
Desde la década de 1920, la ciudad de Rosario ensayó una serie de intervenciones orientadas a modernizar su tejido urbano. Inspiradas en el embellecimiento estratégico y el higienismo, estas iniciativas buscaron racionalizar los trazados ferroviarios, reubicar las instalaciones productivas localizadas en la ribera y prestar apoyo al Parque Independencia, único pulmón verde de la ciudad. El Parque Urquiza, inaugurado en 1952, se inscribe en este contexto. Antecedido por el Parque Alem (1938) y seguido por el Parque Nacional a la Bandera (1957), este espacio constituyó un paso clave en el objetivo de crear un sistema de espacios verdes sobre la ribera. En ese gesto, inauguró una nueva sensibilidad urbana, que comenzó a concebir la costa rosarina como un espacio de ocio y recreación.
Sin embargo, antes de convertirse en un nodo recreativo, estos terrenos albergaron diversas apropiaciones. Hasta fines del siglo XIX, el área funcionó como batería militar. La visual despejada hacia el río, provista por la altura de las barrancas, sirvió como emplazamiento estratégico en las batallas de organización nacional. Desde 1883, en cambio, el espacio alojó la Estación de Ferrocarril Rosario Este, que durante el auge del sistema agroexportador fue la encargada de dar salida ultramarina a las materias primas del interior de las provincias de Santa Fe y Córdoba.

De todas maneras, la reconfiguración de la matriz cultural y productiva de mediados de siglo XX sometió el área a una nueva transformación. En 1952, la Municipalidad ejecutó una reestructuración recreativa de los terrenos ferroviarios en desuso e inauguró el “Parque de los Derechos de la Ancianidad”, rebautizado tres años más tarde como Parque Urquiza.
Por un lado, los fósiles de la estación fueron reconvertidos en la “Escuelita de Ejercicios Físicos”, como la denominaron los vecinos, que funcionó como sede satélite para prácticas deportivas de las escuelas de la zona. Por otro, los terrenos aledaños fueron rediseñados como un parque jardín de gran escala, incorporando equipamientos paisajísticos y recreativos como sendas, miradores, especies vegetales, luminarias, espejos de agua, juegos infantiles y cancha de bochas.

Esta primera intervención contemplaba la creación de un recinto para espectáculos al aire libre, no obstante, la complejidad técnica de la obra postergó su inauguración hasta 1971. Se trató del Anfiteatro Municipal Humberto de Nito, un teatro griego con capacidad para 3000 personas que se emplazó al filo del parque, haciendo uso de la pendiente natural de la barranca. En la misma época, se inició la construcción del Complejo Astronómico Educativo sobre el extremo este del terreno, un conjunto integrado por el Observatorio Astronómico Victorio Capolongo (1970), el Planetario Luis Carballo (1984) y el Museo Experimental de Ciencias (1987). Ambas obras se convirtieron en emblemáticas para la ciudad, tanto por su factura constructiva -que implementó tecnologías de vanguardia para la época- como por la ingeniería social que pusieron en movimiento: circuitos culturales, educativos y científicos poco frecuentes para un espacio de esas características.

La última intervención data del año 1997 y consistió en la restauración de las instalaciones edilicias de la antigua estación, la incorporación de un circuito aeróbico sobre el perímetro del parque y la construcción de un puente sobre la Avenida Pellegrini, que conectó el espacio con la Ciudad Universitaria. Este proceso de integración y reconversión alentó la expansión de la mancha urbana hacia los alrededores del parque y posibilitó la emergencia de una nueva centralidad: Barrio Martin, el primer ensayo de residencias en altura que capitalizaron las postales escenográficas del río.
En síntesis, el valor del Parque Urquiza no reside únicamente en haber anexado un nuevo espacio verde a la ciudad. Se trata de una intervención que funcionó como puntapié inicial de un proceso más amplio, en el que la ciudad avanzó sobre su ribera buscando resignificar su vínculo con la fluvialidad. En este sentido, el parque no sólo constituyó la primera experiencia de reconversión recreativa de infraestructuras ferroviarias, sino también el primer balcón paisajístico hacia el río en la ribera central.
Al mismo tiempo, las sucesivas transformaciones que atravesó el espacio permiten leerlo como una pieza arqueológica. En la actualidad, los remanentes del pasado castrenses y productivo conviven con las apropiaciones recreativas, culturales y educativas que le siguieron, sedimentando un espacio dinámico que supo adaptarse a las demandas de cada época y que, por eso mismo, constituye un hito en la historia urbana de la ciudad.






