
Durante décadas, el carnaval rosarino fue un campo de disputa entre élites y sectores populares. Entre pomos de agua florida, corsos que desbordaban Pellegrini y batallas por el control del espacio público, la fiesta fue mucho más que diversión: fue política, identidad y resistencia.
Los carnavales modernos invertían el orden cotidiano: las jerarquías se aflojaban entre risas y excesos, y la cultura oficial se volvía motivo de burla. En Rosario, durante la Confederación Argentina (1831-1861), empezaron a tomar forma las primeras celebraciones vinculadas al carnaval, impulsadas por criollos e inmigrantes.
Ricardo Falcón fue uno de los primeros en reconstruir su historia. Según sus registros, hacia 1871 los bailes empezaban a ganar centralidad en teatros, sociedades corales y “canchas”, convirtiéndose en punto de encuentro para sectores populares y también para la élite. Comparsas, clubes y colectividades de inmigrantes —sobre todo italianos y españoles— impulsaban la organización de las fiestas.
Durante el siglo XIX, los diarios solían reflejar una mirada crítica sobre los festejos y denunciaban lo que consideraban “malos hábitos”. Con esa expresión se referían a las formas de juego propias del carnaval. Hasta fines de ese siglo se utilizaban huevos rellenos con agua y, más tarde, recipientes de látex. Arrojar harina, confites, legumbres, frutas o reproducciones en cera, así como golpear con vejigas de animales, estaba prohibido, al igual que en Buenos Aires. Los baldes de madera eran utilizados para arrojar grandes cantidades de agua, aunque con el tiempo fueron reemplazados por los de chapa. Más adelante, las jeringas se volvieron populares en los juegos carnavalescos.
En 1938, el intendente Calixto Lassaga recordó uno de los artefactos que había desplazado a las vejigas de animales: el “aguado”, un chaleco de goma relleno con agua que, al presionarse, lanzaba gruesos chorros. Luego apareció el pomo, que inicialmente contenía esencias y más tarde comenzó a comercializarse con agua florida traída desde Francia. Cuando empezó a fabricarse en Rosario, se vendía con distintos nombres de fantasía. El Museo de la Ciudad conserva un ejemplar con el rótulo “Damas Porteñas”. Con el tiempo surgirían versiones de goma o caucho con cartuchos recargables.
Los disfraces también estaban sujetos a regulación. Se prohibían los trajes que exhibieran partes del cuerpo consideradas “ofensivas a la moral”, así como los atuendos militares y las armas de fantasía, por el riesgo que implicaban.
En 1900 las celebraciones comenzaron a trasladarse al Parque Independencia, que terminó consolidándose como el escenario principal del carnaval. El cambio no fue sólo geográfico: implicó también un intento de ordenamiento. En su libro “La invención de las masas: ciudad, corporalidades y culturas, Rosario 1910- 1945”, Diego Roldán, doctor en Humanidades y Artes, investigador del Conicet y profesor, quien continuó el trabajo de Falcón, expuso: “Se establecieron lugares y horarios; y para el desfile de las carrozas se clausuraron algunas calles. El centro y la plaza principal fueron el teatro de los corsos, en teoría, la limitación espacial del carnaval permitió su control. Los recursos burocráticos disponibles sólo podían operar en un área muy acotada”.



