Tigre: el primer hipermercado de la historia de Rosario

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En 1981, Rosario vio abrir un tipo de comercio que hasta entonces resultaba inusual en la ciudad. En la esquina de 27 de Febrero y Necochea, la empresa Supermercado Tigre S.A. inauguró el primer hipermercado local, una superficie de ventas que marcaba un cambio en las formas de comprar y de habitar el espacio comercial. En una ciudad todavía dominada por el almacén barrial, el autoservicio y el pequeño comercio, el nuevo formato introducía una escala distinta, asociada a amplias playas de estacionamiento, extensas góndolas y horarios prolongados de atención.

Un artículo publicado por el Diario La Capital en octubre de 1988, bajo el título “Hipermercados Tigre. La mejor manera de responder al consumidor, brindando siempre más”, presentaba a la cadena como una empresa en plena expansión. Allí se la describía como una red con presencia en distintos puntos de Rosario, con locales en Rondeau y Washington, 27 de Febrero y Necochea, Entre Ríos 3262, 3 de Febrero 2840, Necochea 1802 y Moreno y Ocampo, entre otras bocas. La nota y sus ilustraciones insistían en la idea de escala, con edificios de gran tamaño, circulación intensa de autos y clientes, y una arquitectura comercial pensada para un consumo cada vez más concentrado. Algunas fotografías de inauguraciones de la cadena también muestran un rasgo llamativo de su estrategia publicitaria. En ciertos actos de apertura el propio dueño habría llevado un tigre adulto y un cachorro para reforzar la identidad de la marca. Las imágenes conservadas dan cuenta de esa escena poco habitual, aunque no siempre permiten identificar con precisión la fecha ni la sucursal en que fueron tomadas. Vista desde el presente, una práctica de ese tipo resulta difícil de imaginar y refleja un momento en que la sensibilidad pública frente al uso de animales en espectáculos y promociones comerciales era muy distinta a la actual.



Esa expansión continuó en los años siguientes. El 22 de diciembre de 1991, La Capital publicó un aviso y una nota sobre la inauguración de la sucursal de Tucumán 1349, presentada explícitamente como el local número 16 de la cadena. El material periodístico detallaba que el establecimiento contaba con 2.200 metros cuadrados, aire acondicionado, cajas ultrarrápidas con lectura láser, una cómoda playa de estacionamiento y un horario extendido, de 7 a 24 de lunes a sábado, además de atención los domingos por la mañana. La propia publicidad resumía el clima de época con una frase elocuente: “Más Tigre”. Las imágenes mostraban la fachada renovada sobre calle Tucumán y el interior del salón con largas góndolas, en una escenografía comercial que buscaba transmitir abundancia, eficiencia y confort.

Durante los años noventa, Tigre se consolidó como una de las cadenas supermercadistas de capital local más visibles de Rosario. Una nota publicada por el Diario La Nación el 13 de febrero de 1998 informaba que la empresa contaba con 16 sucursales, de las cuales 12 estaban en Rosario, tres en el interior santafesino y una en San Nicolás. El artículo identificaba a Francisco Ragunaschi como dueño y fundador de la firma y señalaba que la empresa estaba buscando comprador o una eventual asociación con otras cadenas nacionales. Ese dato resulta importante porque muestra que, para entonces, Tigre ya no era solamente una firma en expansión, sino también una cadena que intentaba reubicarse en un mercado cada vez más competitivo, presionado por la llegada de grandes actores nacionales e internacionales. En ese escenario aparecían nombres como Casa Tía, y se mencionaba que el Exxel Group había pagado en septiembre de 1997 unos 18 millones de dólares por el hipermercado Tigre situado en el centro de Rosario, conservando prioridad para adquirir el resto de los locales.



Los archivos periodísticos también permiten advertir que el crecimiento de la empresa convivía con una creciente inestabilidad. En junio de 1989, en el contexto de los saqueos de aquel año, una nota de La Capital mostraba uno de los locales de Tigre con una gran faja colocada sobre la fachada. El cartel denunciaba que el negocio había sido saqueado “gracias a la pasividad de quienes tenían que protegerlo” y reclamaba responsabilidades a las autoridades. La escena, además de registrar un episodio puntual, revela hasta qué punto la cadena se pensaba a sí misma como un actor central del comercio urbano rosarino, con capacidad para intervenir en el debate público.

Hacia el final de la década de 1990, la situación económica de Tigre se volvió más delicada. El 28 de diciembre de 1998 la empresa presentó su convocatoria de acreedores, hecho que distintas reconstrucciones posteriores señalan como el verdadero comienzo de su derrumbe. En un texto publicado en agosto de 2002, Carlos Ghioldi, ex trabajador de la empresa y referente del proceso posterior, recordaba que la cadena había llegado a tener más de diez sucursales y unos 700 trabajadores, y sostenía que ese concurso fue acompañado por maniobras que agravaron de manera extraordinaria el pasivo empresario. Su testimonio, surgido desde el propio conflicto, permite dimensionar la escala que había alcanzado la empresa y el impacto que tuvo la crisis entre sus trabajadores.

