
Levantar el tubo, esperar el tono y marcar el 250000. Para toda una generación de rosarinos, esa secuencia fue el primer contacto con la inmediatez digital. Cuatro años antes de que naciera Google y cuando Internet era apenas un susurro para pocos, el Diario La Capital, Decano de la Prensa Argentina —fundado el 15 de noviembre de 1867 por Ovidio Lagos— demostraba que sus más de 120 años de historia no le impedían domar el futuro.
Los años 90: vanguardia tecnológica en la era de la globalización
Comprender el surgimiento de Capitel exige un viaje al corazón de los años 90, una década marcada por la consolidación de un nuevo orden mundial tras el fin de la Guerra Fría. Mientras el modelo neoliberal se convertía en la norma hegemónica, Argentina atravesaba una metamorfosis bajo la presidencia de Carlos Menem: apertura económica, ajuste fiscal, privatizaciones y el “uno a uno” marcaban el ritmo de la calle. Al compás de la globalización, la lógica de la inmediatez y los avances tecnológicos empezaron a derribar fronteras. En ese contexto de transformación radical, la información “on-demand” dejaba de ser una utopía para convertirse en una necesidad que Rosario supo capturar antes que nadie.


El frente federal: la unión de los diarios del interior
La incorporación de este nuevo servicio no fue un hecho aislado ni fortuito. A principios de los años 90, la privatización de los medios y la creciente concentración mediática otorgaron a los diarios de Capital Federal —con Clarín a la cabeza— una influencia expansiva que puso en jaque la hegemonía y las ventas de los periódicos regionales. Ante el avance porteño, los seis diarios más importantes del país decidieron cerrar filas: Los Andes (Mendoza), La Capital (Rosario), La Voz del Interior (Córdoba), La Nueva Provincia (Bahía Blanca), La Gaceta (Tucumán) y el diario Río Negro fundaron la Asociación de Diarios del Interior Sociedad Anónima (A.D.I. S.A.).
El objetivo era claro: delinear estrategias comerciales colectivas para sostener el liderazgo en sus territorios. La primera gran victoria de esta alianza fue la revista Nueva, que alcanzó un éxito rotundo, seguida por proyectos de fidelización como la venta de atlas, diccionarios y suplementos especiales que acompañaban las ediciones dominicales. Fue en ese ecosistema de innovación conjunta donde, tras analizar modelos que ya funcionaban en el exterior —específicamente en Colombia—, surgió la idea de importar un sistema de información telefónica. En Rosario fue bautizado como Capitel, pero bajo otros nombres, el servicio se convirtió en la punta de lanza tecnológica de los miembros de A.D.I. en todo el país.

Montaje y logística del sistema
Bajo la dirección ejecutiva de figuras que buscaban fidelizar a un lector cada vez más exigente y la coordinación del ingeniero Pablo Marchetti, se montó una estructura sin precedentes en un entrepiso del histórico edificio de calle Sarmiento 763. Para asegurar el éxito del proyecto, un equipo de técnicos encabezado por los hermanos Morris y Abraham Menasche viajó desde Colombia exclusivamente para asesorar y colaborar en la implementación del moderno software. Un total de seis procesadores de última generación trabajaban en red, alimentados por una base de datos minuciosa, fruto de entrevistas a especialistas, fuentes bibliográficas y el archivo de la propia redacción. En paralelo, un equipo de nueve redactores, en su mayoría jóvenes periodistas y comunicadores sociales, se encargaba de actualizar el contenido minuto a minuto, mientras que un locutor grababa los mensajes en cassettes que luego eran cargados manualmente al servidor. Una verdadera artesanía tecnológica que no conocía de pausas.
Lanzamiento oficial y servicios informativos
Así, luego de varios meses de arduo trabajo, el 6 de noviembre de 1994, las páginas de La Capital anunciaban el inicio del innovador servicio. Cuatro días después, nacía oficialmente Capitel. En tanto, desde cualquier lugar, utilizando cualquier tipo de teléfono, sin costo adicional, las 24 horas y los 365 días del año, los usuarios tenían la posibilidad de acceder a las últimas novedades de manera inmediata tan sólo marcando el célebre número 250000. Según los avisos de la época, el servicio ofrecía 27 capítulos con más de 200 servicios que podían “solucionar pequeños problemas que se presentan día a día”. Desde las noticias locales, nacionales e internacionales, hasta la fecha de vencimiento de los impuestos, horóscopo, programación de TV y los números de la lotería podrían conocerse a través de Capitel. Cada servicio tenía un código específico asignado que, para el conocimiento de los usuarios, era publicado en la contratapa del diario.



Éxito y colapso telefónico
El impacto fue tan demoledor como inesperado: en apenas tres días, se recibieron 100.000 llamadas, superando el tráfico telefónico que generaban los concursos de la conductora de televisión Susana Giménez en su mítico programa “¡Hola Susana!”, el termómetro de éxito de la época. Fue tal el furor que la central de Telecom Rosario no resistió. El sistema de telecomunicaciones, recién privatizado y en pleno proceso de expansión, sufrió un colapso operativo por la inusual cantidad de llamadas hacia un mismo destino. Rosario quería saberlo todo, y lo quería ya. Por esos días, el éxito de Capitel fue acompañado por un spot televisivo generado por la agencia de publicidad CB&A, cuyo jingle pegadizo decía: “Capitel / ahora La Capital se lee y se escucha / llame a Capitel para lo que usted quiera saber / para lo que quiera saber llame a Capitel”.
Del reporte de noticias al reclamo vecinal
Con el tiempo, Capitel mutó en algo más profundo. Se convirtió en un puente directo con los barrios a través de su buzón de mensajes. Los vecinos descubrieron que podían usar el teléfono para denunciar un bache o un caño roto, y el diario les respondía desde sus páginas impresas. Fue, quizás sin saberlo, el inicio del periodismo ciudadano que hoy vemos en redes sociales: una Rosario que dejaba de ser solo receptora para empezar a interactuar y a contar su propia historia.
El fin de un eslabón perdido
El apogeo de Capitel duró lo que tardó en desvanecerse el efecto novedad y en asomar la verdadera red de redes. La llegada paulatina de los primeros módems domiciliarios marcaron su declive. Para 1997, tras la venta del multimedio por parte de la familia Lagos al Grupo Uno, el servicio ya era prácticamente un recuerdo. Hoy, Capitel sobrevive en la memoria de quienes recuerdan el tono de espera y la voz que invitaba a elegir una opción. Fue el eslabón perdido entre el papel y el píxel, el momento en que Rosario se adelantó al futuro usando la herramienta más simple que tenía a mano: el teléfono de casa.



