
Antes de que la silueta industrial de la Usina Sorrento se incorporara al paisaje de la zona norte de Rosario, ese mismo sector estuvo ocupado por una de las residencias más singulares de la ciudad. Allí, cerca del arroyo Ludueña y frente al Paraná, se levantaba la llamada Quinta Mazza, también recordada como Palacio Mazza, una construcción que durante décadas habitó la memoria barrial por su escala, su rareza arquitectónica y el destino posterior de algunos de sus elementos más visibles.
Su propietario fue Agustín Mazza, un empresario de notable presencia en la vida económica y pública rosarina de fines del siglo XIX. Mazza hizo fortuna en actividades vinculadas al abastecimiento de carne en la ciudad y también estuvo asociado a mercados urbanos como El Porvenir, ubicado en bulevar Avellaneda y French, y el Mercado Modelo, en bulevar Oroño al 100. Su trayectoria no se limitó al mundo comercial. También fue intendente de Rosario, aunque por un período breve, entre diciembre de 1889 y agosto de 1890.
Como otros miembros de la élite rosarina de su tiempo, Mazza alternaba entre su residencia urbana y una quinta familiar en las afueras de la ciudad. Según las referencias disponibles, su vivienda cotidiana se encontraba en el centro, en calle Rioja al 800, mientras que la propiedad de Sorrento funcionaba como un espacio de descanso, representación y sociabilidad. Allí llegaba junto a su esposa y sus hijos, en visitas que eran preparadas con anticipación. Se cuenta que Mazza enviaba periódicamente un mensajero para avisar al personal de la quinta cuándo llegaría la familia. Ese dato, casi doméstico, permite imaginar el funcionamiento de estas grandes propiedades suburbanas, sostenidas por trabajadores y preparadas para recibir a sus dueños en ocasiones determinadas.
La quinta estaba ubicada en el antiguo sector conocido como Sorrento, actual barrio Sarmiento, en terrenos próximos al lugar donde luego se instalaría la Usina Sorrento. En la década de 1880, ese borde norte de Rosario comenzó a adquirir forma como emprendimiento urbano al norte del arroyo Ludueña, en relación con Pueblo Alberdi, el ferrocarril y el tramway que vinculaba la ciudad con San Lorenzo. No era todavía un barrio densamente consolidado, sino un espacio de transición entre la ciudad, el río y los nuevos loteos. Allí convivían grandes terrenos, vías de comunicación, espacios recreativos y residencias suburbanas de familias acomodadas. La Quinta Mazza fue, probablemente, una de las expresiones más representativas de ese paisaje, buscado por quienes querían descanso, contacto con el Paraná y cierta distancia respecto del centro urbano.
Las descripciones coinciden en presentarla como una construcción extraordinaria. Algunas fuentes la ubican construida a comienzos de la década de 1880 y otras señalan el año 1888, en el contexto de la Exposición Provincial de Rosario. Más allá de esa diferencia, todas destacan su carácter monumental y su presencia poco común dentro del paisaje suburbano de la zona norte. Se trataba de un chalé de piedra y madera de cedro, con planta en forma de U, un gran portón con rejas de aire colonial sobre la actual calle José Hernández y un patio interior orientado hacia el Paraná.
El conjunto incluía una profusa arboleda, dos grandes fuentes, cocheras amplias para alojar la caballada vinculada al tramway, una cúpula central con vitreaux y dos torres laterales que reforzaban su imagen de castillo. Una de esas torres habría sido destruida por un rayo y nunca reparada. También se recuerda un detalle singular, la existencia de un canal que llegaba desde el río hasta debajo del chalé y que Mazza y su familia habrían utilizado para ingresar en una lancha llamada “Pik”.
Pero lo que volvía especialmente llamativa a la Quinta Mazza era su lenguaje arquitectónico. Se la describía como una mansión con aires de castillo y rasgos neomudéjares, es decir, una reinterpretación moderna del arte mudéjar medieval. Para entender la potencia de esa imagen, conviene detenernos brevemente en el término.

El arte mudéjar fue un estilo desarrollado en los reinos cristianos de la península ibérica durante la Edad Media, a partir de la incorporación de técnicas, motivos y soluciones formales de tradición hispano-musulmana. El neomudéjar, en cambio, recuperó esos elementos siglos después, especialmente durante el siglo XIX, dentro de los lenguajes historicistas y eclécticos. Sus formas suelen asociarse al uso expresivo del ladrillo, los arcos de herradura, las tramas geométricas, los motivos de lacería, los azulejos, la ornamentación repetitiva y una fuerte sensibilidad decorativa.
