Rosario, ciudad de película: la historia del Cine Córdoba

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Para quienes aman el cine, los jueves siguen teniendo algo especial donde la renovación de la cartelera abre una zona de promesas: nuevas historias, otras imágenes, la posibilidad siempre latente de que algo de lo que aparece en pantalla nos atraviese. Eso sucede en las grandes cadenas, pero también en circuitos más pequeños y cercanos, como en la espera por la programación del Cine El Cairo, en las funciones de documentales, en el cine local, en los encuentros de cineclubes o en las proyecciones al aire libre que se realizan en la terraza de Plataforma Lavardén.

Pero hay algo que atraviesa todas esas escenas, aunque no siempre se note. A veces aparece en una charla a la salida, otras queda dando vueltas después, en silencio. No es algo fijo, pero sí persistente, es decir, una forma de experiencia que excede la pantalla. Porque antes de las plataformas, de las pantallas individuales y del consumo inmediato, el cine era, sobre todo, un ritual colectivo. Hoy, un poco, lo sigue siendo. La sala a oscuras, las butacas alineadas, el cobro de la entrada, los afiches en la puerta, el murmullo previo. Un formato que, con variaciones, logró sostenerse durante décadas y que hizo del cine no solo un espectáculo, sino una forma de encuentro.

En este sentido, Rosario ocupa un lugar singular dentro de la historia del cine en Argentina. Durante la primera mitad del siglo XX fue reconocida como una verdadera “ciudad de cines”, consolidándose como una de las plazas más importantes del país en términos de exhibición y consumo cinematográfico. A mediados de la década del 40 llegó a ser la segunda ciudad con mayor cantidad de salas, sólo por detrás de Buenos Aires, y hacia 1960 se contabilizaban más de sesenta espacios en funcionamiento, distribuidos tanto en el centro como en los barrios. El cine era el espectáculo público por excelencia, una práctica profundamente arraigada en la vida cotidiana de los rosarinos, que organizaba salidas, rutinas y formas de encuentro. Algunas reconstrucciones locales incluso la nombran como una “meca” de la cinematografía en Sudamérica, no solo por la cantidad, sino también por la calidad y diversidad de sus salas.

Pero esta relación entre Rosario y el cine comienza mucho antes, ya que existen indicios de una apropiación temprana del cinematógrafo: hacia 1898 ya funcionaba uno de los primeros en la calle Rioja 1151, apenas unos años después de su invención en Francia. Sin embargo, algunos relatos orales van incluso más atrás y tensionan la versión más difundida que ubica las primeras proyecciones en Buenos Aires. En el libro de Daniel Grecco, “Proyectando Ilusiones”, se sostiene como dato veraz que Rosario había exhibido películas meses antes que la capital, hacia 1896, inscribiéndose al cine en ese impulso moderno del mundo occidental por captar y reproducir la realidad.

En esa línea, la historia oral aparece como una fuente clave. Manuel Vega, actor e historiador, relata que José Martínez Suárez, director, guionista y productor, le habría contado que ya en marzo o abril de 1896 se realizaban proyecciones en una fonda de calle San Lorenzo al 900, a cargo de inmigrantes europeos que exhibían cortos. A su vez, el operador de cine mudo Juan Forte recordaba funciones en un circo instalado donde luego se ubicaría el Teatro Politeama (actual Teatro Astengo), lo que da cuenta de un cine todavía itinerante, precario, pero ya presente en la vida urbana. Otros relatos dan cuenta que en marzo de 1896, apenas meses después de la exhibición de los hermanos Lumière en París, en la carpa del circo Frank Brawn, cerca del cruce Alberdi, ocurrió la primera proyección pública. Estas versiones dialogan con lo señalado por el historiador Sydney Paralieu, quien también sitúa los inicios del cine en Rosario hacia ese mismo año: 1896; una idea compartida por el escritor Héctor Nicolás Zinni.

Sin pretender saldar definitivamente la discusión, lo que estos relatos ponen en evidencia es la fuerte y temprana inscripción del cine en la ciudad. Más que una fecha exacta, lo que importa es comprender como Rosario se constituyó, desde sus orígenes, como un territorio profundamente atravesado por lo cinematográfico.



