
Nacido a partir de la instalación de la fábrica siderúrgica que lleva su nombre, Barrio Acindar se ubica en el Distrito Sudoeste de Rosario, delimitado por las vías del ex Ferrocarril Mitre al norte, el antiguo trazado del Ferrocarril Belgrano al sur, la avenida Ovidio Lagos al este y el boulevard Avellaneda al oeste.
Hacia la segunda mitad del siglo XX, el país atravesó un proceso de estancamiento de la actividad agropecuaria tradicional y de impulso a la industrialización. En ese marco, Acindar se desarrolló al calor de un modelo de Estado desarrollista, en el que el trabajo industrial, la vivienda y la vida cotidiana aparecían profundamente entrelazados. La fábrica no sólo generaba empleo y organizaba los ritmos productivos, sino que también estructuraba los vínculos sociales del barrio. “Si vos te llevabas bien en la fábrica, también te llevabas bien con tus vecinos”, recuerda Carlos Ramos, ex trabajador de Acindar.

En este contexto, la cercanía entre la vivienda y el lugar de trabajo, así como la intensa vida social que se generaba en el barrio, adquirieron un valor agregado. Acindar se configuró, de este modo, como un barrio obrero estrechamente ligado a la fábrica, donde la vivienda formaba parte de un proyecto de vida asociado al trabajo industrial y a la pertenencia colectiva.
Del mismo modo, la disposición y la estructura de las casas no fueron casuales. Hasta el día de hoy, el barrio conserva los llamados “centros de manzana”: espacios verdes compartidos por las viviendas que funcionaron como escenarios centrales de la vida social de vecinos y familias, favoreciendo el encuentro cotidiano y la construcción de lazos comunitarios. Estos lugares expresan una forma particular de habitar la ciudad, en la que el uso compartido del espacio refuerza la vida en común.


La articulación entre trabajo y vida cotidiana en un mismo territorio fue posible gracias a la disponibilidad de terrenos adyacentes a la planta, cedidos por la empresa mediante su donación a la Cooperativa de Consumo y Vivienda Ltda. del Personal de Acindar S.A., junto con la financiación del Banco Hipotecario. De este modo, los trabajadores lograron acceder a la casa propia y construir, de manera colectiva, un espacio marcado por el arraigo y el sentido de pertenencia.
En este proceso, habitar no implicó únicamente ocupar una vivienda, sino apropiarse del espacio y dotarlo de significado. Tal como plantea Paul Virilio, “habitar significa en primer lugar investir un lugar, apropiárselo. (…) El uso cualifica el espacio y no a la inversa”. Así, en Acindar, la construcción del “nosotros” precedió a la del individuo: la fábrica no fue sólo un ámbito productivo, sino un eje organizador de la vida cotidiana, los vínculos sociales y la identidad barrial.
De esta manera, la experiencia de Acindar invita a pensar de qué manera el trabajo puede funcionar como punto de partida para la construcción de comunidad, dejando huellas identitarias que perduran más allá de las generaciones.



