Casa Discepolín: el espacio donde el teatro rosarino independiente aprendió a discutir, crear y soñar en colectivo

Lugares que ya no están Más reciente

Casa Discepolín cerró hace más de cuarenta años. Sin embargo, nunca desapareció. “Cuando cayó, explotó”, resume el director Juan Carlos Frillocchi. De esa explosión nacieron grupos de teatro, festivales, gestores culturales, docentes, artistas y proyectos que todavía hoy forman parte de la identidad rosarina, como Rosario Imagina, el Tríptico de la Infancia y buena parte del teatro independiente de la ciudad. 

“Lo que más miedo me da no es que la película no guste”, dice Juan Carlos Frillocchi mientras revuelve el café y deja escapar una sonrisa. Hace una pausa y corrige la frase.

Lo que más miedo me da es que me digan que la narración no funciona.

Habla como quien todavía sigue editando la película en su cabeza. Después de cuatro años de investigación, 31 entrevistas realizadas entre Argentina y Europa, cientos de horas de archivo y un montaje que lo obligó a tomar múltiples decisiones, se estrena el documental Casa Discepolín. Érase una vez una comuna teatral finalmente llegará al público este sábado 25 de julio a las 18 horas en El Cairo Cine Público, ubicado en Santa Fe 1120. 

“Yo quisiera no estar”, admite entre risas. “Siempre sufro mucho antes de un estreno. Les digo a mis amigos: ‘Díganme cosas lindas, por favor. Decime que el guion está bien. Decime que la narración funciona’”.



No es casual que vuelva una y otra vez sobre esa palabra: narración. Durante nuestra conversación aparece repetidamente. Porque el gran desafío del documental no fue encontrar información sobre Casa Discepolín, sino construir una única historia a partir de decenas de memorias distintas.

Había personas que hablaban desde lugares completamente diferentes. Algunos recordaban más la militancia, otros el teatro, otros la amistad. Yo empecé a preguntarme qué era lo que se repetía en todos esos relatos. Ahí apareció la película.

Lo que descubrió fue mucho más que la reconstrucción de un espacio cultural. Encontró una pregunta que todavía sigue abierta.

Esa pregunta atraviesa el documental. Y también la conversación con Frillocchi.

Porque aunque la película habla de una experiencia nacida hace más de cuarenta años, él insiste en que no la hizo para quienes la vivieron.

“La hice para los jóvenes”, dice con convicción. “Lucía -quien se encarga de la promoción del documental- me repetía todo el tiempo que esta película no podía quedar solamente como un homenaje para la gente grande. Tenía que llegar a quienes hoy están entrando a una escuela de teatro, de cine o de arte. Ojalá salgan preguntándose si todavía es posible construir algo así”.

De Arteón a una nueva forma de hacer teatro

Cada vez que la conversación vuelve sobre Casa Discepolín, Frillocchi hace el mismo movimiento: retrocede. “No se puede entender Casa Discepolín sin entender qué fue Arteón”, dice. Y entonces la historia deja de transcurrir en los años ochenta para viajar casi dos décadas más hacia atrás.

Todo comenzó en 1965. Ese año, Néstor Zapata fundó Arteón, un espacio que con el tiempo se convertiría en uno de los pilares del teatro independiente rosarino. Funcionaba como una usina cultural donde convivían teatro, cine, música, literatura y formación artística. Por sus talleres pasaron cientos de jóvenes que, con los años, terminarían transformando la cultura de Rosario.

“Néstor tenía un sueño muy ligado al cine“, recuerda Frillocchi.

“Siempre quiso hacer películas”.

Ese impulso también se respiraba dentro de Arteón. Allí daba clases Raúl Bertone, quien fue rector de la Escuela Provincial de Cine de Rosario, junto a otros realizadores que comenzaron a registrar en Super 8 lo que sucedía en aquel edificio. Sin saberlo, estaban construyendo un archivo que décadas más tarde se volvería invaluable.

Había alguien que decía: “Esto hay que filmarlo”.

