La Escuela Serena en Rosario: pedagogía, territorio y experiencia en la obra de las hermanas Cossettini

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En la zona norte de Rosario, en el barrio Alberdi, se desarrolló entre 1935 y 1950 una de las experiencias pedagógicas más intensas, radicales y singulares de la educación argentina: la Escuela Serena, impulsada por Olga Cossettini y Leticia Cossettini en la Escuela N.º 69 “Dr. Gabriel Carrasco”, que en ese entonces funcionaba en bulevar Rondeau 2933.

Formadas en el magisterio y atravesadas por las corrientes renovadoras de la Escuela Nueva, las Cossettini combinaban práctica docente e inquietud cultural. Antes de su llegada a Rosario, Olga ya había desarrollado experiencias en otras localidades de Santa Fe, donde ensayaba formas de enseñanza más abiertas y vinculadas con el entorno, mientras que Leticia aportaba una fuerte impronta artística que marcaría la vida cotidiana de la escuela.



La llegada de Olga a la dirección no implicó sólo un cambio de gestión, sino la apertura de un proceso de transformación profunda. Si bien el contexto normativo, particularmente la Ley Provincial N.º 2364, habilitaba métodos activos, lo que ocurrió en esta escuela excedió ampliamente ese marco: se trató de una experiencia que redefinió qué significaba enseñar, aprender y habitar la escuela. En este sentido, la Escuela Serena fue no solo una innovación pedagógica, sino una intervención cultural situada, anclada en un territorio específico y en una concepción particular de la infancia.

Uno de los rasgos más distintivos fue su profunda inscripción territorial. La escuela no se pensó como una institución aislada, sino como parte activa de la vida social y cultural del barrio Alberdi, un espacio heterogéneo donde convivían familias trabajadoras, pequeños comerciantes, oficios vinculados al río y zonas aún semi-rurales. Este entramado no fue considerado un obstáculo, sino una oportunidad pedagógica.

En un manuscrito, Olga recuerda el impacto que le produjo el barrio al llegar: “Me cautivó el barrio con sus gentes, su río, sus quintas, las arboledas llenas de pájaros (…) Los vecinos eran sencillos, cordiales y los niños el marco adecuado de aquel paisaje”.

Lejos de ser una descripción evocativa, esta mirada expresa una concepción pedagógica: el entorno no era un telón de fondo, sino un contenido en sí mismo. Las calles, los árboles, los oficios y los ritmos del barrio se incorporaban como objetos de observación, reflexión y aprendizaje.

De este modo, Rosario dejaba de ser una referencia abstracta para convertirse en una experiencia concreta, vivida por los niños. La escuela, en lugar de imponer saberes desvinculados de la realidad, partía de la vida cotidiana para construir conocimiento, redefiniendo también el vínculo pedagógico: enseñar no era transmitir contenidos predefinidos, sino organizar, orientar y potenciar la curiosidad.



El proyecto pedagógico, el registro y la relación con el barrio

El proyecto de las hermanas Olga Cossettini y Leticia Cossettini se inscribe dentro de la Escuela Nueva, pero adquiere una singularidad propia al articular sus principios con prácticas profundamente situadas. En oposición a la escuela tradicional, basada en la repetición, la disciplina rígida y la centralidad del docente, la Escuela Serena proponía una pedagogía centrada en la actividad del niño, en su capacidad de observación, creación y expresión.

Esto se traducía en transformaciones concretas: la organización por centros de interés, la integración de áreas en torno a problemas significativos, la flexibilización de los tiempos escolares y la apertura del aula hacia otros espacios como el patio, la calle y el barrio. A su vez, el arte no aparecía como complemento, sino como una dimensión constitutiva del aprendizaje.

Más allá de estas innovaciones, lo central era una concepción diferente del aprendizaje. Como señala Olga: “La escuela les organizó sus juegos, orientó su curiosidad, aguzó su interés y los condujo al estudio y al trabajo ordenado y metódico”.