Hacia el siglo XX
Con el inicio del siglo XX, el carnaval comenzó a transformarse. En 1910, mientras la ciudad se preparaba para celebrar el Centenario, se difundieron consignas que buscaban orientar los festejos hacia un tono más civilizado y patriótico. Sin embargo, el entusiasmo popular desbordó esas intenciones.
En 1914 se habilitó el primer corso barrial, una expansión que permitió descomprimir las celebraciones del centro y mantener cierta “armonía”, según la prensa de la época. El corso del barrio Saladillo se extendía a ocho kilómetros del casco céntrico, aunque el acceso no resultaba complejo: los tranvías eléctricos ya conectaban ambos puntos de la ciudad.
El historiador, periodista y coleccionista Wladimir Mikielievich describió el clima de aquellos años: “Desaforadas multitudes entregadas a la alegría y el buen humor se concentraban, desde 1917 y durante muchos años, a lo largo de la avenida Pellegrini, desde la calle 25 de Diciembre hasta España. Murgas, comparsas, grupos de negros escoberos, carritos y jardineras —todos adornados según el gusto y las posibilidades de sus responsables— desfilaban a los más disonantes ritmos”. (extraido del informe brindado por el Museo de la Ciudad, C.M Ernesto Aguirre/ Servicio Educativo/ 2020)
En los años veinte, el carnaval dejó de ser un espacio ambiguo para volverse una fiesta marcadamente elitista. Las regulaciones profundizaron la separación social: los sectores populares ya no eran protagonistas, sino espectadores obligados a admirar desde abajo a las élites que desfilaban.
En 1923 se creó un concurso de disfraces infantiles que buscaba ofrecer a los sectores populares una forma de participación dentro de un esquema cada vez más restringido. Según Diego Roldán, se trató de una estrategia que intentaba atenuar el conflicto social en un diseño festivo que seguía siendo excluyente.
La instalación de la fábrica Swift modificó profundamente la vida cotidiana en la ciudad. Las largas jornadas laborales y el ritmo industrial comenzaron a alterar las dinámicas sociales, y las celebraciones más lujosas fueron perdiendo protagonismo. Aun así, los corsos continuaban convocando a un público numeroso.
El carnaval estuvo atravesado por múltiples regulaciones destinadas a controlar y redefinir el sentido de la fiesta. Roldán señala que, aunque los diarios de la época eran breves y hoy se encuentran en mal estado de conservación, su análisis permite advertir una intensa participación popular, tanto dentro como fuera de las normas establecidas. Las ordenanzas documentaban las intervenciones oficiales, mientras que la prensa —desde fines del siglo XIX hasta la década de 1930— solía remarcar aquellos episodios que se apartaban de la norma.
Las autoridades definían cómo debía celebrarse el carnaval y qué comportamientos serían castigados. Paralelamente, la prensa exaltaba las conductas “ejemplares”, casi siempre protagonizadas por los sectores más influyentes de la ciudad.

“Una batalla por el carnaval”
En 1930, Falcón describía el clima como una verdadera “batalla por el carnaval”. Al año siguiente, tras una intervención militar, se redujeron los espacios y la duración de los festejos: se celebraba un único día y el corso oficial era el único autorizado.
En 1932, el Partido Demócrata Progresista (PDP) gobernaba tanto la provincia como la ciudad, y el carnaval volvió a experimentar transformaciones. Según señala Diego Roldán, a comienzos del siglo XX comenzaron a autorizarse corsos en algunos barrios, entre ellos Alberdi y Saladillo.
Se trataba de zonas vinculadas al río y al arroyo, espacios de recreo frecuentados por familias acomodadas que poseían allí residencias de fin de semana. Aquella primera descentralización no era plenamente popular: respondía también a las dinámicas sociales y simbólicas de la burguesía rosarina.
Con el correr del tiempo comenzaron a organizarse más corsos barriales y los clubes de barrio adquirieron un papel central en su desarrollo. Según Roldán, esa expansión contribuyó a disminuir la conflictividad que Falcón había definido como una “batalla por el carnaval”. A lo largo del siglo XX, esa tensión inicial comenzó a atenuarse.