En octubre de 2000, La Capital informaba que Tigre había logrado acordar con la mayoría de sus acreedores para intentar levantar el concurso preventivo. La nota hablaba de un pasivo de 25 millones de dólares y de la conformidad de más de 260 acreedores. En simultáneo, otro artículo del mismo mes señalaba el interés de un grupo inversor chileno, el holding Tambo, en comprar la cadena. Las fotografías que acompañaban esas notas muestran locales todavía abiertos, pero atravesados por la incertidumbre. El contraste entre la imagen del hipermercado pujante de comienzos de la década y estas noticias sobre acreedores, negociaciones y posibles ventas anticipaba el agotamiento de un ciclo.

Según el relato de los trabajadores, esa crisis se tradujo rápidamente en la vida cotidiana de las sucursales. Hubo atraso en el pago de salarios durante el año 2000, ausencia casi total de pago en 2001, despidos, subalquiler de bocas y pérdida de derechos laborales. Ghioldi señaló que al final del proceso quedaban alrededor de 200 trabajadores, algunos de los cuales cobraban apenas vales semanales de 5 o 10 pesos. A fines de julio de 2001, después de varios meses sin salario y frente a lo que describían como un vaciamiento escandaloso, un grupo de 80 trabajadores decidió ocupar una de las sucursales para sostener la lucha por los puestos de trabajo. Poco después, el 18 de agosto de 2001, sobrevino la quiebra.



El edificio de Tucumán 1349 quedó desde entonces en el centro de una disputa que excedía la historia de una empresa comercial. Según un texto difundido en 2004 por la cooperativa Trabajadores Solidarios en Lucha Ltda., la sucursal ubicada Tucumán y Corrientes era la única que figuraba como propiedad de la firma, razón por la cual se convirtió en la base material de la resistencia. Para entonces, la experiencia ya llevaba tres años de lucha e incluía no solo la ocupación del inmueble sino también un proyecto de Supermercado Comunitario, la conformación de una cooperativa y la apertura de un Centro Cultural. Ese mismo documento menciona que trabajaban allí 30 personas de manera directa, que se beneficiaban 25 emprendimientos productivos de la región y que en el lugar almorzaban 200 estudiantes y 100 trabajadores mediante un menú económico. También señalaba el funcionamiento de una Biblioteca Popular de más de 1500 volúmenes, el apoyo del Concejo Municipal y de la Municipalidad a través del Fondo de Emprendimientos Productivos, y el uso del espacio por proyectos culturales y sociales.

Ese proceso de reconversión es uno de los aspectos más importantes de la historia del edificio. La ocupación no se limitó a la defensa simbólica de un inmueble en quiebra. Los trabajadores intentaron poner en funcionamiento parte de la estructura existente, la boca de expendio, la planta alta, el antiguo patio de comidas, la panadería y hasta un viejo teatro que, según el relato de los empleados, estaba siendo utilizado como depósito de chatarra. En su propuesta de 2002, Ghioldi aseguraba en que las instalaciones podían operar de inmediato y que el costo de su reactivación sería menor que el de subsidiar el desempleo. La idea de un supermercado comunitario se articulaba con una función social más amplia, vinculada a la comercialización de productos cooperativos y regionales, un comedor universitario junto a la UNR, la producción panadera y actividades culturales abiertas a la comunidad.

Con el paso de los años, ese uso social se fue ampliando y consolidó una legitimidad de hecho. Una nota de Rosario/12 publicada el 20 de agosto de 2010 señalaba que en La Toma 120 personas desarrollaban un emprendimiento social. El artículo recordaba además que desde 2008 funcionaba allí un espacio impulsado desde la Subsecretaría de Economía Solidaria de la Municipalidad, dato importante porque muestra que, más allá de la fragilidad jurídica del inmueble, distintos niveles del Estado comenzaron a utilizar el edificio y a reconocer en él una función social concreta. La misma nota informaba que la Legislatura santafesina había aprobado la ley 12.964, promulgada por decreto del gobernador Hermes Binner, que declaraba de utilidad pública y sujeto a expropiación el uso temporal del inmueble a favor de la cooperativa. También advertía que, pese a esa expropiación, la Cámara de Apelaciones había ratificado la devolución del edificio a la masa de acreedores de la quiebra, manteniendo abierto el conflicto.

Esa tensión entre la persistencia del litigio y la continuidad del uso social es, probablemente, la clave histórica más relevante del caso. El edificio que había sido inaugurado en 1991 como el local número 16 de la cadena supermercadista pasó a albergar cooperativas, espacios culturales, biblioteca, comedor, emprendimientos de economía solidaria y actividades sindicales. No se trata solamente de una empresa quebrada o de un inmueble ocupado, sino de un edificio cuya función urbana cambió de manera radical sin perder centralidad en la vida pública rosarina.

Hoy, más de dos décadas después de aquella ocupación, La Toma sigue funcionando. Ese dato, dicho sin grandilocuencia, alcanza para mostrar que el edificio no quedó detenido en el momento de la quiebra. Su historia continuó. Y justamente allí radica su singularidad dentro del paisaje urbano rosarino. Lo que alguna vez fue un hipermercado pensado para el consumo masivo terminó convirtiéndose en un espacio sostenido por otras lógicas, vinculadas al trabajo colectivo, la organización social y el uso comunitario de un inmueble que sigue formando parte de la historia viva de la ciudad.


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Abril Tojo Romero
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