Gracias a esa intuición hoy sobreviven imágenes únicas: adolescentes caminando por los pasillos de Arteón, ensayos, reuniones, funciones y hasta algunos de quienes años más tarde crearían Casa Discepolín cuando todavía eran apenas unos chicos.

Durante la investigación del documental, Frillocchi digitalizó buena parte de ese material y comenta que entre las cintas apareció una escena que terminó modificando la película.

Encontré a Hugo Cardoso y a Nelson Abaca cuando eran nenes. Ellos hoy son los que conducen el documental, pero ahí estaban jugando por los pasillos de Arteón. Cuando vi esas imágenes entendí que tenían que ser el hilo conductor.

Hace una pausa y sonríe.

Esas cosas no se pueden inventar. Te las regala la investigación.

Con el correr de los años, dentro de Arteón empezó a aparecer una inquietud distinta. No tenía que ver con el teatro en sí, sino con la forma de organizarse.

Juan Carlos Frillocchi hace otra pausa antes de explicarlo. Busca las palabras. Después resume una diferencia que atravesará todo el documental.

Néstor Zapata era la cabeza.

No lo dice como una crítica. Al contrario. Reconoce el papel fundamental para construir uno de los espacios culturales más importantes de Rosario. Pero también entiende que una nueva generación empezaba a preguntarse si era posible trabajar de otra manera y esa pregunta encontró una primera respuesta en el Festival Discepolín, realizado en el Teatro Astengo en noviembre de 1981. El encuentro reunía grupos de teatro, danza y distintas expresiones artísticas bajo un nombre cargado de sentido: Enrique Santos Discépolo, dramaturgo, compositor (de Yira y Yira y Cambalache, por ejemplo) y una de las figuras culturales más representativas del pensamiento popular argentino. A sala llena de lunes a domingos, cada noche pasaban más de mil personas por el festival para ver a estos jóvenes teatreros y a muchos de los músicos que luego se reconocerán como la Trova Rosarina. 

No eran tiempos fáciles.

Había controles policiales, razias y censura.

«Era un espectáculo que no era para tanto y, sin embargo, la policía caía igual», recuerda Juan.

Sin embargo, el festival sobrevivió. Y dejó algo todavía más importante que las funciones.

Dejó un grupo de personas que ya no quería volver a trabajar separado, sino compartir un mismo espacio y probar otra forma de organizarse.

Así, en abril de 1982, luego de reformas en el lugar y artistas que se fueron incorporando, a días de iniciada la guerra de Malvinas nacía Casa Discepolín.


Casa Discepolín


Su primera sede funcionó en una casona de Mendoza 862, donde funcionaba el Café de la Flor, otro espacio protagonista de la cultura rosarina. Allí comenzaron conviviendo cuatro grupos teatrales, aunque con el tiempo el espacio fue incorporando muchos más colectivos, artistas y disciplinas.

Pero lo verdaderamente novedoso no era el edificio, sino la manera en que decidían habitarlo.

Mientras la mayoría de los grupos teatrales de la época se organizaban alrededor de un director o una figura central, en Casa Discepolín las decisiones se tomaban en asamblea.

Todo se discutía.

Desde una programación hasta la compra de una lámpara.

Y eso implicaba convivir con personalidades muy fuertes.

Frillocchi sonríe cuando recuerda cómo le describían aquellas reuniones.

Tenías que meterte a discutir con tipos como Chiqui González, Cacho Palma, Miguel Palma, Carlos Jiménez o Rody Bertol. Eran todos leones. Todos sabían argumentar. Todos defendían sus ideas.

Pero enseguida aclara algo que apareció una y otra vez mientras revisaba las treinta y una entrevistas.

Lo interesante es que había una tendencia al acuerdo. No a romper.

Esa frase vuelve varias veces durante la conversación.

Porque, según quienes vivieron aquella experiencia, el objetivo nunca era ganar una discusión, sino encontrar una manera de seguir construyendo juntos.

Frillocchi cree que allí estuvo uno de los mayores logros de Casa Discepolín.

Los liderazgos existían, había artistas enormemente talentosos pero el desafío era que esas figuras no terminaran imponiéndose sobre el resto.

