
En la costa central de Rosario, frente al Monumento Nacional a la Bandera y en el acceso a la Estación Fluvial, se emplaza una embarcación que, aún inmóvil, condensa más de un siglo de historia social y simbólica. Conocida hoy como “La Nave de Zvonimir”, su presencia se ha integrado al paisaje urbano; sin embargo, su origen remite a una trayectoria profundamente ligada al trabajo fluvial y a los procesos migratorios que modelaron la ciudad.
La reconstrucción de esta historia se apoya, en gran medida, en el testimonio de su nieto, Walter Orlandino Beggino, cuyo vínculo con la actividad de los amarradores —que operaban mediante canoas para el amarre de buques de ultramar en las barrancas rosarinas— permitió recomponer la trayectoria de la embarcación y recuperar un fragmento significativo de la historia ribereña local, hoy en retroceso.

La lancha fue construida a comienzos del siglo XX por encargo de Juan Beggino (Giacomo Beggino), inmigrante italiano que, tras un breve paso por Montevideo y Buenos Aires, se radicó junto a su esposa Micaela Revello (Michelina Revello) en Rosario hacia fines del siglo XIX.

En un contexto de expansión portuaria, en el que el río estructuraba buena parte de la economía regional, Juan Beggino impulsó en 1902 la construcción de una embarcación de trabajo en los astilleros de Salvador Alioto. En ese mismo año, su inserción en la vida ribereña de la ciudad también se expresó en otras iniciativas: con motivo de la inauguración del laguito del Parque Independencia, dispuso una serie de botes a remo destinados al uso público, a los que asignó los nombres de sus hijas, gesto que evidencia tanto su arraigo local como su vínculo con las prácticas recreativas emergentes en la ciudad.



Botada al agua hacia 1904–1905, la nave —bautizada “Bichini”— fue concebida para tareas múltiples: transporte de mercaderías, traslado de pasajeros hacia las islas, asistencia a embarcaciones mayores y prestación de servicios para la agencia marina Thompson. El origen de su nombre ha sido, según la memoria familiar, un enigma persistente. El propio Walter Beggino relató que, en una ocasión, un tripulante de origen genovés les comentó —entre risas— que, en el dialecto de su región, el término significaba “sepulturero”. Aunque no existe una explicación definitiva, esta versión forma parte del acervo oral asociado a la embarcación.
Desde el punto de vista técnico, la lancha incorporaba un motor Kelvin monocilíndrico, de origen escocés, reconocido por su robustez y confiabilidad. Este sistema de propulsión, habitual en embarcaciones de servicio, garantizaba un funcionamiento sostenido y eficiente, lo que contribuyó a su prolongada vida útil. Durante décadas, operó en circuitos ribereños que conectaban Rosario con Victoria, integrándose a una dinámica regular de intercambios en el ámbito del Paraná.
A esta trayectoria se suman episodios que, aunque anecdóticos, permiten dimensionar su inserción en la vida cultural de la ciudad. Parte de estos relatos se apoya en documentación conservada por la familia: el libro de rol de la embarcación —registro formal de tripulantes y actividades—, en el que figuran referencias que contribuyen a contextualizar estos acontecimientos y a reforzar su anclaje histórico. Entre ellos, se destaca el testimonio de un paseo fluvial realizado por la actriz Libertad Lamarque, rosarina y figura central del cine y la música rioplatense, quien, tras su matrimonio con Alfredo Malerba, también rosarino, habría solicitado conocer el río Paraná en una travesía organizada por la familia Beggino, en el marco de vínculos de cercanía entre ambas familias.



Otro episodio remite al encuentro, en las inmediaciones del puerto, con el músico Horacio Guarany, oriundo de Las Garzas, en el Chaco santafesino. Según este testimonio, el artista, en búsqueda de un lugar donde comer pescado, fue invitado a compartir una comida en el ámbito informal donde amarraba la “Bichini” y donde solían reunirse los trabajadores del río. La escena dio lugar a una extensa sobremesa atravesada por relatos y experiencias compartidas, antes de su regreso a los compromisos profesionales. Este tipo de situaciones permite advertir cómo la embarcación y su entorno funcionaban como espacios de sociabilidad donde convergían trabajadores, vecinos y figuras públicas.
Juan Beggino falleció en 1914, un año antes de la emisión de su certificado de motorista por parte de la Prefectura General de Puertos (1915). Este desfasaje temporal introduce una particularidad en la trayectoria documentada del propietario de la embarcación: la acreditación formal de una práctica que ya ejercía en vida se produjo de manera póstuma, evidenciando las dinámicas administrativas de la época y la frecuente distancia entre el ejercicio efectivo de un oficio y su reconocimiento institucional.

