
El 20 de julio de 1943 se inauguró El Sembrador, un monumento ubicado sobre Avenida Belgrano cuya relevancia histórica permanece inadvertida para gran parte de los rosarinos. Se trata de un relieve escultórico, de aproximados 9 metros de alto por 8 de ancho, empotrado como un tapiz en el corazón de la barranca ribereña. La obra de cemento rojizo toma la forma de un arco sobre el que se exhibe la figura de un trabajador rural en plena faena. Incluso tratándose de una silueta estática, logra trasmitir dinamismo y movimiento. La inclinación diagonal del torso y las piernas muestra el desplazamiento del cuerpo sobre el terreno, mientras que la disposición de los brazos -el derecho sujetando la bolsa que carga sobre los hombros y el izquierdo extendido detrás- insinúa la operación rítmica propia de la siembra, con la que el trabajador extrae los granos y los esparce sobre la superficie. La vestimenta austera y el rostro de expresión contenida, sin dramatismo, completan la composición y revelan la intención de sus realizadores, Lucio Fontana y Osvaldo Raúl Palacios, de retratar a un trabajador anónimo, arquetípico, y no a un individuo identificable. Pero no se trata de un gesto artístico aislado. Representar a personas comunes, en sus labores cotidianas y con sus cuerpos silenciosos, abandonando la clásica reivindicación del personaje heroico o la hazaña excepcional, constituyó un rasgo central del muralismo de entreguerras.
Durante años, El Sembrador fue objeto de un persistente mito urbano: la idea de que ese arco monumental en el que se inscribe correspondía al ingreso a una línea de subte que Rosario jamás logró concretar. Pero lejos de referir a un proyecto de transporte subterráneo, el dispositivo formó parte de una de las tantas obras de infraestructura que la ciudad portuaria diseñó para saldar el desnivel con su río. En concreto, se trató de la boca de un pequeño túnel que perforaba la barranca conectando los muelles fluviales con la Estación Rosario Este, localizada a 40 metros de altura. Mediante un sistema de tracción a cables, accionado por un cabrestante a vapor, el paso garantizó una circulación fluida de materias primas por la pendiente. No obstante, el agotamiento del sistema agroexportador condujo al desuso del conducto y, finalmente, a la decisión de rellenarlo y clausurar el arco de ingreso.


Como todo monumento, la obra es un síntoma de época y grafica un momento clave en la historia urbana de Rosario: aquel en el que la ciudad redefinió su vínculo con el río. Hasta entonces, la costa había funcionado exclusivamente como un espacio de apropiaciones ferroportuarias; sin embargo, entre las décadas de 1920 y 1940 ese perfil comenzó a ser disputado. El acelerado crecimiento urbano puso en evidencia la insuficiencia del Parque Independencia para dar respuesta a las demandas de higiene y recreación de la sociedad, orientando la planificación hacia una “reconquista” de la barranca.
El Plan Regulador de 1935 fue el primer documento en sistematizar estas preocupaciones, proponiendo el traslado de las instalaciones productivas de la ribera central hacia los márgenes y la liberación de ese frente para el desarrollo de un nuevo sistema de parques. Una de las primeras fases de estas intervenciones fue el embellecimiento de la Avenida Belgrano, que incluyó un concurso público convocado en 1941 por la Asociación de Comerciantes de Rosario, del cual resultó ganador El Sembrador. El monumento operó como piedra fundacional del Parque Urquiza, materializado en la década siguiente.

Con esto, la figura anónima y casi atemporal de El Sembrador encarna no sólo una dignificación del trabajo, sino también la voluntad de la ciudad por mitigar su perfil productivo. En efecto, funcionó como mediadora entre dos Rosarios: la ciudad ferroportuaria, cuya ribera se organizaba en torno al trabajo, y la ciudad de servicios, que la recuperó en clave recreativa. En ese mismo movimiento, el río Paraná dejó de ser imaginado únicamente como una ruta de circulaciones y comenzó a concebirse como un elemento paisajístico.
En síntesis, El Sembrador no oculta el derrotero agroexportador de Rosario; por el contrario, lo subraya, pero lo desplaza del plano funcional al simbólico. El trabajo ya no se expresa como combustión, ruido y tracción, sino como imagen y memoria. En su materialidad habita un quiebre histórico: el cierre de las operaciones productivas como únicas protagonistas del espacio ribereño y la apertura hacia una nueva relación entre la ciudad y el río.