La impronta del Cine Córdoba

En este entramado aparece el Cine Córdoba, una de las salas más significativas de la ciudad. Inaugurado el 13 de mayo de 1927 como cine-teatro, abrió con una superproducción francesa y una programación que incluía películas, cortos y acompañamiento musical en vivo a cargo de orquestas. Desde sus inicios, fue pensado como un espacio integral de espectáculo.

Diseñado por el ingeniero Juan H. Caesar, el edificio tenía un estilo mudéjar inspirado en la Alhambra. Su arquitectura era parte central de la experiencia: una fachada imponente, un hall decorado con mayólicas, escaleras hacia palcos y una sala con 485 plateas, 20 palcos bajos, 30 altos, 40 pullman y 140 tertulias. Además, contaba con un escenario amplio, lo que reforzaba su carácter de cine-teatro.

Con el avance tecnológico, el cine se fue adaptando y en 1931 incorporó sonido con equipos Western Electric, marcando el pasaje del cine mudo al sonoro. También fue escenario de estrenos importantes y de figuras destacadas, como la actuación de Azucena Maizani en el año de su inauguración. A lo largo de su trayectoria, proyectó tanto cine internacional como producciones argentinas, consolidándose como una sala central en la vida cultural de la ciudad.

Sin embargo, no todo fue continuidad. En 1942 cerró por reformas generales que transformaron completamente su arquitectura original, perdiendo gran parte de su riqueza ornamental. Reabrió en 1943 bajo la gestión de la Sociedad Exhibidora Rosarina, ya modernizado y con una capacidad ampliada a 1.094 butacas.

Durante los años siguientes, el Cine Córdoba sostuvo una programación variada que incluía noticieros, dibujos animados, cortos y largometrajes. Fue también espacio de grandes estrenos internacionales, con películas de directores como Orson Welles, Roberto Rossellini, Fritz Lang, Sergei Eisenstein y Jean Renoir, lo que lo posicionaba como una sala de referencia.



El cierre definitivo llegó el 13 de julio de 1958. Su última función incluyó el clásico noticiero “Sucesos Argentinos” y el “Gran Festival de Walt Disney”, compuesto por trece dibujos animados en technicolor. Una despedida que, de algún modo, sintetizaba el formato de época: información, entretenimiento y espectáculo en una misma función.

Las razones del cierre no responden a una única causa, pero pueden leerse en el contexto de la época. Por un lado, la demolición del edificio para dar lugar a la Galería La Favorita evidencia un proceso de transformación urbana, donde el valor comercial del suelo comenzó a imponerse sobre ciertos espacios culturales. Por otro lado, la competencia con salas más modernas, como el cine Radar, y la alta concentración de cines en la ciudad generaban un escenario difícil de sostener.

A esto se sumaban cambios en el consumo cultural: hacia fines de los años 50 comenzaban a percibirse transformaciones que se profundizarían con la llegada de la televisión. Muchas salas quedaron obsoletas frente a nuevas tecnologías y a los costos de mantenimiento, iniciando un proceso de cierre y reconversión.

La historia del Cine Córdoba condensa así un momento de expansión y también de quiebre. Pero más allá de su desaparición física, lo que permite pensar es otra cosa: el lugar que ocupaban estas salas en la vida cotidiana.

Ir al cine no era solo ver una película. Era salir, encontrarse o simplemente compartir un mismo espacio, formar parte de una experiencia común. En ese sentido, el cine funcionaba como una práctica territorial, organizando la vida urbana y produciendo vínculos.

Hoy, cuando el acceso a lo audiovisual se vuelve cada vez más individual, volver sobre estas historias no es solo un gesto de memoria. Es también una forma de preguntarse por el presente: qué pasa con esas experiencias colectivas, cómo se transforman, qué lugar tienen en la ciudad que habitamos y qué tipo de ciudad se construye cuando esos lugares desaparecen.


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Tiara Benítez
Estudiante de Ciencias de la Educación. Instagram: @ttiaru11

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