo hicieron crecer. A cien años, el aurirrojo sigue latiendo al ritmo del barrio, demostrando que cuando hay comunidad, siempre hay futuro.



