
Irma María Tersilia Peirano nació en Chiavari, Italia, el 7 de marzo de 1917. Su padre, Evaristo Peirano, llegado a la Argentina desde Génova, conoció a Sofía Corti -argentina hija de inmigrantes- en el almacén en el que trabajaba, ubicado en Salta y Corrientes, en Rosario. Pronto formaron una familia y tuvieron tres hijos. Irma fue la única que nació en el otro continente.
La familia regresó al país cuando Irma tenía tres años. Su padre, empleado de comercio, eligió Echesortu para que crecieran todos juntos. El barrio la vio crecer, jugar con sus hermanos y disfrutar de la escritura, tanto en castellano como en italiano.
A los 13 años publicó sus primeros textos en la página infantil del diario Tribuna, los que firmaba como ‘Gringa’. Tiempo después, mientras cursaba el secundario en el Consejo Nacional de Mujeres, Irma escribió poemas que serían la base de su voz poética adulta. Año tras año ensayaba incansablemente versos, estructuras y temas. Un cuaderno con más de 230 páginas manuscritas son prueba de ello.
La década del ́40 marcó un auge cultural en la ciudad. Bajo el impulso de la producción artística y las agrupaciones colectivas, distintas ramas del arte dieron grandes referentes, como el pintor Juan Grela y el escritor Felipe Aldana.
Mientras tanto, la joven poeta tenía un rumbo definido. Con claras influencias de Alfonsina Storni y alejada del costumbrismo litoraleño en tendencia, escribió desde su mundo interior. El amor, el cuerpo, la soledad y el oficio de escribir estarán presentes en su temática general.
“Voy a asumir la voz, el ejercicio
vivo del corazón ensangrentado…”
En 1947 editó “Cuerpo del Canto”, su primer poemario, y en 1951, “Dimensión del Amor”. Esta última obra le valió el premio municipal Legado Manuel Musto -por unanimidad del jurado- y la presencia de su nombre en medios locales.
Sus escritos también publicados en revistas como Ecos de Rosario fueron dejando su propia marca creativa, tanto en redacciones como en las tertulias de las que participaba con gusto. Sin embargo, la academia del momento no le otorgó reconocimiento a su trabajo ni espacio en el canon contemporáneo. Su formación autodidacta y su estilo desprendido de las convenciones generacionales le daban cierto aire de insubordinación. Para la autora, eso era la poesía, pero no así para la formalidad intelectual.
A medida que afianzaba su carrera y recorría el centro bohemio de la ciudad, algo iba cambiando en Irma. La Gringa, como firmaba los escritos al comienzo, quedó atrás porque se definía a sí misma como rosarina. Tanto así que logró que modificaran en registros su lugar de nacimiento.
“Soy rosarina”, se presentaba y repetía en los pasillos del diario La Tribuna donde trabajó prolíferamente, en casi todas las secciones y en el que fue editorialista. Poco a poco, el periodismo la alojó y fue el eje principal de su trabajo. Además, integró la redacción de la revista Litoral. Cuadernos de Rosario.
“Siento cómo el silencio
emboca mis oídos, cómo arroja
su greda por los muros de la noche…”
A finales de los ́50, la poeta se alejó de Rosario y también de la escritura. Decepciones con la ciudad y un gran desamor de su vínculo con Virgilio Albanese- director y dueño del diario en que trabajaba-la fueron llevando al silencio artístico.
Su último poema, publicado en Clarín, data de 1959. Buenos Aires fue la ciudad en la que pasó su último tiempo. Falleció el 19 de febrero de 1965, a los 47 años, producto de una pancreatitis.
Actualmente, la obra de Irma Peirano es considerada en la poética rosarina como una voz indispensable de los ́40 que supo hacer su propio camino más allá de las convenciones culturales del momento.



