
Emilia Bertolé fue una gran artista: retratista y escritora, su legado al arte argentino es de un valor indiscutible para nuestro patrimonio cultural. Ella fue la pionera que nos abrió paso en el mundo del arte, un ámbito que a inicios de 1900 estaba dominado y protagonizado casi exclusivamente por artistas varones. Emilia perteneció a la primera generación de artistas locales y, además, fue la primera mujer en integrarla.
Nació en El Trébol, provincia de Santa Fe, el 21 de junio de 1896. Provenía de una familia humilde, de padres inmigrantes que depositaron en ella, desde pequeña, grandes esperanzas de un futuro más prometedor para todos. Emilia cargó con ese peso durante toda su vida.
La familia se mudó numerosas veces por los trabajos de su padre, quien tenía bastante mala suerte en ellos, hasta que finalmente se establecieron en Rosario en 1905. Emilia definió su infancia como una etapa de pobreza terrible y una casa tristísima, marcada por el fallecimiento de su hermano Lorenzo, de tan solo 7 años.
En Rosario vivieron en calle Córdoba 3745. Emilia asistió por poco tiempo a la escuela Nuestra Señora del Huerto, pero abandonó los estudios porque no lograba adaptarse a la vida escolar. Ella misma dijo en una ocasión: “No era yo una criatura muy sana, muy flaca, muy débil; preocupaba a mamá constantemente…” (*) . Debido a esta situación, su madre se ocupó de su educación en casa y de acompañarla en sus clases de arte.
A los 10 años obtuvo una beca para estudiar en una academia muy reconocida en ese entonces: el Instituto de Bellas Artes “Doménico Morelli”, donde estudió dibujo y pintura. Desde pequeña comenzó a vender sus obras a vecinos para aportar dinero a su familia y, a los 14 años, ya trabajaba como retocadora de fotografías en un local ubicado en calle San Martín al 800: la casa de fotografía “Castellani”.
A los 15 años obtuvo su diploma en dibujo y pintura y comenzó a dar clases en su casa, donde vivía junto a sus padres y su hermana menor, Corina, con quien mantenía un vínculo muy cercano.
Comenzó a participar en exposiciones y concursos junto a Augusto Schiavoni, Manuel Musto y Alfredo Guido, entre otros artistas. Con el tiempo obtuvo reconocimientos y premios en diferentes salones, incluso en Buenos Aires.
A lo largo de su vida se dedicó principalmente al género del retrato. Incluso retrató al presidente Hipólito Yrigoyen en 1928. Su carrera comenzó a despegar y se volvió muy solicitada, especialmente entre las clases altas: muchas mujeres querían tener un retrato pintado por Emilia Bertolé.



Si bien este tipo de trabajos le permitió sostener económicamente a su familia y establecerse durante algunos años en Buenos Aires, también implicó una carga en su rutina. Emilia deseaba pintar con mayor libertad; le apasionaban los paisajes y no encontraba el tiempo para explorar ese estilo que tanto anhelaba. Además, siempre sintió una fuerte responsabilidad con su familia, especialmente hacia su hermana.
Los compromisos económicos hicieron que desistiera de realizar el tan esperado viaje de formación a Europa, habitual entre los artistas de la época. Allí se nutrían de las nuevas corrientes —las vanguardias— y regresaban con una renovación estética.
Sus retratos se destacaron por la delicadeza, el misterio y un tono de nostalgia, especialmente en la fusión de las figuras con el fondo. Durante su estadía en Buenos Aires se vinculó con la vida bohemia y formó parte de circuitos artísticos no solo en las artes plásticas, sino también en la literatura. En 1920 fue aceptada en el grupo Anaconda, presidido por Horacio Quiroga, con quien mantuvo una gran amistad, al igual que con Alfonsina Storni.
En 1927 logró publicar su primer libro, Espejo en sombras, un compilado de sus poemas.
Lacerante perfume de violetas…
Lacerante perfume de violetas.
Como la lluvia estoy de gris y fría;
leves chispas doradas del otoño
se apaga en el gris de mis pupilas.
No sé por qué suspiro ni por quién.
Mi mano busca, acaso, una mano perdida
o me voy, taciturna viajera, tras un antiguo sueño
que ha quemado mi vida.
Bandera desgarrada, mi pañuelo violeta
en el aire se agita.
Diciembre, 1944

Su obra, tanto visual como literaria, fue publicada en distintos periódicos de la época, lo que la convirtió en una figura destacada y popular. Su imagen estaba envuelta en cierto misterio: una mujer delicada, frágil, hermosa e inteligente que no estaba —ni tenía intenciones— de casarse. Este aspecto, nada menor para la época, la llevó a responder esa pregunta en numerosas ocasiones. Si bien no le faltaron propuestas, nunca contrajo matrimonio.
Su vida fue mayormente hogareña y cercana a su familia. Si bien experimentó la bohemia porteña, pasó la mayor parte de su vida —y especialmente sus últimos años— en Rosario, junto a su hermana y su madre. En una ocasión escribió: “…estoy desganada, vivo descontenta (…) He sido precoz y de aquí probablemente mi cansancio (…) Presiento que voy a morir joven (…) Quisiera morir en posesión de la belleza y estar sola en ese instante” (**).
Y así fue: Emilia falleció en 1949 a causa de un derrame cerebral, poco después de la muerte de su madre, hecho que la afectó profundamente. Inicialmente fue sepultada en el cementerio La Piedad, junto a su madre. En el quinto aniversario de su fallecimiento, la Municipalidad de Rosario trasladó sus restos a un nicho a perpetuidad en el cementerio El Salvador.
Gran parte de su obra pertenece a la colección del Museo de Bellas Artes Juan Bautista Castagnino. Otras piezas se encuentran en el Museo Nacional de Bellas Artes, en colecciones privadas y en su ciudad natal, El Trébol, donde el museo local conserva un vasto archivo personal donado por su prima Teresa: fotografías, cartas, recortes periodísticos y obras. Es una joya de nuestro patrimonio argentino.

Referencias
Fuentes: Emilia Bertolé Obra poética y pictórica. Nora Avaro. EMR
(*) Emilia Bertolé | Obra poética y pictórica. Nora Avaro. EMR
(**) Emilia Bertolé | Obra poética y pictórica. Nora Avaro. EMR
El libro de versos, 1921


