
En los primeros días de octubre de 1927, la prensa rosarina comenzó a anunciar un espectáculo inédito. Las carteleras prometieron esta vez algo diferente: películas que hablaban. Las primeras formas del cine sonoro habían desembarcado en nuestra barranca.
Rosario en el mapa
La relación de Rosario con el universo de las imágenes en movimiento era ya extensa. A fines de 1898 se inauguró el primer cinematógrafo de la ciudad (Cinematógrafo Lumière, en calle Rioja 1151), sólo tres años después de las primeras proyecciones públicas en el mundo. Desde ese momento, el nuevo espectáculo se incorporó rápidamente: funciones en salas improvisadas, cafés donde se proyectaban películas y, con el paso de los años, espacios dedicados exclusivamente a la exhibición cinematográfica.
Hacia mediados de la década de 1910, Rosario funcionaba con una tradición cinematográfica plenamente integrada al circuito nacional. El ritmo de exhibición no tenía nada que envidiarle al de la Capital Federal y las salas se encontraban abastecidas por numerosas distribuidoras activas en la ciudad. La industria operaba a partir de vínculos directos entre exhibidores locales y casas proveedoras de material, con un mercado dinámico y competitivo.
Empresarios y gremios rosarinos
Rosario estaba surtida por numerosas distribuidoras con la Empresa Cinematográfica Rosarina, la casa Max Glücksmann y la Sociedad General Cinematográfica a la cabeza. La ciudad no dependía pasivamente de la Capital: negociaba estrenos, garantizaba programación continua y sostenía un público habituado al consumo cinematográfico.
Figuras como Juan Lluch permiten dimensionar este entramado. Empresario, exhibidor, distribuidor y periodista, Lluch fue uno de los grandes impulsores de la actividad cinematográfica en Rosario y en el interior del país. Junto a su hermano Antonio inauguró el cine-bar La Bolsa en 1906 y más tarde fundó la Empresa Cinematográfica Rosarina, que extendió sus operaciones a Buenos Aires, Córdoba, Mendoza, Tucumán y Salta.
Pero su aporte no se limitó a la exhibición. El 1° de junio de 1911 fundó en Rosario “Cinema”, la primera revista cinematográfica del país. Mucho antes de que el cine contara con una prensa especializada estable en Buenos Aires (fue la revista Excelsior, lanzada en 1914, la que ocupó este lugar en la Capital), la actividad ya encontraba en Rosario un espacio de reflexión, información gremial y debate.
Apogeo
Durante las décadas de 1910 y 1920, las carteleras rosarinas combinaron grandes producciones internacionales y cine nacional reciente. Ir al cine dejó de ser una rareza para convertirse en una práctica cotidiana, incluso diaria, para los rosarinos.
Entrado el año 1927, los cronistas hablaban directamente del apogeo del cine: decenas de salas funcionaban de manera simultánea y la prensa anunciaba nuevas aperturas. En ese contexto, la llegada del cine sonoro no resultó una ruptura abrupta, sino la consecuencia lógica de una ciudad que ya había aprendido a mirar cine y estaba entusiasmada en comenzar a escucharlo.

El escenario del fenómeno: el Social Theatre
No fue azaroso el lugar elegido para este espectáculo; el estreno del cine sonoro en Rosario tuvo lugar en un espacio con historia: el cine Social Theatre. En la calle Rioja 960 habían funcionado anteriormente el Royal Concert (1905), el Gran Biógrafo Rioja (1910) y el Gran Café de los Estrenos (1912). El Social Theatre abrió sus puertas en diciembre de 1915 como sala de variedades y, un año más tarde, se orientó exclusivamente a la exhibición cinematográfica.
No es un dato menor que esta sala estuviera dirigida por la Corporación Argentino-Americana de Films, una empresa con intereses claros en la distribución regional y en la incorporación de nuevas tecnologías. Fundada en 1921 por Rómulo Naón y Augusto Álvarez, la Corporación se propuso abastecer de material cinematográfico a la Argentina y a otros países del Cono Sur, contando con salas propias en numerosas ciudades del país (en 1932 la gestión del cine cambió sus autoridades y remodeló sus salas, cambiando su nombre a Cine Astral, que estuvo en actividad hasta 1970).
Phonofilm: el sonido entra en escena
Hacia mediados de los años veinte, las intenciones de sonorizar las imágenes movilizaban el mercado cinematográfico tanto en Estados Unidos como en Europa. En un escenario de competencia, una de las primeras soluciones viables se dio mediante el sistema Phonofilm, desarrollado por el inventor Lee de Forest. A diferencia de otros ensayos, el Phonofilm registraba el sonido directamente sobre la
película mediante una banda óptica lateral, lo que garantizaba la sincronía entre imagen y voz.
En 1927, Augusto Álvarez cerró un acuerdo con De Forest que otorgaba a la Corporación Argentino-Americana de Films la exclusividad del sistema para la Argentina y otros países de la región. La operación fue ambiciosa y no estuvo exenta de conflictos: su alto costo y el hecho de haberse concretado sin consulta al directorio generaron fuertes cuestionamientos internos, que terminarían precipitando el alejamiento de Álvarez de la empresa. Aun así, el contrato convirtió a la Corporación en la puerta de entrada del cine sonoro en Sudamérica.