Durante la década de 1930, los episodios de violencia o de transgresión fueron escasos, incluso en prácticas tan habituales como los juegos con agua. La descentralización de los festejos se consolidó: cada barrio organizaba sus propios corsos y celebraciones. Según Roldán, este proceso favoreció la construcción de una identidad barrial vinculada al carnaval, estrechamente asociada a los bailes y a la sociabilidad comunitaria.
Algunos bailes mantenían gran convocatoria, como los que se realizaban en el Parque Independencia. Sin embargo, la creciente organización barrial modificó la dinámica urbana: al dispersarse los corsos, disminuyó el cruce masivo entre distintos sectores sociales y, con ello, la conflictividad.
Para Roldán, la fiesta dejó de funcionar como espacio de fricción entre élites y sectores populares y comenzó a consolidarse como ámbito de identidad barrial. El carnaval pasó a estructurarse en torno al barrio como núcleo de pertenencia, donde vecinos con lazos comunes encontraban formas propias de celebración.
El proceso de descentralización se consolidó en 1933, cuando los vecinos asumieron la organización de los festejos. Las vecinales comenzaron a preparar los carnavales en distintos barrios y se esperaba una amplia concurrencia en zonas del norte como Talleres, Refinería, Ludueña, Sarmiento y Empalme Graneros.
También tuvieron gran éxito los corsos impulsados por la Sociedad Progresista de Echesortu y las vecinales de La República y Belgrano. En el norte y el oeste de la ciudad, el carnaval terminó de afirmarse como una celebración barrial.
Hacia la década de 1940, los carnavales mostraban un mayor grado de organización y control. Se ampliaron las calles y los barrios habilitados para los festejos, aunque las reglas no eran iguales en toda la ciudad: los juegos con agua estaban permitidos en los barrios, pero seguían prohibidos en el centro. Entre las nuevas zonas incorporadas se encontraban La Florida (habilitada en 1935), la avenida Belgrano (1939) y el Parque Alem.








La historia a través de la experiencia
Nilda Jordan es una ciudadana que en 1946 vivía en Pichincha, en la calle Jujuy entre Alvear y bulevar Oroño. Recuerda cómo fueron aquellos carnavales. Tenía entonces entre 14 y 15 años y señala que ese año las celebraciones se realizaron durante la intendencia de Carballo. Con alegría evoca esas festividades: “Para los carnavales se vestía todo el bulevar Oroño, ponían flores y guirnaldas, y desde avenida Pellegrini hasta avenida 27 de Febrero se cerraban las calles; ya no se podía pasar con autos”.
Había carrozas y premios organizados por los clubes de distintos barrios; cada club pensaba un tema. Los bares también se sumaban a la celebración: ponían mesas en la vereda para que la gente pudiera sentarse, tomar algo y mirar el desfile. Se jugaba con serpentinas de colores y con pomos de plomo que largaban agua perfumada; no se conocía la espuma. Se usaba mucho papel picado y, en los barrios, vasos y globos con agua.
Nilda en el relato de su experiencia también menciona a Aragón, la personificación para los carnavales del rey momo que leía poesía mientras caminaba. Alfonso Alonso Aragón era un poeta español que alegraba la nocturnidad rosarina durante las festividades. Fue coronado rey con un manto rojo y corona de fantasía con el aval de los intendentes de turno, que veían en él una figura simpática y convocante para los carnavales.
El Museo de la ciudad guarda textos originales de sus versos de ocasión, fotos y pinturas. Aragón, empobrecido, vivió sus últimos años en un cuartucho del barrio de Pichincha. Los rosarinos extrañaban su formidable presencia, aunque de todas formas los carnavales empezaban a decaer.
Por otro lado, Ana, de zona norte, recuerda los carnavales de 1945. En ese entonces tenía 7 años. Se disfrazaba y asistía con su familia a la avenida Alberdi, donde toda la gente caminaba también disfrazada. Luego de los corsos, sus padres iban a los bailes: “Los grandes bailes más famosos, con orquestas y bandas, eran los de Gimnasia y Esgrima, Newell’s Old Boys, Rosario Central, Club Echesortu y Unión y Progreso. Los corsos eran muy famosos en el Parque Independencia y abarcaban toda la avenida Pellegrini”.