Tras la muerte de Juan Beggino en 1914, la embarcación permaneció dentro del ámbito familiar, dando lugar a una continuidad generacional clave para comprender tanto su persistencia material como su inserción en la economía ribereña. Inicialmente, quedó bajo la responsabilidad de uno de los tíos de Walter Beggino, quien la utilizó como medio de subsistencia, sosteniendo mediante su explotación las actividades vinculadas al transporte fluvial. Este traspaso consolidó un saber práctico transmitido entre generaciones, asociado al manejo de embarcaciones y la navegación en el Paraná.
Posteriormente, en el contexto de desacuerdos familiares y tras el fallecimiento de su abuela Micaela Revello en 1920, la conducción pasó a Orlandino Beggino, su padre, quien asumió su gestión a temprana edad en continuidad con la tradición heredada. Bajo su dirección, la “Bichini” continuó operando como herramienta de trabajo, profundizando su inserción en las dinámicas del río y en un entramado social en el que este funcionaba como espacio de interacción e intercambio.


Ya en la segunda mitad del siglo XX, en el marco de transformaciones en la actividad portuaria, la embarcación fue transferida en 1966 a Walter y a su hermano Rubén, quienes la mantuvieron en funcionamiento como sustento familiar hasta comienzos de la década de 1980. Esta etapa final prolongó la lógica de uso heredada, aunque en un contexto cada vez más adverso. El deterioro material y los cambios en la dinámica portuaria marcaron el cierre de su vida operativa.

Hacia 1983, tras la disolución de la sociedad entre ambos, la lancha fue retirada del agua con el propósito de ser reparada. Trasladada al astillero Traferri, el proyecto quedó inconcluso debido al cierre del establecimiento, que se encontraba en convocatoria de acreedores. A ello se sumaron desacuerdos entre los propietarios respecto de los criterios de restauración, lo que impidió cualquier intervención efectiva.
Mientras permanecía en tierra firme en la zona del Saladillo, surgió un intento municipal —durante la gestión del intendente Héctor Cavallero— de incorporarla como pieza de exhibición en el proyecto del futuro “Museo del Saladillo”. La iniciativa no prosperó. De acuerdo con el testimonio familiar, la evaluación negativa realizada por un funcionario, centrada en su estado material, contrastó con una valoración distinta por parte de ellos: la de la embarcación como documento histórico, más allá de su deterioro. Sin un destino definido, la lancha permaneció fuera del agua durante varios años.

Su resignificación se produjo en la década de 1990, en un contexto de revalorización de las identidades migratorias. El arquitecto Dražen Juraga, cónsul de Croacia en Rosario, encontró en esa estructura la posibilidad de materializar una idea simbólica. Inspirado en el poema La Nave de Zvonimir, de Vladimir Nazor —donde Croacia es representada como una embarcación encallada que resiste los embates del tiempo—, propuso convertir la antigua lancha en monumento.
Los recortes periodísticos permiten reconstruir ese proceso: en mayo de 1997, durante las celebraciones del Día del Estado croata, se formalizó su emplazamiento. La prensa destacó tanto su valor histórico como su condición de testimonio material del desarrollo portuario rosarino, y registró la participación de autoridades diplomáticas junto al entonces intendente Hermes Binner.



En este proceso se configura el pasaje de un objeto utilitario a un emblema, en el que la imagen de una nave que resiste el paso del tiempo se proyecta sobre la lancha rosarina, que, fuera del agua y detenida, se constituye en un soporte visible de la memoria colectiva.
La denominación “La Nave de Zvonimir” remite, además, a “Dmitar Zvonimir”, figura representativa de la tradición histórica croata, evocada como símbolo de identidad nacional. De este modo, el monumento se ha consolidado, con el tiempo, como un símbolo que articula distintas capas de sentido al conjugar la historia de una familia inmigrante italiana, la memoria del trabajo fluvial rosarino y la experiencia migratoria croata —atravesada por desplazamientos, conflictos y procesos de reconstrucción identitaria—, enlazando trayectorias de diversos orígenes, que encontraron en nuestra ciudad un espacio para su inserción social, laboral y cultural.

Para la familia Beggino —y en particular para Walter— su permanencia no se agota en el valor patrimonial o conmemorativo, sino que adquiere un sentido más profundo en su apropiación cotidiana. Si en otro tiempo la lancha transportó mercaderías y tripulantes a lo largo del Paraná, en el presente alberga una forma distinta de tránsito, vinculada a los niños que la recorren, la habitan y la reinventan en el juego. En esa nueva condición, la nave no ha dejado de cumplir una función, sino que la ha transformado, pasando de instrumento de trabajo a soporte de experiencias y de vehículo de circulación a escenario donde se proyecta, de manera viva, una memoria que continúa en movimiento.
Así, “La Nave de Zvonimir” no constituye solo un homenaje a una colectividad específica. Es también una forma de narrar, a través de un objeto concreto, la experiencia más amplia de quienes llegaron desde otros territorios y encontraron en el río —y en la ciudad— un lugar donde arraigar.