En una de las entrevistas del documental, Rody Bertol recuerda que, cuando alguien perdía una votación importante, el grupo hacía un esfuerzo por contenerlo y no se trataba simplemente de aceptar una derrota sino que había una preocupación genuina por sostener el vínculo.

«Había una sensibilidad muy grande hacia el acuerdo», resume Frillocchi.



Y enseguida aparece otro nombre: Chiqui González.

Cuando habla de ella cambia incluso el tono de voz.

Cuenta una anécdota mínima que, para él, explica buena parte de esa forma de construir comunidad.

Chiqui nunca te decía qué hacer. Te sugería. Me acuerdo que te podía decir: “Me parece que está un poco fresco… ¿no tendrías que ponerte una campera?”. Y vos terminabas poniéndote la campera. Te hacía habitar la pregunta. No te mandaba. Te seducía.

Se ríe. Después agrega otra definición.

Era una encantadora de serpientes.

Para Frillocchi, esa capacidad de persuadir sin imponer ayudó a construir una cultura del diálogo que terminó marcando toda la experiencia de Casa Discepolín.

Pero había algo todavía más profundo que atravesaba a ese grupo. Algo que descubrió recién cuando terminó de escuchar las treinta y una entrevistas completas.

—Había personas muy distintas entre sí. Algunos hablaban desde la militancia política. Otros desde el teatro. Otros desde la danza. Pero había algo que se repetía siempre.

Hace una pausa.

—Lo artístico estaba profundamente impregnado por lo social.

No significaba que todos pensaran igual. Al contrario. Había diferencias. Había discusiones. Es decir, había maneras distintas de entender el arte.

—Cacho Palma hablaba mucho más desde la militancia. Chiqui iba y venía entre esa militancia y un amor enorme por el teatro. Rody entraba desde la militancia y terminaba encontrándose con lo artístico. Eran recorridos distintos, pero siempre aparecía la misma pregunta: ¿para qué hacemos arte?

Para Frillocchi, esa es una de las diferencias más importantes de Casa Discepolín respecto de otras experiencias culturales de la ciudad. Aclara enseguida que nunca pensó esa diferencia como una competencia.

—Hay artistas extraordinarios que hacen una obra simplemente porque responden a una necesidad estética. Y eso es absolutamente válido.

Entonces aparece una de esas imágenes que usa varias veces durante la charla.

—Uno puede subir una escalera y masticar chicle al mismo tiempo.

Se ríe.

Y enseguida desarrolla la idea.

—Podés hacer una historia de amor porque es lo que necesitás contar. O un documental sobre los colores. Y también podés hacer una obra donde el componente social sea muy fuerte. No son cosas incompatibles.

Pero Casa Discepolín eligió ese segundo camino, ya que el arte nunca aparecía separado de la realidad.

Las obras dialogaban con el contexto político, con las desigualdades, con la vida cotidiana y con las preguntas que atravesaban a quienes compartían la casa.

Quizás por eso, mientras habla del documental, Frillocchi insiste en que no quiso hacer únicamente una reconstrucción histórica, sino contar una manera de entender el arte y, sobre todo, una manera de vivirlo.

Cierre de Casa Discepolín y legado

Casa Discepolín no terminó porque se agotara una idea.

Terminó porque las condiciones cambiaron.

El crecimiento del proyecto los llevó a mudarse en julio de 1986 a una sede mucho más grande, sobre Sarmiento al 500, en el edificio que años después sería demolido para dar lugar a una torre de departamentos. La apuesta era enorme: más salas, más grupos, más actividades, pero también llegaron las dificultades.

Desde el retorno de la democracia en 1983 hasta los últimos años del gobierno de Raúl Alfonsín, en el espacio repercutió la crisis económica que cada vez era más profunda. Sostener un espacio de esas dimensiones se volvió cada vez más difícil. A eso se sumaron tensiones internas y el desgaste propio de una experiencia que había crecido mucho más de lo que cualquiera imaginaba.