La gente utilizaba los carros de los verduleros, adornados con flores, y allí se subían mujeres y hombres disfrazados de cada barrio. Se premiaba al mejor carro. Se vestían con trajes de paisanas, españoles o zorros. “Jugábamos con agua por la tarde y, por la noche, se usaba mucho papel picado y un perfume que se arrojaba, que era muy caro”, recuerda.
Ana recuerda que, en aquellos años, el carnaval era profundamente popular. Mientras los barrios se llenaban de disfraces y papel picado, la gente más “rica” organizaba sus propias fiestas aparte, sin mezclarse con los trabajadores. Con el tiempo, cuenta, esa energía empezó a apagarse. Hacia 1955 la convocatoria ya no era la misma y algo del entusiasmo colectivo comenzó a perderse.
El 9 de junio de 1976 la Junta Militar sancionó el Decreto ley N° 21.329 mediante el cual eliminó los feriados de lunes y martes de carnaval. Para la dictadura, la concentración popular, la risa y el desorden festivo eran amenazas al orden. Volvieron recién como feriados nacionales en 2011.




El regreso de los carnavales
En una conversación, Dante Taparelli —artista, gestor cultural y ex secretario de Cultura municipal— recuerda cómo fue organizar nuevamente los carnavales en 1998: “Un día viene el dueño de Satchmo, un café concert y disco-cabaret muy popular de la noche rosarina durante los años 80 y 90, y me pregunta si me animaba a hacer un carnaval. Yo ya había hecho uno en 1995 en Gualeguaychú y salimos terceros. Fui el director: diseñaba todo, desde la música hasta el vestuario y el concepto general. Mi idea siempre fue organizarlo con un criterio económico claro. Teníamos un carnaval muy bueno, pero no había estructura financiera. Durante años se les daba a las comparsas un subsidio pequeño, en noviembre, de aproximadamente 300 mil pesos. Y el carnaval se trabaja todo el año”.
“Hicimos las bahianas, fue la mejor experiencia. Además de lo estético, eran profundamente inclusivas. Tenían vestidos enormes: compramos tul de plástico rojo y blanco, armamos las faldas con elásticos, la blusa arriba y el turbante. Invitamos a vecinas y vecinos a participar”, recuerda.
“Diversidad de cuerpos bailando, divinos, como si bajaran del Maipo. Las familias aplaudiendo, la emoción de sentirse parte. El carnaval es cagarse de risa de uno mismo y del vecino. Era un clima de complicidad y camaradería. Una forma de sanar, de dejar el prejuicio y volver a jugar. En eso, el carnaval era maravilloso”, apunta Taparelli.
“El primer carnaval lo hicimos en dos jornadas, en el Scalabrini Ortiz, cuando todavía estaban los galpones, las ratas y las locomotoras, antes de que hicieran las lomas. Armamos 40 carrozas. Y encima, ese día, nos tocó ‘el Niño’”, añade.
“El primer año tuvimos que resucitar el carnaval. Contratamos a 1800 artistas y vecinos para trabajar. Cuando terminaba la función, la gente se iba y quienes habían participado hacían la cola para cobrar el bolo. A todos les encantaba participar y bailar; después iban a comprar el sándwich y la gaseosa”, afirma Taparelli.
“Comprobé que es posible activar la economía cultural local. Gualeguaychú es una industria, ¿por qué Rosario no puede tener algo así? Hay que tener una mirada no demagógica y hacer participar a la gente. No me acuerdo de haberme reído tanto como en esos carnavales. Llovía y la gente igual iba, porque estaban producidos y organizados”, concluye.
Lejos de aquella “batalla por el carnaval” que describía Falcón, la celebración se sostiene como un espacio de pertenencia, memoria y encuentro comunitario. Cambian los formatos, cambian los escenarios, pero la risa compartida —esa que alguna vez incomodó al poder— continúa siendo el corazón de la celebración.







Yo recuerdo los bailes de carnaval en los clubes Provincial, NOB y Gimnasia , eran hermosos, íbamos con toda la FLIA , yo era muy chica y bailabamos con mí papá en el escenario principal, venían orquestas y era una competencia entre los clubes mencionados.