Carmelita: la historia de la momia que acompaña a la Facultad de Medicina

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En un rincón de la sala de lectura del Museo de Anatomía de la Facultad de Medicina de Rosario, una vitrina de vidrio rompe la rutina del estudio. En su interior, el cuerpo extendido, embalsamado y desnudo de Teresa América Carmelina Colombo descansa como si durmiera. Las manos, entrecruzadas a la altura del tórax, refuerzan esa sensación de quietud. Desde hace años, Carmelita forma parte de la vida cotidiana de la Facultad: una presencia silenciosa que convive con libros, estudiantes y pasillos transitados. Para quienes están ahí desde siempre, su presencia se volvió normal. Para quienes llegan por primera vez, sigue siendo una sorpresa. Y para muchos rosarinos, una historia que se escucha una vez y queda dando vueltas.

La historia que la llevó hasta allí comienza lejos de Rosario. Katsusaburo Miyamoto nació en la provincia japonesa de Ibaraki, a poco más de una hora de Tokio. El médico veterinario llegó a la Argentina en 1919, trabajó en el Instituto fundado por Carlos Malbrán y luego se instaló en Rosario, donde se desempeñó como inspector veterinario en el frigorífico Swift. Fue un hombre de ciencia amplia: introdujo en el país la técnica del bonsái y aplicó sus conocimientos también al mundo vegetal. Se le atribuye haber creado una hormona que permitió rescatar el histórico pino de San Lorenzo, un episodio que lo ubica como un científico atento, paciente y experimental.


Miyamoto con bonsái | Grupo de hombres junto a Miyamoto.
Colección Chiavazza | Archivo de Fotografía de la Escuela Superior de Museología.


En Rosario conoció a Teresa Colombo, una mujer viuda, propietaria de la pensión donde se alojaba. Se casaron y compartieron una vida atravesada por el trabajo y el conocimiento. En las sobremesas de su casa rosarina, ubicada en Riobamba al 1000, ambos, en compañía de Ginito, su mascota, hablaban de amor, de ciencia y de un deseo compartido: ver florecer las azaleas en el monte Fuji. Una imagen lejana, íntima, casi poética, que unía Japón y Rosario en una misma conversación doméstica.

La figura de Miyamoto trascendió el ámbito privado. En 1952, tras la muerte de Eva Perón, fue contactado para realizar su embalsamamiento, pero se negó al no estar dispuesto a revelar su técnica. Existen versiones sobre un posible contacto vinculado al Vaticano, aunque no hay documentación que lo confirme. En todos los casos, se repite una constante: el conocimiento como algo que no se entrega sin condiciones.

En 1958, Teresa sufrió un accidente cerebrovascular y murió. Antes, había dejado algo claro por escrito: quería que su cuerpo fuera conservado con la técnica desarrollada por su esposo. No fue una decisión impuesta ni un gesto espectacular. Fue un acuerdo. Una forma particular de pensar el amor y la permanencia.

El cuerpo fue embalsamado y su estado de conservación sigue llamando la atención hasta hoy. No hay registros técnicos que expliquen del todo cómo se realizó el procedimiento. No hay fórmulas ni documentos que permitan reconstruirlo. Ese vacío —ese saber que no quedó escrito— es el verdadero misterio de Carmelita. No su presencia, sino la técnica que la sostiene.


Japonés Miyamoto con esposa embalsamada y perro. Colección Chiavazza.
Archivo de Fotografía de la Escuela Superior de Museología.

En 1969, Miyamoto viajó a Japón. Su salud se deterioró y no pudo regresar a la Argentina. A comienzos de la década del setenta, según reconstruye Horacio Vargas en Mi obra maestra, el cuerpo de Teresa llegó al Museo de Anatomía por donación de la Policía y quedó incorporado a la Facultad de Medicina. Desde entonces forma parte del patrimonio científico de la institución. No existe un expediente que detalle cada paso del recorrido: la historia, como tantas otras, se armó con fragmentos.

Desde el interior del museo, la mirada es clara. Allí no se habla de “momia”, sino de un cuerpo conservado. La diferencia no es menor: marca una forma de pensar y de cuidar. Diego Quintero, vicedirector del Museo de Anatomía, explica que la técnica aplicada nunca fue revelada y que, por ese motivo, las intervenciones actuales son mínimas. El respeto guía cada decisión. Se trata de un espacio científico, atravesado por la práctica cotidiana, donde los cuerpos humanos fueron donados a la ciencia en pos del conocimiento.



Con el tiempo, “la momia” dejó de ser solo una pieza anatómica y se volvió relato. En 1998, la revista Una mano en su mutual publicó una extensa nota en la que el médico y escritor rosarino Pablo Gavazza hablaba de Amores eternos, el libro que escribió a partir de esta historia. Luego vinieron otras crónicas, otras miradas, otras versiones publicadas en distintos medios locales. Cada una sumó algo, pero ninguna la cerró por completo.

Y tal vez por eso Carmelita sigue ahí. En silencio. Acompañando. No como un cierre, sino como una historia que sigue formando parte de la ciudad.

El científico japonés murió en 1971, a los 84 años. Teresa ya no estaba. El cuerpo de ella había quedado en Rosario. Pero algo de aquellas charlas de sobremesa se cumplió: Miyamoto pudo ver florecer las azaleas en el monte Fuji. No lo hizo junto a Teresa. Pero lo hizo por los dos.


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Manuela Fernández
Museóloga, Gestora Cultural y Docente. Instagram: @manu.fernandez.ok

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