Acá, la libertad no implicaba ausencia de estructura, sino una forma distinta de construirla a partir del interés del niño. Las prácticas incluían excursiones, observaciones directas y contacto con oficios: “Las salidas (…) para observar un fenómeno natural (…) mirar el trabajo del herrero, del albañil, del jardinero (…) eran actividades que no podían cumplirse en el aula sin el contacto directo”.

El conocimiento, entonces, no se transmitía, sino que se construía desde la experiencia.

En este marco, el registro ocupaba un lugar central. Lo que pasaba en el aula no quedaba ahí: cada experiencia encontraba alguna forma de ser documentada. Diarios de clase, cuadernos escritos en primera persona, fotografías, dibujos y producciones colectivas daban cuenta de una escuela en movimiento.

La escritura de Olga Cossettini articulaba reflexión y experiencia, incorporando las voces de los niños. Registrar no era archivar lo ya hecho, sino una forma de pensar la práctica mientras ocurría y de hacerla circular más allá de la escuela, sin perder su anclaje en lo cotidiano. Así, no solo se producían experiencias pedagógicas, sino también formas propias de narrarlas y convertirlas en conocimiento.



En esa misma lógica se inscriben las Misiones Infantiles de Divulgación Cultural, iniciadas en 1936. Lejos de ser actos escolares tradicionales, eran una prolongación de la vida cotidiana de la escuela. En ellas, los niños llevaban al barrio lo que estaban trabajando: compartían producciones, contaban lo aprendido y conversaban con vecinos en plazas, calles e instituciones cercanas.

Más que exhibiciones, eran espacios de encuentro donde los niños se apropiaban de sus saberes y los ponían en circulación. Como expresaba Olga: “Aspiramos a que el niño sienta como una necesidad natural la de dar”.

En ese movimiento, la escuela desdibujaba sus límites: salía al barrio y, al mismo tiempo, el barrio entraba en la escuela. Enseñar y aprender dejaban así de ser instancias separadas para convertirse en parte de una experiencia compartida.



Arte, cultura, comunidad e infancia

A lo largo de los años, las hermanas Olga Cossettini y Leticia Cossettini fueron tejiendo una red de vínculos que conectaba la escuela del barrio Alberdi con el mundo cultural más amplio. Esa red se construía a partir de cartas, visitas e intercambios: por la escuela pasaron artistas, escritores y educadores, como Gabriela Mistral, mientras sostenían correspondencia con distintas figuras, compartiendo experiencias, ideas y materiales.

De este modo, lo que ocurría en la escuela no quedaba aislado, sino que entraba en diálogo con otros espacios y debates. Muchas de esas huellas se conservan hoy en el Archivo Cossettini, donde cartas, registros y escritos permiten reconstruir no sólo las prácticas, sino también las redes de pensamiento que las sostenían.

En esos intercambios aparece algo más que información: una trama de afinidades, búsquedas comunes y una clara voluntad de hacer circular la experiencia. La propia escritura de Olga deja ver ese tono al dirigirse a sus interlocutores como “queridos amigos” y al reconstruir la escuela como memoria compartida: “Es una crónica, una reseña de memorias (…) con la presencia de amigos que nos visitaron en el transcurso de los catorce años que duró la experiencia”.

Así, la escuela no solo fue un espacio educativo, sino también un punto de encuentro entre pedagogía, arte y vida cultural. En ese entramado, la Escuela Serena construyó una forma particular de comunidad, basada en la articulación entre escuela, familia y barrio: “De esta armoniosa comunidad de escuela, familia y barrio nació nuestra escuela, recibiendo y dando al mismo tiempo”.

La infancia, en este marco, no era pensada como una etapa pasiva, sino como un momento de intensa producción, sensibilidad y capacidad de relación. La escuela generaba condiciones para que los niños desplegaran sus potencialidades, reconociéndolos como sujetos capaces de observar, pensar, crear y compartir.