Cuando en Rosario se habla de una quinta “de estilo mudéjar”, en realidad conviene entenderla como una referencia neomudéjar. No se trata de un edificio medieval ni de una reproducción arqueológica del mudéjar español, sino de una apropiación moderna, historicista y ecléctica de ese repertorio visual. En una ciudad que hacia fines del siglo XIX crecía al ritmo del puerto, el ferrocarril, la inmigración y la acumulación comercial, estos lenguajes permitían a las élites construir imágenes de distinción, exotismo y refinamiento. La Quinta Mazza formaba parte de ese universo. Sus torres, sus vitreaux, sus fuentes y su monumentalidad no solo organizaban una residencia suburbana, sino que proyectaban una identidad social en un paisaje urbano que todavía estaba en plena transformación.
Uno de los episodios más recordados vinculados a la Quinta Mazza es el destino de sus leones de mármol. Según reconstruye la historiadora Alicia Megías, el edificio municipal no siempre tuvo esas esculturas en su ingreso. Fotografías de las primeras décadas del siglo XX muestran una fachada distinta, sin los leones y con pedestales inclinados, diferentes de los actuales. Fue recién después de la donación realizada por Agustín Mazza, asociada por la memoria popular a su quinta de Sorrento, que el frente del Palacio volvió a modificarse. Para recibir a los nuevos guardianes de mármol, aquellos pedestales inclinados fueron reemplazados por otros rectos, adaptados a la presencia de las esculturas.

La tradición oral también sostuvo que los leones rosarinos eran una suerte de réplica de los que custodian la Catedral de San Lorenzo, en Génova. Sin embargo, la comparación permite advertir diferencias. Aunque guardan un evidente parentesco formal, los ejemplares genoveses son de mayor tamaño y presentan una actitud rampante que no aparece en los leones del Palacio Municipal. En ese pasaje, los leones dejaron de marcar el acceso a una residencia privada para integrarse a la imagen pública del gobierno local. Con el tiempo, terminaron dando al edificio su nombre más popular, el Palacio de los Leones.
La quinta también cambió de función. Después de su etapa como quinta familiar, el edificio fue reconvertido en espacio de entretenimiento. Algunas referencias indican que hacia 1890 funcionó allí el Edén Rosario, luego conocido como Victoria Park, y posteriormente como Germania Park, tras ser adquirido en 1901 por el inmigrante italiano E. Filippini.
La historia del predio no terminó allí. En 1930 se creó en la zona la primera generadora termoeléctrica a carbón, y la expansión de las instalaciones de la futura Usina Sorrento fue absorbiendo el territorio que había ocupado la quinta. La demolición de la mansión aparece ubicada por distintas memorias hacia fines de la década de 1930 o mediados del siglo XX. Lo cierto es que el viejo palacio desapareció, y con él una de las arquitecturas más particulares de la zona norte rosarina.
Hoy, al pasar por las inmediaciones de la Usina Sorrento, resulta difícil imaginar aquel escenario. Donde vemos estructuras industriales, transformadores, muros y huellas de infraestructura energética, alguna vez hubo una residencia con torres, vitreaux, fuentes, cocheras y un patio orientado hacia el río. La Quinta Mazza quedó situada entre dos momentos de Rosario, el de las residencias suburbanas de la élite, vinculadas al descanso, la sociabilidad y el prestigio, y el de la modernización industrial del siglo XX, que transformó definitivamente el paisaje de la zona norte.
Quizás por eso su recuerdo persiste. La Quinta Mazza no fue solamente una mansión perdida, sino una pieza de una Rosario que se expandía hacia el norte, buscaba lenguajes arquitectónicos para expresar poder y refinamiento, y más tarde reemplazaría aquellas quintas por industrias, servicios y equipamientos urbanos. Su historia todavía sobrevive en la memoria del barrio Sarmiento, en las crónicas sobre Sorrento, en los relatos del Victoria Park y también en la tradición oral que vincula sus antiguos leones de mármol con los que hoy custodian la entrada del Palacio Municipal.



