Casa Discepolín volvió a encontrarse con su gente: memoria, nostalgia y preguntas en El Cairo

Más reciente

En la pantalla, Chiqui González canta Carta a Papá de Marilina Ross. En la sala de El Cairo, algunas personas empiezan a acompañarla en voz baja. La canción avanza y, de a poco, aparecen más voces entre las butacas, como si quienes están ahí no necesitaran pensar demasiado para recordar la letra. Durante unos minutos, la película deja de ser solamente un registro del pasado: algo de aquella obra que Casa Discepolín hizo hace más de cuarenta años vuelve a suceder en una sala de Rosario, esta vez con quienes la recuerdan cantando desde sus asientos.

Quizás sea difícil encontrar una escena que explique mejor qué ocurrió el sábado 25 de julio en el estreno de Casa Discepolín. Érase una vez una comuna teatral, el documental de Juan Carlos Frillocchi. Porque la nostalgia que apareció esa noche no estaba solamente en las cabezas canosas que ocupaban buena parte de las butacas, ni en quienes habían viajado desde Buenos Aires y otras ciudades para volver a encontrarse con una historia que también fue parte de sus vidas. Estaba en una canción que todavía podían cantar juntos, en los recuerdos que aparecían apenas alguien reconocía un nombre en la pantalla y en esa sensación extraña de estar viendo un lugar que ya no existe, pero que durante un rato volvía a reunir a quienes alguna vez lo habitaron.

Antes de que comenzara la película, El Cairo ya tenía algo de reencuentro. El tango sonaba desde los parlantes mientras la gente entraba a la sala y buscaba sus lugares. Había llegado acompañada por tres personas que no conocían la historia de Casa Discepolín y me preguntaba qué iban a pensar cuando aparecieran por primera vez esos nombres, esas caras, esas escenas de una Rosario que para otros estaba todavía demasiado cerca.

Delante nuestro, una niña caminaba con su mamá. Antes de sentarse, ella le señaló la pantalla, las butacas, le explicó un poco qué iban a ver. Más atrás, los abrazos se estiraban unos segundos más de lo habitual, aparecían nombres que hacía tiempo no se pronunciaban y se armaban promesas de juntadas para después de la función. Había algo de ceremonia en ese entrar al cine: algunas señoras llevaban sacos particularmente elegantes para una noche de julio que, aunque no era demasiado fría, estaba cargada de humedad. El saco, el peinado y cierto glamour parecían formar parte también de la ocasión.

Entre quienes llegaban para reencontrarse con una parte de sus vidas estaban también quienes apenas comenzaban a conocerla. Algunos habían formado parte de Casa Discepolín; otros habían viajado desde Buenos Aires especialmente para el estreno. Había quienes conocían a Discépolo, el dramaturgo, compositor y poeta que inspiró el nombre del espacio, pero nunca habían sabido qué había ocurrido con aquella casa rosarina. Para unos, la función era una vuelta. Para otros, una primera entrada a una historia que hasta entonces no les pertenecía.

La función tuvo también un momento de homenaje a Mario Piazza, documentalista rosarino y amigo de Frillocchi. Cuando apareció su nombre, la sala respondió con un aplauso que se sintió distinto a los anteriores: no era solamente reconocimiento, también había afecto. Piazza forma parte de la historia de esta película incluso sin haber podido verla terminada. Para llegar hasta ahí, Frillocchi pasó cuatro años reuniendo archivos y realizando 31 entrevistas entre Argentina y Europa, siguiendo las huellas de una experiencia que había terminado en 1987 y que, sin embargo, todavía conservaba suficientes rastros como para volver a armarse frente a una pantalla.

Después de tantos años, había que volver bastante más atrás para entender cómo había empezado todo.

Arteón y Casa Discepolín: teatro, política y cultura en Rosario

La historia comienza en Arteón, el espacio que Néstor Zapata fundó en 1965 y que se convirtió en uno de los puntos de encuentro de una generación de artistas y militantes políticos y culturales. Allí convivían el teatro, el cine, la formación artística y una necesidad que atravesaba buena parte de lo que hacían: encontrar un lugar desde donde pensar lo que estaba pasando.

“Era sobre todo refugio, el sótano”, recuerda Zapata en el documental.

La palabra adquiere otro peso cuando se escucha desde el presente, porque ese refugio existía durante una dictadura y porque reunirse, hacer teatro, discutir y hacerse preguntas también significaba encontrar un espacio donde continuar pensando cuando afuera hacerlo podía resultar peligroso.

En Arteón, aquella generación empezó a hacerse preguntas antes incluso de encontrar las formas para responderlas. ¿Qué podía hacer el arte frente a lo que estaba sucediendo? ¿Cómo podía el teatro hablar de una realidad que muchas veces parecía imposible de explicar?