La mirada de Leticia Cossettini introduce, además, una dimensión crítica frente a la interrupción de la experiencia: “¿Por qué se acaba todo? ¿Por qué no sirven las experiencias de los demás (…) para conducir eso a un plano más alto…?”.

Más que una queja, la pregunta señala la fragilidad de las experiencias pedagógicas innovadoras y su dificultad para sostenerse en el tiempo. En ese gesto, se abre un interrogante más amplio: el de una educación que no avanza de manera acumulativa y donde, muchas veces, las experiencias más ricas quedan interrumpidas o desplazadas.



La interrupción: 1950 y el fin de la experiencia

En agosto de 1950, Olga Cossettini fue cesanteada de su cargo como directora de la Escuela N.º 69. Su hermana, Leticia Cossettini, permaneció un breve tiempo más como maestra, pero poco después también se retiró. Con esa decisión no solo se desplazaba a una directora sino que se desarticulaba una experiencia pedagógica que había logrado proyectarse más allá de la ciudad de Rosario y del propio país.

La cesantía no fue un hecho aislado. Tal como la propia Olga señala en la carta que escribe al entonces ministro de Educación de Santa Fe, Raúl Rapella, la medida se inscribía en una serie más amplia de sanciones aplicadas a docentes, intelectuales y profesionales: “Tal resolución me hubiera tomado de sorpresa si esa misma sanción no hubiese ya sido aplicada a cientos de maestros primarios, profesores secundarios, universitarios, médicos y jueces…”.

Hacia fines de la década de 1940, el clima político en Argentina tendía a reforzar formas más centralizadas y homogéneas de organización social y educativa. En ese marco, comenzaron a consolidarse criterios más rígidos sobre qué debía ser la escuela, qué contenidos debía transmitir y de qué manera debía formar a los ciudadanos. Las experiencias pedagógicas que se apartaban de esos lineamientos por su énfasis en la libertad, la expresión, el arte o la apertura cultural, podían volverse incómodas o difíciles de encuadrar.

Lejos de presentarse como una defensa meramente personal, la carta se configura como un verdadero manifiesto pedagógico y político, en el que Olga no solo recorre su trayectoria sino que también reivindica el sentido de su obra.

En ese recorrido enumera publicaciones, viajes, becas, vínculos institucionales, creación de espacios dentro de la escuela (biblioteca, laboratorio, talleres, centro estudiantil) y redes con organismos nacionales e internacionales. La escuela aparece no como una experiencia aislada, sino como un nodo activo dentro de un entramado mucho más amplio de producción cultural y pedagógica.

Pero lo más potente de la carta no es el detalle de los logros, sino la disputa por el sentido. Frente a las críticas y cuestionamientos que recaían sobre su trabajo, Olga responde reafirmando el valor de una práctica pedagógica comprometida con la infancia: “Jamás pensé que pudiese castigarse a un maestro (…) que ha honrado a la escuela dentro y fuera del país con la consagración inteligente y perseverante de su vida en beneficio de la infancia argentina”.

En esa frase se condensa una tensión profunda: la que existe entre una pedagogía basada en la libertad, la expresión y la apertura al mundo, y un contexto político que comenzaba a valorar formas más controladas y uniformes de educación.

La interrupción de la Escuela Serena, entonces, no puede leerse únicamente como el fin de una experiencia escolar, sino como el punto de quiebre de un proyecto que había logrado articular educación, cultura y comunidad de una manera poco frecuente.



Un legado que sigue: la casa y la memoria en Alberdi

Lejos de desaparecer completamente, la experiencia de la Escuela Serena dejó huellas que exceden su tiempo y su espacio. Parte de ese legado se encuentra en sus registros como cuadernos, diarios, fotografías, libros, pero también en la red de vínculos que las hermanas Cossettini construyeron a lo largo de su trayectoria. Esa trama permitió que su pensamiento pedagógico circulara, se discutiera y se proyectara más allá de la escuela de Rosario, involucrando a instituciones, educadores, artistas e intelectuales en un intercambio que le dio visibilidad nacional e internacional.

