
Al despuntar el siglo XX, la ciudad de Rosario era la segunda más poblada de Argentina. Contaba con 112 mil habitantes, de los cuales el 41.5% habían nacido en el extranjero. Su rápido desarrollo se explica por la importante posición que la ciudad desempeñaba en el modelo económico nacional basado en la producción de bienes primarios para la exportación (conocido como “modelo agroexportador”). El puerto sobre el Paraná y el ferrocarril fueron elementos claves en este sentido. A ellos se sumaban algunas fábricas, talleres y la construcción urbana. Estos fueron los rubros donde se emplearon gran parte de los nuevos habitantes de la ciudad.
Entre las fábricas de la ciudad destacaba la Refinería Argentina de azúcar, fundada a fines del siglo XIX por el empresario Ernesto Tornsquit. Ubicada en Gorriti al 100 –corazón del actual Barrio Refinería–, era la fábrica más grande y moderna de la ciudad. En ella se empleaban cerca de mil trabajadores –su número variaba según la estacionalidad del trabajo– dedicados a la refinería de azúcar tucumana. Si bien la fábrica y sus talleres llamaban la atención por su tecnología de vanguardia –según la historiadora Agustina Prieto, durante los primeros años de su existencia fue la única industria de su tipo en el país– las condiciones de trabajo eran pésimas, con jornadas laborales de 12 horas y sueldos bajos, sobre todo entre las obreras mujeres. En una época donde no existían los derechos laborales y el Estado no se preocupaba por las condiciones de vida de la clase obrera, los trabajadores debían poner la mente y el cuerpo en acción si querían mejorar su realidad material. Eso fue lo que hicieron los trabajadores de la Refinería en el mes de octubre de 1901.



Tras realizar distintas acciones de protesta que fueron ignoradas, los obreros se reunieron en asamblea para debatir las acciones a tomar. Estos eventos contaban con el apoyo de militantes anarquistas. Como señala el historiador Pablo Menotti, desde 1896 el anarquismo comenzó a apostar por la organización sindical como vía para impulsar la revolución. Entre 1900 y 1901, el anarquismo rosarino conformó la Federación Obrera Local —integrada a la Federación Obrera Argentina—, organismo que impulsó a los trabajadores de Refinería a llevar adelante una huelga en reclamo de mejores condiciones laborales. La asamblea obrera resolvió crear un comité de huelga y redactar un documento con sus principales demandas para presentarlo a la dirección de la empresa. Dicho comité estaría presidido, en calidad de secretario, por el escritor y dramaturgo uruguayo Florencio Sánchez.
De acuerdo con la nota reproducida por el diario anarquista La Protesta Humana, al conocerse que los trabajadores presentarían un pliego de demandas -que incluía la reducción de la jornada laboral a ocho horas y aumentos salariales-, Octavio Grandoli, jefe político de la ciudad, se ofreció a actuar como mediador entre los obreros y la empresa. A instancias de Grandoli, la patronal aceptó que una comisión de trabajadores ingresara a la fábrica para entregar el documento. Sin embargo, al advertir que entre los integrantes de la comisión había militantes anarquistas, el jefe político ordenó su detención inmediata.
Ante este hecho los trabajadores comenzaron a dispersarse. Un grupo de aproximadamente doce obreros, entre los que se encontraba Cosme Budislavich, intentó detener el carro que trasladaba a los huelguistas detenidos. Fue entonces cuando la situación se tornó violenta: la policía comenzó a disparar contra los trabajadores, que corrían para huir del lugar. Según La Protesta Humana, Budislavich escapó corriendo hacia lo que hoy es Boulevard Avellaneda, saltó el alambrado de las vías y mientras cruzaba una quinta donde había una cancha de bochas, fue alcanzado por una bala que le atravesó la nuca, matándolo en el acto. Grandoli y un policía de apellido Mazza fueron identificados como los culpables del hecho. La noticia tuvo repercusión a nivel nacional: por primera vez un obrero era asesinado en una manifestación.

