
Un meteorito en un museo histórico aparece como un objeto un tanto fuera de lugar. Quien se dispone a visitar un museo de ese tipo espera encontrarse con pinturas, vasijas, monedas, armas, documentos. Encontrarse con un meteorito constituye más bien una sorpresa. Inmediatamente podría uno pensar que ese cuerpo celeste tendría un lugar más adecuado en un museo de ciencias naturales. Y sin embargo, al reflexionar unos segundos, todo el asunto parece cobrar sentido.
La tradicional división del trabajo científico nos ha acostumbrado a pensar que existen dos tiempos; el físico, dominio y campo de exploración de las llamadas “ciencias duras”; el social, terreno para la Historia con mayúsculas. Pero la epistemología dedicada a pensar los fundamentos de las Ciencias Sociales ya lo viene diciendo hace tiempo: no hay hecho natural que exista per se. No es que el mundo no exista con independencia de lo humano. Pero no se puede acceder a ningún conocimiento de él si no es pasándolo por el tamiz de tradiciones, imaginarios y representaciones que son profundamente humanas y que no pueden ser dejadas de lado a la hora de indagarlo e interpretarlo.
El Mataco –nombre del meteorito que forma parte del patrimonio del Museo Marc– parece entonces venir a recordarnos la arbitrariedad de esas divisiones dicotómicas que el pensamiento moderno ha construido entre tiempo físico y social, entre ciencias naturales y sociales, entre lo objetivo y lo subjetivo. Viene a yuxtaponer una dimensión temporal más profunda y menos lineal que la que estructuró nuestras concepciones históricas. Propone zurcir historia humana y geológica, recordándonos que, como canta Drexler, no somos más que un breve latir en un silencio antiguo con la edad del cielo.



Esa fue la lectura de la mole metálica de 998 kilogramos que propusieron los artistas Faivovich & Goldberg, quienes en 2019 inauguraron la muestra Encuentro con El Mataco en colaboración con el Museo Marc. La misma invitaba a una reflexión en torno a los modos de mirar e interpretar que la humanidad ha ensayado en su búsqueda de entender los fenómenos celestes. Invitaba también a pensar el lugar de lo humano en los tiempos del universo, poniendo en el centro de la escena un objeto que nos precede, que no necesitó de nuestra técnica ni nuestro intelecto para llegar a ser. De este modo, el dúo de artistas devolvía protagonismo a un objeto del museo que, a pesar de su popularidad entre el público, parecía no encajar en ninguno de los relatos museográficos propuestos por éste y, por tanto, quedaba en un lugar un tanto marginal.




Justo es decir que este modo de mirar el meteorito difícilmente haya rondado en la cabeza del doctor Bartolomé Vasallo cuando en 1941 donó al Museo Histórico de Rosario el meteorito descubierto en su estancia del Chaco Austral en 1937. Probablemente, la decisión de que sea el Museo Histórico el lugar de destino de El Mataco – nombrado así en honor de una de las etnias que habitaban el lugar donde fue encontrado – respondió a cuestiones de orden práctico: el Museo Provincial de Ciencias Naturales Ángel Gallardo sería creado apenas unos años después, en 1945. La donación contempló además la construcción de un templete en los exteriores del museo para su exhibición. Allí permaneció el meteorito hasta la década de 1990, cuando fue trasladado al interior del museo por razones de seguridad, desatando una serie de rumores de que había sido robado.
Actualmente, el Museo Marc permanece cerrado por reformas, por lo que la posibilidad de encontrarse con El Mataco se encuentra vedada al público por un tiempo. Sin embargo, no caben dudas de que cuando el museo finalmente reabra, esa piedra extraterrestre insistirá en recordarnos que la historia humana no trascurre al margen del tiempo profundo del universo sino que se inscribe en él, de manera breve, contingente, siempre provisional.