Al mismo tiempo, el propio relato de Olga insiste en una idea que atraviesa toda su obra: la escuela no fue una construcción individual, sino colectiva. “Sus actores fueron los niños y los conductores los maestros”. En esa afirmación se condensa una concepción profunda de la educación como proceso compartido, vivo, imposible de reducir a programas o estructuras fijas.

Volver hoy sobre la Escuela Serena no implica solo recuperar una experiencia del pasado, sino también interrogar el presente. En un contexto donde la educación muchas veces tiende a la estandarización, la propuesta de las Cossettini sigue abriendo preguntas sobre la relación entre escuela, libertad, creatividad y comunidad.

Pero ese legado no se sostiene solo en ideas o archivos. También tiene una inscripción concreta en el territorio. Tras su salida de la Escuela N.º 69, las hermanas continuaron viviendo en el barrio Alberdi, donde la casa de Olga, ubicada en Chiclana 345, se convirtió en un espacio de encuentro, de trabajo y de continuidad, aunque por fuera de la institución escolar.

Con el tiempo, ese lugar fue recuperado como un sitio de memoria pedagógica y cultural. Más que un museo tradicional, la casa conserva algo del clima que caracterizó a la Escuela Serena: una mezcla de vida cotidiana, producción intelectual y sensibilidad artística. En su interior se resguardan correspondencia, libros, objetos personales, mobiliario, obras de arte y parte de su biblioteca. El archivo, en particular, permite reconstruir no solo sus ideas pedagógicas, sino también las redes de vínculos que sostuvieron a lo largo del tiempo.



Quienes hoy sostienen el espacio destacan que no solo se conservan objetos, sino también relatos. Las memorias de quienes conocieron a las hermanas, o de quienes heredaron esas historias, permiten asomarse a una etapa menos visible de sus trayectorias: la que transcurre después de su salida de la escuela, cuando la experiencia pedagógica se desplaza a otros formatos, menos institucionales pero igualmente significativos.

En ese sentido, la casa no funciona únicamente como un lugar de conservación, sino como un espacio activo, donde se realizan visitas, encuentros y actividades que buscan mantener viva una tradición pedagógica ligada al arte, la comunidad y la experiencia. Olga murió en 1987, en esa misma casa. Leticia, en 2004. Pero la experiencia que construyeron, lejos de cerrarse, continúa encontrando formas de permanecer.

Hoy, la Escuela N.º 69 “Dr. Gabriel Carrasco” funciona en otra dirección, en Dr. Pedro José Agrelo 1798, como parte de las transformaciones urbanas de la ciudad. Sin embargo, en Alberdi persisten marcas de aquella experiencia. La escuela ya no es la misma, pero algo de ese mundo, hecho de palabras, arte, vínculos y vida compartida, sigue habitando el barrio.

En los últimos años, además, ese legado comenzó a tomar nuevas formas en el propio barrio. A partir de iniciativas impulsadas por el espacio cultural que funciona en la casa y organizaciones locales, surgió el llamado “Paseo Cossettini”, un recorrido que conecta distintos puntos de Alberdi vinculados a la vida y la obra de las hermanas. La Escuela Carrasco, el Jardín Nicolás Puccio, la plaza que hoy lleva su nombre y la propia casa forman parte de ese itinerario que recupera no solo los lugares donde trabajaron y vivieron, sino también las redes comunitarias que hicieron posible la experiencia.

Más que un circuito conmemorativo, el paseo propone volver a habitar esos espacios desde otra mirada, reconociendo en el territorio las huellas de una forma de entender la educación como práctica colectiva, situada y profundamente ligada a la vida del barrio.



Archivo audiovisual

La Escuela de la Señorita Olga | Documental Pedagógico | Documental, 1991, 50 min. Dirección: Mario Piazza

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Tiara Benítez
Estudiante de Ciencias de la Educación. Instagram: @ttiaru11

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