Casa Discepolín cerró sus puertas en 1987. Sin embargo, Frillocchi insiste en que esa no es la manera correcta de contarlo.

—¿Qué pasó cuando cayó Casa Discepolín? Para mí explotó.

No hacia adentro. Hacia toda Rosario.

La ciudad empezó a llenarse de proyectos impulsados por las mismas personas que habían compartido aquella experiencia.



Rody Bertol estrenó Edipo Rey, una producción monumental montada en el antiguo Hotel Italia —el edificio de Maipú 1065, que hoy es sede de la Universidad Nacional de Rosario— y, tiempo después, dirigiría la Escuela Provincial de Teatro.

Carlos Giménez, protagonista de aquella obra, también tendría un papel central en la formación de nuevas generaciones de actores.

Cacho Palma creó el grupo Rayuela, semillero de numerosos artistas rosarinos.

Miguel Palma fue uno de los impulsores del Instituto Nacional del Teatro, donde trabajó durante dos décadas.

Y Chiqui González llevaría esa manera de pensar la cultura hacia la gestión pública, llegando a ser ministra de Innovación y Cultura de la Provincia de Santa Fe, además de convertirse en la creadora del Tríptico de la Infancia, uno de los proyectos culturales más innovadores del país. 

Entre otros proyectos que efectivamente dejaron una marca en la ciudad, a nivel nacional e inclusive internacional. Cada uno de ellos y ellas, llevaron y llevan consigo esas discusiones que se daban en las cuatro paredes de esa casa que tanto los cobijó al pensar diferentes formas de habitar el mundo y la mirada con un otro a través del arte.

“La casa se cayó”, dice Frillocchi. “Pero las personas siguieron”, sostiene.

Quizás el ejemplo más claro de esa huella haya sido Rosario Imagina. 

En 1990, apenas unos años después del cierre de Casa Discepolin, varios de sus integrantes impulsaron la primera Bienal de la Creatividad Rosario Imagina. El Patio de la Madera recibió entre 60.000 y 70.000 personas durante aquellos días, en una convocatoria inédita para la ciudad. 

Aunque la Bienal no volvió a repetirse con aquella magnitud, el nombre Rosario Imagina logró permanecer en el tiempo y terminó convirtiéndose en uno de los proyectos culturales más reconocibles de Rosario. 

Pero para Juan Carlos Frillocchi, Rosario Imagina significó algo más que un acontecimiento cultural: fue la puerta de entrada a un universo que, con los años, terminaría convirtiéndose en una historia para contar. 

Cuando fue convocado para trabajar en la primera edición de la Bienal, conoció de cerca a muchos de los artistas que habían formado parte de Casa Discepolín. Aquellos encuentros iniciales se transformaron, con el paso del tiempo, en vínculos personales, amistades y años compartidos alrededor del teatro, el cine y la cultura rosarina.

Entre risas, Frillocchi relativiza la comparación.

“No fueron Los Beatles…”. Hace una pausa entre risas. “Pero sí fueron un grupo que dejó marcas por todos lados”.

La película, empezó a gestarse mucho antes. Durante décadas, Frillocchi siguió cruzándose con quienes habían construido aquella experiencia colectiva. Trabajó junto a Rody Bertol en Edipo Rey. Filmó materiales audiovisuales para obras de Cacho Palma. Realizó un documental con Cristina Prates. Compartió años de trabajo con Carlos Giménez, a quien define, sin vueltas, como un amigo.

También acompañó durante sus últimos años al documentalista Mario Piazza, con quien compartía largas caminatas y conversaciones sobre cine.

—Yo iba a caminar con él para sacarle el jugo —recuerda.

Aquellas charlas terminaron siendo una escuela inesperada.

—Le preguntaba cómo había hecho sus documentales, cómo resolvía determinadas escenas… aprendí muchísimo.

Por eso, cuando años más tarde apareció la posibilidad de contar la historia de Casa Discepolín, Frillocchi sintió que todos esos caminos recorridos durante años desembocaban en ese proyecto.