7 de octubre de 1927
Rosario fue una de las primeras ciudades del país en probar el sistema Phonofilm. El estreno tuvo lugar en el Social Theatre, una sala céntrica, acostumbrada a las novedades y, como mencionamos, ligada de manera directa a la Corporación Argentino-Americana de Films. No sólo tenía el respaldo empresarial sino también la infraestructura necesaria para que el sonido llegue a sus salas.
Es así que llegó el día: el 7 de octubre de 1927 se presentaron por primera vez en la ciudad los cortometrajes parlantes Phonofilm. Con las entradas en venta agotadas, el espectáculo funcionó como una demostración de las capacidades técnicas del nuevo sistema.


La programación del día fue: Un viaje a Long Island, concebido como ensayo de sincronía audiovisual, seguido por una serie de números musicales que destacaban la fidelidad de reproducción sonora. Entre ellos se incluyeron Singarésca de Sarazate, interpretada al violín por la violinista rusa Maud Sinivinsky; Traviata (El canto de las sombras), cantada por la soprano italiana Eva Leoni, integrante del elenco del Metropolitan Opera House de Nueva York; y por último Y… tenía un lunar, un recital de piano a cargo del artista argentino José Bohr. Más que un estreno tradicional, la función se presentó como una exhibición de voces, instrumentos y registros sonoros.
En los días posteriores al espectáculo, la prensa confirmaba el éxito de las funciones y el fervor de un público emocionado por la novedad técnica. “Los interesantes números fueron escuchados y vistos por el público en medio de la mayor admiración; que otra cosa podía acontecer ante tan maravillosa sincronización entre la figura que reflejaba, y el sonido emitido por los altos parlantes colocados
detrás del telón, lo que da mayor realidad al espeсtáculo. Digno es el de que ninguna persona deje de presenciarlo, y nos hace esto augurar continuados llenos en la sala del Social Theatre, donde ha de funcionar por largo rato”. (Diario Democracia, 10 de octubre de 1927).
La ciudad de Rosario fue testigo temprano de lo que sucedía en el país. Este evento se inscribió en un clima de competencia y expectativa que atravesaba al cine de la época. Nuevas tecnologías, sistemas en disputa, contratos de exclusividad y empresarios atentos a cada novedad conformaban un escenario inestable pero fértil, en el que la ciudad participaba no sólo desde la periferia sino como uno de las
grandes protagonistas.
El Phonofilm no sería el sistema que se impondría en los años siguientes, pero desde la noche del 7 de octubre permitió a una Rosario pujante ser parte de una transformación: las películas hablaban y el público comenzaba a aprender a escucharlas.
Fuentes
– Paralieu, Sydney. Los cines de Rosario ayer y hoy. Fundación Ross, octubre de 2000.
– Manfredi, Alberto N. “La industria cinematográfica en la Argentina”. Industria cinematográfica en la Argentina. Blog. industriacinematograficaa.blogspot.com




Excelente Nota Histórica que revela la importancia de la Ciudad como pionera en aspectos Culturales
Muy interesante y prolijo relato. Bien fundado.
Conocí a un Señor Lluch, por los años setenta. Seguramente hijo de alguno de los pioneros citados en el texto. Era un hombre muy alegre, elegante y de buen gusto. Era dueño, por lo menos, de dos salas. Conservo de él y de su pareja algunos obsequios.
Felicitaciones Delfina.