“El teatro es otro lenguaje”, dice Chiqui González.

La frase aparece mientras el documental recupera ¿Cómo te explico?, una obra que González dirigió y que, vista desde el contexto político, social y cultural en el que fue creada, adquiere un sentido particular. Allí aparecía la idea de que el mundo estaba bien, una afirmación que inevitablemente chocaba con todo aquello que estaba ocurriendo alrededor y que hacía difícil aceptar que realmente todo estuviera bien.

Quizás el teatro no necesitará resolver esa contradicción, sino que podía ponerla frente a los ojos de otros, hacerla canción, escena, pregunta.

Y algunas de esas canciones quedaron.

El registro de las canciones de ¿Cómo te explico? que todavía circula en YouTube conserva comentarios escritos a lo largo de los años por personas que la recuerdan desde lugares muy concretos de sus vidas. Alguien cuenta que aquella obra marcó su adolescencia; otra persona recuerda haberla visto en quinto año de la secundaria, hace casi cuatro décadas; alguien más cuenta que fue su primera experiencia teatral, cuando tenía apenas 13 o 14 años. Incluso aparece quien pregunta por el guion porque, tantos años después, lo perdió y quisiera volver a tenerlo.

No recuerdan necesariamente la obra completa. Recuerdan fragmentos: una canción, una fotografía, un personaje, una escena.

La memoria también funciona así: guarda algunas cosas y deja que otras se pierdan.



Por eso, cuando en El Cairo aparece Carta a Papá y Chiqui empieza a cantar, la escena encuentra una continuidad inesperada con todo aquello. Primero se escucha su voz desde la pantalla. Después aparece alguna entre las butacas. Luego otra. Y de pronto la canción ya no pertenece solamente a quienes están dentro de la película.

Quienes la habían escuchado hace más de cuarenta años vuelven a cantarla juntos.

Durante unos minutos, la sala de El Cairo deja de ser solamente el lugar donde se proyecta una historia. Las voces de quienes están sentados ahí se mezclan con las de quienes aparecen en pantalla y algo que pertenecía a una obra del pasado vuelve a suceder en el presente.

La película no solamente muestra cómo fue Casa Discepolín. Consigue, por un instante, hacer que algo de aquella experiencia vuelva a existir.

Paulo Freire, teatro y cultura popular en Casa Discepolín

El espíritu de Arteón, cuenta el documental, era innegable en Casa Discepolín. Pero aquella generación no quería limitarse a continuar lo que había aprendido allí: también quería probar qué ocurría cuando las preguntas sobre el arte se trasladaban a la manera de trabajar, de decidir y de convivir.

En Casa Discepolín no había una única voz que marcará el rumbo. Las decisiones se discutían en asamblea y hasta aquello que podía parecer insignificante podía terminar sobre la mesa. La democracia no quedaba entonces reducida a una idea política: se volvía una práctica cotidiana, con todo lo que eso implicaba. Había que escuchar, argumentar, ceder, insistir y, muchas veces, volver a discutir.

Y también se leía.

Entre los textos que circulaban estaba Pedagogía del oprimido, de Paulo Freire. Leer a Freire en aquellos años no era solamente incorporar una referencia teórica: era encontrarse con preguntas sobre la educación, las relaciones de poder, los sectores populares y las formas en que una sociedad podía construir otras maneras de vincularse. Esas discusiones no quedaban encerradas en los libros. Formaban parte de la misma búsqueda que después aparecía en el escenario.

Por eso es difícil encontrar un estilo artístico único que defina a Casa Discepolín. Lo que aparece, en cambio, es una búsqueda permanente del lenguaje. Teatro, danza, música y otras expresiones convivían dentro de una experiencia en la que la pregunta no parecía ser solamente qué obra hacer, sino qué podía decir el arte sobre aquello que estaba sucediendo alrededor.

Ahí está una de las claves para entender por qué Casa Discepolín dejó una marca tan profunda en la cultura rosarina, ya que no se trataba únicamente de compartir un edificio ni de reunir grupos diferentes bajo un mismo nombre sino que había una intención más ambiciosa: poner en común las ideas, las lecturas, las discusiones y también las diferencias para descubrir qué podía aparecer de ese encuentro.

El arte no estaba separado de la vida que lo rodeaba. Podía hablar de ella, discutirla, incomodarla y, sobre todo, abrir preguntas que no necesariamente tenían una respuesta al final de la obra.

En eso también consistía hacer teatro.