El proceso de hacer el documental

Hay un momento de la charla en el que Frillocchi deja de hablar del documental y empieza, sin darse cuenta, a hablar de sí mismo. Cuenta que durante meses se acostó cerca de las cuatro de la mañana y que hubo noches enteras dedicadas a resolver una sola decisión.

—¿Hago un fundido a negro o paso directo al siguiente plano?

Se ríe. Después aclara que no está exagerando.

—Una película son millones de decisiones. Cambiás una sola cosa… y cambia a otra película.

Para Juan, la verdadera prueba está en que la gente salga diciendo que el documental está bien contado. No en todo lo que investigó, ni en la cantidad de material que reunió, sino en cómo logró transformar una historia atravesada por recuerdos, nombres y afectos en un relato que pueda llegar a alguien que nunca escuchó hablar de Casa Discepolín, y esa es una idea que repite durante toda la conversación: esta película no está pensada solamente para quienes fueron parte de aquella experiencia, sino para quienes no la conocieron, nunca entraron a ella, para un estudiante de teatro, cine, danza o simplemente jóvenes que salgan del cine preguntando si todavía es posible construir algo parecido. 

—Si la película la ven únicamente los que estuvieron en Casa Discepolín, es una reunión de amigos. Y está bien. Pero yo quiero otra cosa.

Y no nos habla de repetir aquella experiencia. Sabe que los tiempos cambiaron, que las formas de organizarse son otras y que hoy muchos proyectos nacen desde lugares diferentes. 

—No tengo la menor idea de si esto puede volver a pasar.

Hace una pausa.

—Hay gente que funciona sola y le va bárbaro. Pero también hay personas que son una colmena.

Y ahí aparece una de las ideas centrales que atraviesa el documental:

—Lo que demuestra Casa Discepolín es que cuando encontrás un grupo, cuando encontrás un lugar donde crear, discutir, equivocarte y seguir perteneciendo… la vida tiene un poquito más de sentido.

Por eso quiere que la película siga circulando. No piensa solamente en una función de estreno, sino en las conversaciones que puedan surgir después. En las escuelas de teatro, en las escuelas de cine, en la vereda de El Cairo, en espacios donde nuevas generaciones puedan encontrarse con esa historia. 

—Estos chicos tienen que verla y discutirla.

Porque, en el fondo, eso era Casa Discepolín. No era un edificio, no era solamente un grupo de teatro sino un lugar donde las ideas se discutían hasta encontrar una acuerdo y donde el arte servía, antes que nada, para encontrarse con otros. 



El estreno y las preguntas que quedan

Cuando le pregunto qué espera que pase el sábado, Frillocchi vuelve a hablar del estreno. Confiesa que todavía le genera estrés.

Pero después de cuatro años de trabajo, hay algo que ya no depende de él. La película empieza a separarse de él y deja de pertenecerle, para ser de quienes la vean. Y quizás ahí aparezca también la conexión más profunda con Casa Discepolín. Una experiencia que terminó hace décadas, pero cuyas preguntas siguen abiertas: 

¿Es posible construir una comunidad artística donde las decisiones se tomen entre todos?

¿Puede el arte seguir siendo un espacio para discutir la realidad y no solamente para representarla?

¿Cómo pensamos y sentimos la cultura rosarina?

¿Todavía hay un lugar para imaginar proyectos colectivos en tiempos donde parece imponerse lo individual?

Frillocchi no intenta responderlas. Prefiere dejarlas flotando. Como si el documental fuera apenas el comienzo de una conversación. 

Una conversación que este sábado 25 de julio, a las 18 horas, empezará en El Cairo Cine Público (Santa Fe 1120), con entrada gratuita. 

Y que, ojalá, continúe mucho después de que termine la función. 



Fuentes:
Entrevista realizada a Juan Carlos Frillocchi el viernes 17 de julio a las 10.30h.
“La Agrupación Discepolín. Articulaciones entre política y teatro en Rosario durante los ochenta”
| biblioteca-repositorio.clacso.edu.ar (+)

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Tiara Benítez
Estudiante de Ciencias de la Educación. Instagram: @ttiaru11

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