
“El ritual que comienza ya en la boletería”, define Alberto Lagunas a los cines históricos de Rosario, según recoge Daniel Grecco en Proyectando ilusiones: la historia de los cines de Rosario y su gente. En esa frase se condensa algo más que un gesto: el acto de ir al cine como una experiencia completa, como una verdadera ceremonia urbana. Antes que la luz se apagara y la pantalla se encendiera, ya existía una expectativa compartida, una promesa de fuga hacia otras vidas y relatos posibles.
Desde finales del siglo XIX, el cine comenzó a ocupar un lugar central en la vida cultural de la ciudad. Rosario fue pionera, ya que en 1898, poco tiempo después de la invención del cinematógrafo, se proyectaban películas.
Primero el cine mudo y luego el pasaje hacia el universo audiovisual que representa hoy el cine. En aquel entonces, la ciudad miraba al futuro con curiosidad y entusiasmo, y el cine se presentaba como una ventana abierta a mundos lejanos, a historias capaces de ampliar los límites de lo cotidiano.
Calle Corrientes, eje indiscutido que atraviesa la ciudad de sur a norte, fue testigo privilegiado de ese crecimiento. Entre Rioja y Córdoba, en pleno centro rosarino, se levantó uno de los cines más emblemáticos de la década del veinte: el Empire Theatre. En Corrientes 842, el 21 de junio de 1923, el cine abrió sus puertas gracias al patrocinio de las Damas de Caridad y también con el objetivo de colaborar con el Hospicio de Huérfanos. El impacto en el público fue inmediato.

En su época de apogeo, la sala perteneció a la cadena S.E.R. (Sociedad Exhibidora Rosarina). Con anterioridad, los empresarios que impulsaron su funcionamiento fueron Juan Lluch, Pedro Canella y José Alonso, quienes más tarde también formarían parte de dicha sociedad.
La sala impresionaba por su escala y su belleza. La cuidada selección de películas, la amplitud del espacio y el esplendor arquitectónico convirtieron al Empire en un punto de referencia ineludible. Construido por la Empresa Candia, responsable también de obras emblemáticas a pocos metros como La Bolsa de Comercio y el Hotel Palace, el cine contaba con una capacidad notable: 600 plateas, 38 palcos y 200 tertulias, una dimensión que daba cuenta del lugar central que ocupaba el cine en la vida social de la época.
A lo largo de los años, el Empire acompañó las transformaciones del lenguaje cinematográfico. En enero de 1933, el cine cerró por refacciones, destinadas a la renovación de sus butacas. Reabrió el 23 de marzo con una impronta más moderna, sin resignar el lujo ni la elegancia que lo caracterizaban. El estilo art déco seguía presente: proporciones armónicas, detalles cuidados y esa sensación de edén luminoso que envolvía al espectador desde el ingreso.


Entre noviembre de 1937 y marzo de 1938 cerró temporalmente para atravesar importantes reformas estructurales a cargo de los arquitectos Ocampo y Gerbino. Más tarde, hacia finales de 1956, inauguró la pantalla Cinemascope, símbolo de modernidad y avance técnico. El cine mudo había quedado atrás, y el sonido, junto con nuevos formatos de proyección, redefiniría por completo la experiencia del público. El 13 de febrero de 1958 dio la primera película argentina en Cinemascope: «Alfonsina», con Amelia Bence y dirigida por Kurt Land, abordando aspectos de la vida de la escritora y poeta Alfonsina Storni.
El Empire se consolidó entonces como una de las salas más importantes y concurridas de Rosario. Su imponente hall de 450 metros cuadrados y su distinguida cartelera lo transformaron en un espacio de prestigio. Allí se proyectaron títulos que marcaron a generaciones enteras, como Casablanca, Bambi, El filo de la navaja y Don Quijote. Cada función era un acontecimiento, una cita necesaria con la ficción.

La última proyección fue el 13 de diciembre de 1970. En pantalla: La amante que volvió, Noticiario E.P.A. y Déjenos vivir. Al día siguiente, el Empire Theatre cerró definitivamente sus puertas. Con su final, Rosario perdió más de cuarenta años de historia cultural.
El cierre del Empire no fue un hecho aislado. Como tantos otros cines de la ciudad cedió ante el avance de nuevas formas de consumo cultural y los altos costos que implicaba sostener salas de gran escala. Sin embargo, su recuerdo persiste. En la memoria colectiva de quienes aman el cine y la escena cultural rosarina, el Empire sigue siendo más que un edificio: es el emblema de una época en la que ir al cine era un ritual, una forma de elegir el disfrute, experiencia urbana y manera de habitar la cultura.