La expansión de Casa Discepolín en la cultura rosarina

En 1986 llegó una nueva sede, sobre Sarmiento al 560. Después de aquellos primeros años en Mendoza, Casa Discepolín tenía ahora un espacio mucho más grande, capaz de alojar una experiencia que también había crecido. La película recupera ese momento junto con una Rosario que empezaba a cambiar culturalmente: aparecen nuevas músicas, nuevos grupos y un imaginario popular que se expandía por otros lugares de la ciudad, con Los Redondos y Sumo como parte de ese paisaje.

La casa parecía haber crecido al mismo tiempo que los sueños de quienes la habitaban.

Pero una cosa era imaginar cuánto podía hacerse allí y otra, bastante más difícil, sostenerlo. El espacio era mayor, las actividades se multiplicaban y mantener una estructura semejante requería recursos que empezaban a faltar. En 1987, Casa Discepolín cerró sus puertas.

Lo que ocurrió después es, para Frillocchi, casi más importante que el cierre.

“La casa no terminó. Explotó”, dice.

No hacia adentro, sino hacia distintos lugares de Rosario. Quienes habían compartido aquella experiencia siguieron caminos diferentes: algunos continuaron haciendo teatro; otros se volcaron a la educación, la gestión cultural, el cine o nuevos proyectos colectivos. Lo que durante unos años había convivido bajo un mismo techo comenzó a aparecer disperso por la ciudad, llevado por las personas que habían pasado por allí.

“Si no hay entusiasmo, no hay nada que hacer”, dice Briski.

Apenas termina la frase, alguien en la sala empieza a aplaudir. Algunas personas se suman y, durante unos segundos, vuelve a ocurrir algo que ya había pasado con ¿Cómo te explico?: quienes están frente a la pantalla intervienen en lo que están viendo. La voz de Briski, grabada durante la investigación, encuentra una respuesta en una sala llena más de cuarenta años después.

Por eso la nostalgia que todavía despierta no parece estar ligada únicamente a la desaparición de una casa. También tiene que ver con la sensación de haber perdido una experiencia difícil de repetir: un grupo de personas muy diferentes que consiguió construir algo en común y hacerlo crecer hasta que las paredes quedaron chicas.

Los lugares que alguna vez hicieron a Rosario 

Hacia el final del documental aparece una carta de Reynaldo Sietecase, fechada en octubre de 1987, pocos meses después del cierre de Casa Discepolín. La fecha importa porque no habla de la experiencia desde la distancia de varias décadas sino de cuando todavía estaba terminando, cuando la casa acababa de cerrar y quienes la habitaron todavía estaban intentando entender qué significa que ese lugar ya no esté.

Después de cuatro años de investigación, Frillocchi elige terminar ahí, con una voz que pertenece al mismo momento en que Casa Discepolín deja de existir como espacio físico. No hay una explicación definitiva de lo que fue ni una conclusión que ordene todo lo que acabamos de ver. Hay una carta escrita cuando la historia todavía estaba demasiado cerca como para convertirse en nostalgia.

Cuando las luces de El Cairo vuelven a encenderse, la película termina, pero algo de aquella historia queda dando vueltas en la sala. En los recuerdos de quienes la vivieron, en las voces de quienes cantaron desde sus butacas y también en quienes llegaron por primera vez a una historia que hasta esa noche desconocían, además de las lágrimas y sollozos que se escuchaban en medio de los aplausos.

Salir del cine después de una historia así cambia la mirada. Las calles siguen siendo las mismas, pero algunas direcciones empiezan a guardar otra cosa: un teatro que ya no está, una casa demolida, un bar que cerró, una sala donde alguna vez se ensayó una obra que alguien todavía recuerda. 

La primera sede de Casa Discepolín funcionó en Mendoza 862, donde estaba Café de la Flor, un espacio que durante la dictadura también fue punto de encuentro de la cultura rosarina y estuvo vinculado a la escena de la Trova Rosarina. Cerró, volvió a abrir años más tarde y continuó recibiendo músicos y actividades culturales hasta que, el 12 de octubre de 2015, una descarga eléctrica provocó la muerte de Adrián Rodríguez, bajista de Raras Bestias, mientras la banda tocaba allí. Después de aquello, Café de la Flor cerró definitivamente y el edificio fue demolido.

Arteón tampoco existe físicamente, pero buena parte de lo que allí se construyó siguió repartido entre las personas que pasaron por sus salas, los artistas que formaron y los proyectos que continuaron después. Incluso también podemos hablar de Berlín, que hace pocos meses reunió a miles de personas en el Pasaje Simeoni para despedirse después de más de dos décadas de actividad, donde hoy queda el edificio pero ya no el espacio cultural que durante años fue escenario de teatro, música, poesía, cine, fotografía y encuentros entre generaciones.

Son historias distintas y no hace falta ponerlas en el mismo lugar. Pero todas recuerdan algo que Rosario conoce demasiado bien: los espacios culturales pueden desaparecer incluso cuando lo que ocurrió en ellos todavía sigue vivo.