¿Quién era Cosme Budislavich? De origen croata, cuando esta nación era parte del desaparecido Imperio Astro-Húngaro, tenía poco más de 30 años. Era uno de los tantos hombres que habían llegado al país en busca de trabajo. Se empleaba como elevador en los talleres de la Refinería. Las autoridades argumentaron que se trataba de un anarquista peligroso, pero Budislavich no era conocido entre los anarquistas ni formaba parte de ningún centro obrero. Su nombre se hizo tristemente célebre tras su asesinato en manos de las fuerzas de seguridad, episodio que marcó un punto de inflexión en las relaciones entre el Estado y el movimiento obrero.
La muerte de Budislavich no puso fin a los conflictos en torno a la Refinería sino que los recrudeció. Como señala la historiadora Agustina Prieto (2021) en los días que siguieron al suceso la ciudad estuvo “en pleno estado de guerra” con manifestaciones masivas, detenciones arbitrarias de militantes anarquistas y disputas por el espacio público. En primer lugar, se desató un enfrentamiento con las autoridades por la negativa a entregar el cadáver a los trabajadores. El cuerpo de Budislavich reposó en la morgue varios días en un intento de evitar que su sepelio se convierta en un acto político de repudio y oposición al gobierno.

El 23 de octubre se declaró la huelga general en Rosario en repudio por el homicidio del trabajador. Esta tuvo alto acatamiento, e incluso dueños de algunos establecimientos permitieron a sus trabajadores participar de las manifestaciones (en esta época el derecho a huelga no existía) Al día siguiente se realizó una marcha acompañando al cortejo fúnebre que llevaba los restos de Budislavich. Este estuvo encabezado por sesenta mujeres que portaban banderas rojas enlutadas acompañara los restos hasta la tumba. El 25 de octubre se realizó una masiva manifestación repudiando el asesinato. A este último acto asistieron alrededor de 8.000 personas, entre ellas figuras socialistas y anarquistas como Juan B. Justo, Enrique Dickmann, Adrián Patroni y Virginia Bolten. Todas fueron movilizaciones masivas que mostraron la fuerza del movimiento obrero y la gran presencia que el anarquismo había logrado en el mismo durante esos años.
En el año 2002, casi cien años después de estos hechos, el Concejo Municipal de la ciudad de Rosario dispuso que una plazoleta ubicada entre la Avenida Carballo y el Pasaje Estrada llevara el nombre de Cosme Budislavich. Quizás en esta decisión haya influido el contexto nacional. Unos pocos meses antes, en diciembre de 2001, el país había vivido jornadas de lucha popular y violenta represión que se cobraron la vida de más de 40 argentinos en manos de las fuerzas de seguridad. El caso Budislavich inaugurará una triste constante de las luchas obreras del siglo XX : el uso desmedido de la fuerza contra los manifestantes. Por esto, plazoleta Budislavich constituye un reconocimiento no solo a este obrero asesinado, sino también a todos los trabajadores y trabajadoras que dieron (y dan) su vida en la lucha por los derechos laborales que hoy gozamos.
Fuentes
Prieto, A. (2021). La comunidad obrera del barrio Refinería de Rosario en los inicios del siglo XX. En M. Z. Lobato (Ed.), Comunidades, historia local e historia de pueblos: Huellas de su formación. Prometeo Editorial.
Prieto, A. (2000). Usos de la “cuestión obrera”, Rosario, 1901-1910. En J. Suriano (Comp.), La cuestión social en Argentina, 1870-1943 (pp. correspondiente si se conoce). La Colmena.
Abad de Santillán, D. (2005). La FORA: Ideología y trayectoria del movimiento obrero en la Argentina (1.ª ed.). Libros de Anarres. (Obra original publicada en 1933).
Memoria Libertaria Na Galiza (+)
Conclusión (+)