Porque una comunidad no siempre termina cuando cierra el lugar donde se encontraba.

Eso se volvió evidente cuando terminaron los créditos de Casa Discepolín. Érase una vez una comuna teatral. Las luces de El Cairo se encendieron y el público no salió inmediatamente. Jóvenes, adultos, infancias, personas que habían formado parte de Casa Discepolín y otras que habían llegado sin conocer prácticamente nada de aquella historia se quedaron conversando en pequeños grupos.

Algunos tenían recuerdos para compartir. Hablaban de las obras que habían ido a ver, de personas que aparecían en la pantalla, de aquellos años en los que reunirse y hacer teatro no era una actividad inocente. Contaban lo difícil que había sido vivir la cultura durante la dictadura y cómo esos espacios funcionaban también como lugares de encuentro y resistencia.

Otros no tenían ninguna anécdota propia. Habían llegado al cine porque encontraron el nombre del documental, porque conocían a Discépolo o simplemente porque algo de aquella historia les había llamado la atención. Y, sin embargo, también tenían algo para decir.

Entre las conversaciones aparecía una frase que atravesó varias de ellas: qué bueno sería que existiera algo así hoy. Que ganas de formar parte de un grupo así. Qué falta hacen lugares donde encontrarse, discutir, crear y sentir que lo que uno hace también le importa a otros.

Ahí estaban, mezclados, quienes habían vivido aquella época y quienes la conocían por primera vez; quienes habían pasado años dentro de una sala de teatro y quienes probablemente no habían pisado una hasta esa tarde. Personas con edades, historias, gustos y formas de vestirse diferentes que habían pausado durante unas horas su sábado para encontrarse a las seis de la tarde en El Cairo.

Y después de ver una película sobre una experiencia colectiva, terminaron haciendo algo bastante parecido a aquello que acababan de ver: quedarse juntos para hablar de lo que habían visto.

La diferencia es que esta vez no había una casa que los reuniera.

Había una película.

Y una ciudad.



Eso también permite volver sobre la historia de Casa Discepolín desde otro lugar. No se trata de preguntarse si Rosario puede recuperar exactamente aquella experiencia. La ciudad cambió, las formas de producir y encontrarse cambiaron y cada generación construye sus propias maneras de hacer cultura. La pregunta más interesante es otra: qué espacios estamos creando hoy para encontrarnos con otros, qué proyectos decidimos sostener y qué lugar ocupa el arte en una ciudad que sigue transformándose.

Casa Discepolín permite mirar hacia atrás, pero también obliga a mirar alrededor. A prestar atención a las salas que todavía están abiertas, a los bares donde se organizan recitales, a los centros culturales, a los teatros independientes, a las bibliotecas, a los grupos que ensayan y a las personas que se juntan a imaginar algo que todavía no existe.

Porque una ciudad también se construye ahí. En las personas que se encuentran un sábado a las seis de la tarde y deciden compartir una función. En quienes reconocen una canción cuarenta años después. En quienes escuchan una historia que no vivieron y salen del cine queriendo saber más. En quienes recuerdan un lugar que ya no está y en quienes empiezan a preguntarse qué lugares de la ciudad están habitando ellos.

La cultura rosarina no está solamente en aquello que consiguió permanecer. También está en todo lo que una comunidad decide volver a poner en circulación.

Por eso caminar Rosario después de ver Casa Discepolín es caminar una ciudad con más capas. Mendoza 862 deja de ser solamente una dirección. Arteón deja de ser un nombre. Berlín deja de ser solamente un bar que cerró. Detrás de cada lugar aparecen personas, obras, canciones, discusiones y encuentros que alguna vez hicieron de esas paredes algo irrepetible.

Conocer una ciudad también implica aprender a mirar esas huellas y preguntarse qué hacemos con ellas.

Qué recordamos.

Qué sostenemos.

Qué estamos construyendo ahora.

Y qué historias de la Rosario que habitamos todavía no conocemos.

Porque debajo de la ciudad que vemos todos los días hay otra, hecha de lugares que desaparecieron y de comunidades que encontraron la manera de seguir. Una Rosario que no siempre aparece en los mapas, pero que vuelve a asomar cuando alguien cuenta una anécdota, cuando una canción consigue reunir voces después de cuatro décadas o cuando un grupo de desconocidos se queda conversando a la salida de un cine porque una historia les despertó las ganas de hacer algo juntos.

Esa también es la ciudad que habitamos.

Y esa es, justamente, la Rosario que todavía queda por conocer.


Tagged
Tiara Benítez
Estudiante de Ciencias de la Educación. Instagram: @ttiaru11

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *